martes, 5 de julio de 2011

Sufrir, morir y vivir en Igueriben. 1ª parte

Sufrir, morir y vivir en Igueriben. 1ª parte.

Igueriben 1921-2011

A 6 kilómetros de Annual y delimitando las kábilas de Tensamán y Beni Tuzin se halla un montículo roquizo con forma de meseta que se extiende hacia el este rematando en una pequeña loma poblada de árboles desde el tercio medio. Resquebrajada, abrupta, desprovista de toda vegetación, se alza como un centinela sobre Annual. Desde lo alto de su cumbre se ve el seco cauce del río Uad el Kebir. A sus espaldas la cordillera de Beni Ulisex cuyo erguido pico de Mehayast se alza entre las formaciones nubosas. Desde su cima se divisa también la rojiza silueta de Sidi Dris, el monte Abarrán, el poblado de Amesauro y las posiciones de Annual, Talillit y Buymeyan. Trascendente era la cercanía de Amesauro donde se sabía se concentraba la numerosa harka formada por beniurriageles, benituzines y tensamaníes y también el control que se ejercía sobre el collado de Tizzi Assa. Aquel lugar se llamaba Kudia Igueriben.
Hace algunos días, tuve el placer de ver la entrevista que Severiano Gil realizó en Popular TV Melilla a mi querido amigo Juan Tomás Palma Moreno. Al margen de disfrutar de la interviú, hubo un detalle que Juan citó, y que llamó poderosamente mi atención. No hay ningún hecho de los que ocurrieron durante aquellos días que no tenga varias interpretaciones, en el que diferentes testigos no aporten testimonios desiguales del mismo acontecimiento. Juan no podía tener más razón; en cualquiera de las investigaciones que he afrontado, me he topado de bruces ante dos o tres versiones disímiles que dificultan el camino a seguir por no ser capaz de saber con certeza cuál elegir para ser fiel a la realidad. En este caso, nos hallamos ante uno de los acontecimientos más destacados y mediáticos de los que se produjeron durante el desastre: la ocupación de Igueriben, de cuya conquista, el 7 de junio de 1921, se han cumplido recientemente 90 años


Igueriben
Sobre Igueriben han corrido ríos de tinta, y es uno de los episodios más distinguidos y célebres del desastre, y a pesar de todo lo que se ha publicado sobre la resistencia y caída del reducto, siguen existiendo elementos que no han quedado suficientemente claros o que todavía no han salido a la luz. Puedo avanzaros, muy a mi pesar, que no he conseguido aclarar del todo ninguno de los misterios que me había propuesto. Sin embargo, he decidido escarbar en las entrañas de Igueriben con la intención de aportar algo más y reabrir un debate que muchas veces se ha suscitado. En aquel montículo abrupto y rocoso, se vivieron momentos que nunca me han dejado de estremecer. Allí la vida se convirtió en una quimera, ¿hasta qué punto debían aquellos hombres ser capaces de resistir para poder volver con sus familias? Desde luego no fue el único lugar de la antigua comandancia donde se traspasaron los límites de lo humanamente soportable. Nos consta que se produjeron diferentes resistencias a ultranza, que en otras posiciones se sufrió hasta el final, y se pagó con la vida tras la agonía física y psicológica que tuvieron que soportar sus defensores. Pero Igueriben, ha quedado para la historia como el comienzo del fin, el principio del Apocalipsis que engulló al ejército del general Fernández Silvestre. En Igueriben, solo quedaba vivir o morir, pero para ello, antes, había además que sufrir.

Preludio

Desde que el 7 de junio se ocupó Igueriben, quedó de manifiesto que su supervivencia dependería de múltiples factores externos ante lo que poco podrían hacer sus moradores. A estas dificultades, había que añadir el estrago psicológico que había producido entre los hombres la caída de Abarrán y, sobre todo, las crecientes confidencias que se recibían en la oficina de Policía Indígena sobre la formación de una poderosa Harka. Tampoco contribuyó favorablemente, la reunión que dos días antes habían mantenido a bordo del Princesa de Asturias los generales Berenguer y Silvestre. Pocos conocen lo que de verdad ocurrió aquel día a bordo del buque varado ante Sidi Dris, los pocos testigos que presenciaron la más que probable discusión entre compañeros de promoción, fueron el coronel Gómez Jordana, los tenientes coroneles Tulio López y Capablanca, y el comandante López Delgado. Se cuenta que hasta tuvo que intervenir para poner paz, el capitán de navío Eliseo Sanchís, comandante del crucero. No parecía presagiar nada positivo aquel encuentro en el que se le negaron a Silvestre los refuerzos que solicitó. Sin embargo, el comandante general, a pesar de las negativas aún fue capaz de ordenar a su sección de operaciones, un plan para afrontar una nueva conquista. Aquel mismo día tras la entrevista, se enterraba en Melilla al cabo del mixto de artillería Manuel González Iglesias, muerto en el hospital Docker a consecuencia de las heridas sufridas en Abarrán. Fue el único de sus defensores que pudo ser enterrado en la plaza.


Tropas españolas ocupan una posición en el Rif
Igueriben se conquista el martes 7 de junio. Desde Annual, y al mando del general Navarro, parten varias columnas que conquistan la colina con poca oposición. Intervienen, la columna del coronel Morales, la columna volante de Ceriñola al mando del teniente coronel Alcántara Pedrinaci, y los Regulares de Núñez de Prado. Tanto en el desarrollo de la operación, como en el número de fuerzas destinadas para su defensa, el estado mayor utilizó una gran cantidad de hombres. El jefe designado para dirigir el nuevo proyecto del general fue el comandante Francisco Mingo Portillo (05-10-1876), veterano oficial perteneciente a la 1ª promoción de infantería que en 1943 celebró sus bodas de oro en Toledo. Formaron parte de aquella hornada, oficiales como Alberto Castro Girona, Leopoldo Saro, López Ochoa, Rodríguez del Barrio, Saliquet, Dabán y otros muchos que fallecieron en las campañas y posteriormente en la guerra civil. Mingo ascendió a teniente coronel en mayo de 1922 y posteriormente a coronel, empleo con el que se retiró.

Comandante Francisco Mingo Portillo
Los trabajos de fortificación los llevaron a cabo los zapadores de la 2ª compañía que mandaba el capitán Jesús Aguirre. Tuvieron que esforzarse en conseguir un parapeto en condiciones y dotarlo de troneras para preservar a los hombres que quedarían en el interior, y todo el recinto quedó cercado de doble tendido de alambradas. Finalmente, en aquella pedregosa y desolada colina, quedaron como guarnición las siguientes tropas: 4ª Compañía del III Batallón, 2ª Compañía del I Batallón, 1ª Batería ligera del Mixto de Artillería, 3 miembros de la Compañía de Telégrafos de campaña, Compañía de ametralladoras, 10 miembros de la Policía indígena.
La 4ª compañía del III batallón bajo el mando del capitán Fernando Correa Cañedo, nacido en Madrid el 16 de octubre de 1881 y, desde marzo del año anterior, destinado en el regimiento. Correa no aparece ni en los listados de Casado, ni prácticamente es citado por ninguna fuente, sin embargo está probado que participó en la conquista de Igueriben, en la columna volante de Ceriñola, y que permaneció allí durante un mes. Fue, por tanto, el segundo en la cadena de mando hasta que el 8 de julio, y en virtud de un permiso extraordinario, se le autoriza a viajar hasta Melilla, para visitar a su esposa, Matilde Arcos, que se halla enferma.


Capitán Fernando Correa Cañedo
El 17 de julio, la Comandancia emitió una orden urgente para que todos aquellos oficiales que se hallaban de permiso se incorporaran a sus destinos inmediatamente. Señal inequívoca de que los presagios eran negativos. Esta orden, según queda de manifiesto en la investigación de Picasso, fue mayoritariamente acatada por todos los oficiales, aunque en algunos casos no con la debida presteza. No fue el caso de Correa, que junto a otros oficiales partieron hacia Annual en una camioneta, y una vez allí, hizo todo lo posible para reincorporarse a su antiguo destino. Debido al cerco que se cernía sobre Igueriben, no pudo llegar y permaneció en Annual donde, como veremos, tuvo un destacado comportamiento. Correa ascendió a comandante en 1923, y años después se retiró del ejército acogiéndose a las reformas de Azaña y por ser ideológicamente opuesto al nuevo régimen. Al estallar la guerra se hallaba en Madrid, y fue detenido en la casa de la Moneda el 8 de octubre de 1936. En un principio ingresó en la cárcel de Quiñones, aunque posteriormente fue trasladado a la de Buen Suceso y finalmente a la de San Antón. Durante el tiempo que permaneció preso, fue sometido a torturas y vejaciones hasta su liberación. Pudo participar en los últimos compases de la guerra formando parte de las tropas que tomaron Tarragona en 1938. Fernando Correa falleció en el hospital militar Gómez Ulla el 26 de mayo de 1942. Me contó Fernando, su nieto, que la seriedad natural que acompañaba al abuelo, solo se rompía cuando recordaba aquel 21 de julio viendo desde Annual cómo ardían las tiendas de sus hombres y se desmoronaba la posición en la que había permanecido 30 días. Entonces al recordarlo, lloraba el capitán Correa. Componían su unidad, según los listados de Casado Escudero, los tenientes Manuel Castro Muñoz, Ovidio Rodríguez y el alférez Rafael Villanova Hoppe, y junto a ellos, el suboficial Ramírez, 4 sargentos, 10 cabos, 2 soldados de 1ª, 101 de 2ª y 3 cornetas.
Oficiales de la 4ª Compañía del III Batallón
La 2ª compañía del I Batallón al mando del capitán Arturo Bulnes, teniente Justo Sierra y alférez Luis Casado. A sus órdenes, el suboficial Cárdenas, 4 sargentos, 10 cabos, 2 soldados de 1ª, 142 de 2ª y 5 trompetas, tambores o educandos. Los efectivos de Ceriñola suman un total de 293 hombres. Llama la atención que estas dos compañías de Ceriñola sean más numerosas que otras desplegadas por el territorio que no superan los cien hombres de media. El comandante Caballero Poveda, en su extenso y riguroso estudio sobre la distribución de fuerzas, cifra en 194 los efectivos de Ceriñola, lo que sin duda es una cantidad más acorde con el resto de compañías repartidas por el territorio. Este desajuste en las cifras será, sin duda, clave para poder calcular cuántos fueron los supervivientes.
Oficiales de la 2ª Compañía del I Batallón
Al margen de los desajustes habituales cuando afrontas cualquier investigación sobre el desastre, el libro que Casado escribió tras su liberación, ha sido clave para saber qué ocurrió durante aquellos 45 días. Luis Casado nació en Vigo el 28 de noviembre de 1897 e ingresó en la academia en septiembre de 1916. El regimiento de infantería de Toledo fue su primer destino como alférez en 1919, desde donde se incorporó, pocos meses después, a la Policía Indígena de Ceuta, hasta que en marzo de 1921 fue destinado al regimiento de Ceriñola. El 27 de mayo, su compañía es enviada a Annual, y formando parte de la columna volante, intervino en la toma de Talilit y días después en la de Igueriben donde quedó de servicio. Durante el cerco, fue herido en dos ocasiones, la última el día de la evacuación. Como es bien sabido, fue hecho prisionero y trasladado a Axdir junto a varios de sus compañeros en Igueriben. Tras ser liberado en 1923, prestó declaración en diferentes juicios contradictorios que se abrieron para conceder laureadas: Benítez, De la Paz, Dávila, Bulnes. Tras permanecer varios meses de licencia recuperándose del largo y duro cautiverio, se le destinó al colegio preparatorio militar de Burgos, donde siendo ayudante de profesor, impartía las asignaturas de historia, geografía y gramática. Ascendió a capitán en junio de 1926 y el expediente informativo que se cursó para concederle la Cruz Laureada, resolvió que no era merecedor de aquella recompensa. Tampoco le concedieron la medalla de sufrimientos pensionada que posteriormente reclamaría en 1936. Hubo un sector de compañeros que no vio con buenos ojos que escapara de la muerte en 1921, y queda de manifiesto, que entre algunos sectores de los africanistas como Franco o el laureado Tella Cantos, su comportamiento fue considerado indigno de un oficial español. En 1935 pasó a situación de disponible gubernativo en Melilla y posteriormente fue procesado. Los últimos años de su vida fueron un infierno, perdió a su mujer Finucha y quedó viudo con dos hijos pequeños. Finalmente, sería acusado de repartir propaganda comunista en cuarteles, y procesado por conducta antimilitarista y antipatriótica, cargos que siempre negó el capitán Casado. El 18 de julio se negó a sublevarse y fue detenido, juzgado y condenado a muerte. Entre los miembros de aquel tribunal que lo juzgó, figuraba el teniente coronel Tella Cantos y otros ocho compañeros que firmaron la sentencia. Luis Casado fue fusilado el 23 de julio junto a los también oficiales Virgilio Leret, Luis Calvo, Joaquín Fernández Gálvez y  Armando González Corral. No fue el único superviviente de Annual fusilado en Melilla por su negativa a sublevarse. El 27 de julio, fue ejecutado el capitán Juan Villasán y el 3 de diciembre, el comandante Pablo Ferrer Madariaga, teniente de la policía indígena en 1921. Entre la escasa documentación que acompaña la hoja de servicios de Casado Escudero, figura la petición realizada el 3 de julio de 1936 para poder percibir la pensión de la medalla de sufrimientos que le había sido denegada en junio de 1924. El entonces capitán Casado, vuelve a relatar su odisea en Igueriben y su posterior cautiverio expresándose en estos términos: “ante el perjuicio moral que supone el verse desposeído y privado de ostentar una condecoración que en buena lid y dando mi sangre por la patria gané”.

Medalla de Sufrimientos del capitán De la Paz

Basándose en tecnicismos sobre la curación y gravedad de las heridas recibidas en 1921, se le privó de recibir la medalla que solicitaba. Fue sin duda un triste final el del único oficial superviviente. Ya en nuestros días, su familia quiso que se anulara la sentencia que le condenó a muerte, pero la justicia también volvió a desestimar esta petición, como ya hiciera con la Laureada o su anterior solicitud de pensión por sufrimientos. En todo el tiempo que llevo dedicado a conocer e investigar sobre el desastre de Annual, nunca había leído ningún comentario sobre esa presunta conducta indigna que el alférez Casado, dicen algunos que demostró en Igueriben, nunca.
Aquella medallita de sufrimientos por la patria que reclamaba Casado Escudero, la recibieron varias madres y mujeres de oficiales muertos en Igueriben. Por lo que me cuenta la sobrina del capitán De la Paz, representaba poco consuelo para cubrir una pérdida tan dolorosa. Otra de aquellas mujeres que la recibieron fue Isabel Arrabal, madre del teniente Alfonso Galán. Alfonso nació el 21 de agosto de 1894 y, al igual que sus cuatro hermanos eligió la carrera de armas, e ingresó en la academia en septiembre de 1914. Alférez en junio de 1917 y teniente en el mismo mes de 1919. A su madre, se le concedió la medalla en julio de 1928, por haber caído en combate Alfonso en Igueriben, y herido otro de sus hijos, José, en Sidi Dris el 2 de junio. El hermano mayor, Juan, compañero de promoción del capitán De la Paz, pertenecía a la escala de inválidos desde su salida de la academia debido a un accidente de equitación. Isabel Arrabal aún tuvo que padecer la pérdida de otros dos hijos; Antonio, el menor, falleció en Madrid el 29 de enero de 1929 a consecuencia de las heridas que le produjo una explosión fortuita en febrero de 1928 en el arsenal del Ferrol, siendo entonces teniente de artillería de la Armada, y Marcelino Galán, que en 1936, era capitán de fragata, y fue fusilado en Cartagena por milicias republicanas incontroladas. Juan Galán participó en la guerra civil en el bando republicano, y a pesar de su condición de inválido, prestó servicios en diferentes destinos. En 1938 fue nombrado comandante militar de Puigcerdá, Girona. Al finalizar la contienda se exilió a México donde ejerció cómo ingeniero industrial. José, el artillero herido en Sidi Dris, continuó su carrera militar y ascendió a capitán en 1924. Tras la disolución del cuerpo en 1926, se le condenó a la pena de reclusión perpetua, aunque posteriormente fue indultado y readmitido. Se retiró del ejército en 1931 y pasó a desempeñar funciones como ingeniero naval en la subsecretaría de marina mercante. Falleció en Madrid el 31 de octubre de 1979.
La 1ª batería ligera del Mixto de artillería que manda Federico de la Paz. Como oficial, solo cuenta con su compañero el teniente Julio Bustamante Vivas y los sargentos Fernández Murillo, Villalba, 6 cabos, 1 trompeta y tan solo 20 artilleros para servir las cuatro piezas Schneider de 75 mm transportadas a lomo. Por el contrario, Caballero Poveda afirma que eran 73 los componentes de la 1ª batería que quedaron en el reducto. No queda claro que la batería de Federico fuera la primera en situarse en Igueriben, porque parece que durante la ocupación se utilizó una de montaña. En todo caso, el relevo se tuvo que producir el mismo día 7, ya que así consta en la hoja de servicios de Federico y en la documentación del juicio contradictorio que se instruyó para concederle la Laureada. El capitán De la Paz se había hecho cargo del mando y administración de la batería ligera el 1 de abril, cesando como jefe de la 6ª de montaña con la que tomó parte en numerosas operaciones, entre ellas la ocupación de Sidi Dris donde coincidió con el capitán Correa y el resto de oficiales de su unidad, ahora compañeros en Igueriben.


La batería del capitán De la Paz en Nador
Federico partió de Melilla hacia el frente el 1 de junio, mientras la columna del comandante Villar ocupaba Abarrán. Fue la última vez que Lola Bergés, su mujer, le vio. Lo mismo ocurrió con su querido hermano Miguel, a los De la Paz el cruel destino no les permitió volverse a ver. Junto a su capitán, a pesar de no aparecer en la relación de defensores que se incluyó en el libro de Casado Escudero, se hallaba su ordenanza, el soldado Ramón Moreno Blasco. Para poder llevar hasta lo alto de Igueriben las piezas, los artilleros del capitán tuvieron que hacer un verdadero esfuerzo.
Federico de la Paz en Tiquenet, diciembre de 1914
Para manejar la estación heliográfica nº 17 se designaron al cabo Valeriano Aguilar y los soldados Jáuregui y Cáceres, los tres pertenecientes a la compañía de telégrafos de campaña. Con respecto a la unidad de ametralladoras que se hallaba presente, siempre hemos considerado que era la del teniente Alfonso Galán y sus 15 hombres. Sin embargo, Casado afirma que esta sección se incorporó el 11 de julio para relevar a la de Ceriñola, que podría ser alguna sección de la compañía de ametralladoras del III batallón que tenía el resto de sus efectivos en Annual.
Teniente Alfonso Galán Arrabal
La policía indígena aportaba 1 cabo y 9 askaris que no son citados de manera deliberada por Casado, ya que mayoritariamente desertaron en el último momento. Llama la atención poderosamente que no quedara de guarnición ningún teniente médico ni personal civil sanitario, como sí ocurría en posiciones cercanas con guarniciones parecidas como Sidi Dris o Buymeyan.
Las fuerzas de la 5ª compañía de montaña de la comandancia de intendencia al mando del alférez Ruiz Osuna, y las del parque móvil de artillería del teniente Nougués, llegaron el 17 de julio formando parte de aquel último convoy que de manera temeraria consiguió llegar hasta Igueriben.


Teniente Nougués y Alférez Ruiz Osuna
El zaragozano Ernesto Nougués Barrera (27-10-1896) ingresó en la segoviana academia de artillería en septiembre de 1912 formando parte de la 204 promoción. En julio de 1921 se hallaba destinado en el parque móvil de artillería cuyo jefe era el capitán Miguel de la Paz, compañero de promoción del hermano mayor de Nougués. El 12 de julio desde Annual escribió por última vez a su familia, la carta que, incluida  en la investigación del general Picasso ofrece detalles interesantes sobre el pensamiento de los jóvenes oficiales. “Avances demasiado rápidos, sin consolidar bien lo que se ha ocupado, días tristísimos tras la pérdida de Abarrán y enorme depresión moral, en fin que hay África para rato si Dios no lo remedia”. Nougués y sus hombres cargaron cuantas cargas pudieron sobre los mulos para abastecer de municiones a la batería de Federico de la Paz. En la subida a la posición recibieron un intenso fuego y muchas cargas rodaron ladera abajo. El joven oficial y sus artilleros consiguieron recuperar muchas de ellas y con ellas en las manos entraron en el reducto. Nougués fue también propuesto para recibir la laureada por su bravo comportamiento en la conducción del convoy aunque finalmente se desestimó la petición familiar. En las cartas que recibió la madre del capitán De la Paz, escritas por los prisioneros que enterraron a los defensores de Igueriben figura que se localizó el cadáver de un teniente del parque móvil, sin embargo cuando años después se recuperaron los restos no se pudo reconocer a Ernesto Nougués y sus restos descansan en la tumba colectiva del panteón de héroes.
Tanto Navarro como Silvestre visitaron la posición el mismo día de su ocupación. No sería la última visita pues, como veremos, se pudieron mantener durante algunas jornadas las idas y venidas desde el campamento de Annual, prácticamente hasta unos días antes de la evacuación. Aquella noche del 7 de junio, mientras en Igueriben pasaban sus primeras horas, el Alto Comisario cursó un telegrama al Ministro de la Guerra donde le informaba de que se habían recuperado el cuerpo del cabo Zárate y otro que parecía ser el del capitán Salafranca, muertos días antes en Abarrán, y devueltos previo pago de 4000 pesetas fruto de una colecta entre los oficiales. Se les dio tierra en las proximidades de Annual, siendo todos testigos de que los cadáveres habían sido vilmente mutilados. Hasta la lejanía de Annual fue capaz de llegar el 4 de julio el teniente coronel Mariano Salafranca, para visitar la tumba de su hermano, al que sus compañeros pretendían levantar un monolito conmemorativo. Aquel enterramiento fue posteriormente citado, en varias ocasiones, por los prisioneros enterradores para señalar el emplazamiento de otras fosas. Qué fue de aquellos restos, es otra de las múltiples incógnitas irresolubles, Salafranca es uno de los seis laureados desaparecidos y que, con suerte, ocupan una de las fosas comunes del cementerio de Melilla.
También quisiera destacar que, leyendo las hojas de servicios de la mayoría de los oficiales presentes en Igueriben, y de aquellos que formaron parte de la operación de ocupación, se observa que todos ellos habían participado en muchas de las conquistas de la victoriosa campaña que Silvestre había llevado a cabo hasta esa fecha. Ahora los recordamos por su sacrificio, muerte y porque se los llevó por delante el tsunami de Annual, pero hasta ese momento, esos hombres habían conquistado Beni Said, Tafersit, los Montes Mauro o Sidi Dris y habían desembarcado en Afrau. En definitiva, eran los mismos que la prensa nacional ensalzaba por haber logrado conquistar en poco tiempo, una extensísima porción de territorio desconocida por entonces para el ejército español. Aquellos hombres, van a permanecer en el reducto 45 días durante los cuales los ataques se producirán con frecuencia. En las proximidades de Igueriben, se hallaban otras posiciones que vivieron circunstancias similares, Buymeyan, Talilit, Afrau o Sidi Dris. No en vano la mayoría de las cruces laureadas las ganaron hombres que se distinguieron en alguno de aquellos lugares: Benítez, De la Paz, Mariano García Martín, Salafranca, Cebollino, Vázquez Bernabeu, Velázquez y Flomesta. Ocho de las doce laureadas concedidas en Annual.


Posiciones españolas de primera línea en julio de 1921
Tras finalizar los trabajos de fortificación, se organizan los servicios que se prestarán a diario; durante el día, la guardia la formarán 18 hombres, 2 cabos y 1 sargento que cubrirán seis puestos, por las noches, se aumentan las medidas de protección y se suman hombres a la guardia hasta un total de 42, y dos oficiales, rebajando a quince minutos la estancia en los puntos, para evitar el cansancio. El comandante Mingo sabe desde el primer día, que el talón de Aquiles de la posición es la dificultad de aprovisionamiento; la aguada distante a más de cuatro kilómetros, y el convoy que desde Annual debe llegar cada dos días para garantizar la supervivencia de sus hombres. En este cometido serían empleados los Regulares de Núñez de Prado y las diferentes Mías de Policía desplegadas en la punta de lanza del ejército de Silvestre.   En diferentes ocasiones el comandante intentó localizar un pozo en las cercanías, que les permitiera no depender de tan largos y arriesgados desplazamientos para la obtención del líquido precioso. Para realizar la aguada, Mingo decidió que se encargaran de este cometido, 20 hombres al mando de un sargento y un cabo, distribuidos por parejas a lo largo del camino.
Vista aérea de una posición en el Rif
La primera noche gozaron de tranquilidad y no hubo sobresaltos. Después, todo cambiaría. Según reza en la hoja de servicios de Federico de la Paz, se disparó para rechazar al enemigo o proteger la llegada del convoy los días 14, 16, 19, 27 de junio y 1, 4, 6, 7, 9, 11, 12, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20 y 21 de julio. Especialmente dura fue la última semana en la que no cesó el fuego ni un solo día, con el consiguiente deterioro físico que suponía para los defensores. Sirva como ejemplo que el 14 de junio, según figura en la hoja de servicios del capitán Correa, se soportaron nueve horas de fuego continuado. Ésta fue en esencia la rutina de la posición; calor, sed, piojos, parapeto y más parapeto, falta de sueño y aislamiento. Lo catastrófico fue que el sufrimiento fue in crescendo a medida que se adentraban en el mes de julio, entonces, todos, desde el comandante hasta el corneta, tuvieron que sufrir lo indecible.

Soldados de Ceriñola 42
De entre todos aquellos días de junio en los que la posición fue hostilizada, uno de los que han pasado a la historia por su importancia, fue el día 16, en el que sucedió el conocido como combate de la Loma de los Árboles. Aquella mañana, el comandante Villar conocía por confidencias recibidas, que se habían concentrado un gran número de enemigos en la llamada Loma de los Árboles. Comunicó sus temores al general Navarro que se hallaba en Annual, pero éste ordenó realizar, como era costumbre, la descubierta y la aguada de Buymeyan, para lo cual partieron de Annual fuerzas de Policía al mando de Villar, dirigiéndose inevitablemente directos al enemigo. Han quedado testimonios de aquel combate desde todos los ángulos. Aquellos que estaban en Buymeyan, los que partieron de Annual y finalmente los defensores de Igueriben, fueron todos testigos directos de los acontecimientos. Las fuerzas de Villar son atacadas en cuanto se aproximan a la loma y sufren bajas, de las que se encarga uno de los protagonistas de la jornada, el teniente médico Vázquez Bernabeu. El joven galeno se halla destinado en Buymeyan y lleva más de un año en el territorio donde en varias ocasiones había sido citado como distinguido. De su comportamiento aquel día, ha quedado un amplio testimonio gracias a la investigación que llevó a cabo el comandante Fernández Alarcón, designado juez instructor en primera instancia. De la lectura del citado documento, deduzco que los rifeños habían ocupado eficazmente y con gran presencia de fuerzas los alrededores, que tal vez se deberían haber adoptado medidas más prudentes antes de enviar a las fuerzas de Villar, y también que Vázquez se comportó como un jabato, curando heridos y ayudando a los oficiales a contener la desbandada que se produjo casi a las primeras de cambio.
En Annual, ante el cariz que toman los acontecimientos, Navarro ordena que parta otra columna a las órdenes del jefe de Regulares, Núñez de Prado. La forman dos tabores, uno de infantería y otro de caballería, la 2ª batería de montaña del capitán Galbis, y una compañía de Ceriñola al mando de Emilio Morales Tovalina, el teniente Arce y los alféreces Cosidó y Moreno Farriols. Todos los esfuerzos resultarían baldíos ante la encarnizada resistencia de los hombres de Abd el Krim, conscientes de su superioridad y de la importancia estratégica del lugar. A las seis de la tarde, desde Annual les ordenan retirarse. Cuando el comandante Fernández Alarcón buscó testimonios para justificar la laureada del teniente médico, se encontró con que muchos de aquellos testigos habían muerto o desaparecido un mes después. Carrasco, Saltos, Villegas, Martín Elviro, Sousa, Guzmán, Moreno de Guerra, Morales y el propio Villar, jefe de las fuerzas de policía. Sin embargo, antes de fallecer en combate en Buhafora, el teniente Manuel Sousa escribió a su padre, el general de artillería José Sousa del Real, explicando detalladamente el comportamiento del teniente Vázquez. Aquella carta, y los testimonios de otros supervivientes como el también médico Salarrullana, le valieron la Laureada al bravo médico que, enfermo de gastroenteritis, también supo llegar al límite y escapar con vida. Tras el desastre y su posterior fuga del cautiverio, continuó mucho tiempo en el protectorado aunque desde entonces parece que le abandonó la baraka que le protegió aquel 16 de junio. Su salud quedó muy mermada y ya nunca la recuperaría al completo. Perdió, años después, a su mujer Trinidad Vidal al poco de casarse, y finalmente, sería fusilado en Paterna por milicianos incontrolados que lo sacaron del sanatorio donde se recuperaba, para desaparecer para siempre.


Capitán Vázquez Bernabeu
Cuando hace meses visité en Masanassa el camposanto donde reposan los restos de sus familiares, pensé en su evasión de la guarida de Abd el Krim, nadando hacia el Peñón de Alhucemas donde daría un tremendo susto a los centinelas. Paseando por el pueblo, junto a la iglesia escuché el tañido de la campana que la hermana de Vázquez Bernabeu, Rosa, regaló a la parroquia. También me contaron que una calle del pueblo se llamó capitán Vázquez, aunque después le cambiaron el nombre. A pocos kilómetros de allí, en Quart de Poblet, el hospital militar de Valencia sigue luciendo el nombre de uno de los dos únicos laureados del desastre que no lo fueron a título póstumo, y que fallecieron en la guerra civil.
¿La pérdida de la Loma fue el preludio de la tragedia? Según Rodríguez de Viguri, defensor de Navarro, no fue así ya que posteriormente se vivieron de nuevo días de tranquilidad en el frente de Igueriben, y prueba de ello fue la visita que el Barón de Casadavalillos, su ayudante y un oficial de estado mayor realizaron, tres días después del combate. La defensa del general había aportado informes favorables a la ocupación de la loma (teniente coronel Fernández Tamarit), pero también otros contrarios a su conquista como el del coronel Morales y el comandante Cabrerizo del estado mayor. La responsabilidad de Navarro quedó supeditada a la de su superior en la comandancia. Silvestre asumió de nuevo el fracaso de la operación, valiéndose el abogado de Navarro, de la doctrina del Consejo de Marina y Guerra: “La obediencia del inferior y la aprobación del superior descargan la responsabilidad, asumiéndola quien aprueba”.
El comandante Mingo sigue insistiendo en la necesidad de buscar agua cerca, obtiene de su general la promesa de enviarle herramientas para poder cavar y sus hombres cavan y cavan sin obtener resultado alguno. El compacto y pétreo suelo de la colina se resiste a ser perforado y ante las dificultades se ven obligados a desistir. El mes de junio finaliza sin que el principal problema de Igueriben quede resuelto. Ni siquiera una confidencia que hizo llegar al comandante un influyente rifeño sobre un antiguo pozo, se convirtió en realidad y tuvieron que continuar las arriesgadas aguadas. Finaliza junio con una exhibición de los rifeños, que desde la cumbre del Amar U-Said, a 1300 m. de altura, enseñan con altivez los cañones perdidos en Abarrán. Aunque aquel día no hicieron fuego, no tardarían en enfilarlos hacia la colina consiguiendo que algunos impactos hicieran blanco en el interior de la posición. Tan sólo un día antes de aquella demostración, falleció en cautividad el teniente Flomesta, jefe de la batería ahora perdida, y que prefirió morir a instruir el manejo de los cañones al enemigo


Rifeños entre trincheras
El 2 de julio, el alférez Villanova se desplaza hasta Annual para, entre otras gestiones, recibir los haberes de los oficiales y soldados. Este detalle es importante porque aumentó el botín al sucumbir la posición. Sabemos que el capitán De la Paz llevaba encima mil pesetas, que se correspondían a los sueldos de junio y julio. Rafael Villanova Hoppe (30-04-1894), había ingresado en el ejército en enero de 1916. Tras su paso por la academia, obtuvo el despacho de alférez en junio de 1919 y sirvió primero en el regimiento de Extremadura en Algeciras y en Cazadores de Tarifa, Larache, hasta que poco antes del desastre fue destinado al de Ceriñola. Había nacido en el seno de una conocida familia originaria del granadino pueblo de Gójar. Su padre, Juan Villanova de la Cuadra, fue senador así como su abuelo materno Federico Hoppe. Sobre la familia paterna, se conoce una interesante historia de parentesco con Luciano Bonaparte, uno de los hermanos de Napoleón. Rafael Villanova Rattazzi, primo hermano del alférez Villanova, llevaba entre sus apellidos el de Bonaparte, murió en octubre de 1937 siendo capitán de caballería y jefe del tercio de requetés de Navarra, se le concedió a título póstumo la medalla militar individual.
En el campamento de los regulares de Annual, se recibe la noticia de la muerte por enfermedad en Melilla, del comandante de caballería Carlos Mielgo Pascual. Las muertes por enfermedad eran, por desgracia, corrientes en los hospitales melillenses, en los que, prácticamente cada día, morían soldados víctimas de dolencias no debidas, al menos directamente, a los combates. También durante el mes de junio, fallecieron víctimas de un accidente de aviación ocurrido el día 17, el teniente Ramón Ostariz Ferrandiz y el soldado de ingenieros y observador Antonio de Cabo Rodríguez. El piloto, era hermano del capitán de ingenieros Luis Ostariz, ayudante de órdenes de la comandancia de ingenieros de Melilla y fallecido en 1927 en Tabarrán.


Vista aérea de las posiciones españolas
Tras la partida a Melilla del capitán Fernando Correa, asume el mando por antigüedad el veterano teniente Manuel Castro Muñoz, que había cumplido 40 años el mismo día que se perdió Abarrán. Castro había nacido en Toledo en 1881, y era hijo del capitán de infantería Cayetano Castro Pereira. Inicia su carrera como soldado voluntario en junio de 1900, ascendiendo a cabo y a sargento en 1901, empleo en el que permaneció durante doce años. En 1908 se casó en Granada con Mª Remedios Vallejo Cabezas, hallándose destinado en el regimiento de Extremadura 15, en Algeciras. Participó en la campaña del Kert formando parte del 59 de infantería, y ascendió a teniente en septiembre de 1913, tras más de trece años de servicio durante los cuales permaneció en Marruecos la mayor parte del tiempo. Tras un breve paso por Cataluña en el batallón de cazadores de Granollers, y en la caja de Olot, es de nuevo destinado al regimiento de Ceriñola donde se incorpora el 22 de octubre de 1920, participando en un alto número de misiones durante la campaña que orquestó el general Fernández Silvestre. Finalmente sería destinado a Igueriben, incorporándose, tal como indica su hoja de servicios, el 20 de junio, aunque este extremo no es contemplado en el libro de Casado Escudero. 
Detalle monumento en Málaga
De los 106 oficiales (1 coronel, 3 tenientes coroneles, 5 comandantes, 25 capitanes, 44 tenientes y 28 alféreces) que figuraban en el regimiento de Ceriñola, 15 eran tenientes de la Escala de Reserva, de los que cuatro murieron en combate: Castro Muñoz, Sierra Serrano, Grau Domenech y Rodríguez Pons.
Justo Sierra Serrano nació en Alcázar de San Juan en mayo de 1881, hijo del veterano capitán de infantería Francisco Sierra Muñoz y de Luisa Serrano Bautista. Recién cumplidos los 16 años, ingresa como soldado voluntario en el regimiento de África 4, posteriormente denominado Melilla 2. En 1900 ya era sargento, y prestó servicio durante muchos años en diferentes destinos de Marruecos. Participó en la campaña del Kert haciéndose acreedor de varias condecoraciones. Tras doce años como sargento, ascendió a alférez en agosto de 1912, y a teniente, en agosto de 1915. En 1918, permutó su destino, y tal vez su suerte, con el teniente Baltasar García Valdecasas, siendo enviado al regimiento de Ceriñola. Participó en muchas conquistas durante la campaña de 1920-21, tomando parte en la conquista de Annual, Sidi Dris, Talilit, etc. El 7 de junio, quedó destacado en Igueriben tras haber entregado en marzo el mando  de su compañía, que ejercía accidentalmente, al capitán Arturo Bulnes. El 19 de julio fue herido en la cabeza, y así lo comunica a la comandancia el coronel Argüelles desde Annual. Tras su desaparición, se inició un expediente informativo para conocer los detalles de su muerte. La investigación fue dirigida, en julio de 1922, por el comandante y juez de causas de Melilla, Manuel Ramírez González, y el teniente Joaquín García-Morato Ruiz. En ella declararon cuatro supervivientes de Igueriben: dos sargentos y dos soldados. Los primeros eran, por deducción, Hermenegildo Dávila y el recién ascendido sargento Manuel López Prada. Todos ellos afirmaron sin ningún género de dudas, que el teniente Sierra murió el 21 de julio cuando al frente de su sección marchaba en dirección al campamento de Annual. Su cadáver quedó abandonado a unos quinientos metros de la posición, en un arroyo que cruzaba el camino de la posible salvación. Una vez acreditada su muerte, se pudo expedir el certificado de defunción. Así le fue comunicada la muerte a su viuda Remedios Jurado Salas, con quien se había casado en la parroquia del distrito de la Merced, en Málaga, habían tenido cuatro hijos y  residían en Melilla. En 1926, los Reyes se trasladaron a Málaga donde se inauguraba la estatua dedicada a Benítez y los suyos. Antes de asistir al acto, visitaron el barrio de Ciudad Jardín, donde se construía una gran barriada de nuevas casas. El monarca, recibió de manos de los constructores las llaves de la primera casa con la idea de donarla a la familia de un obrero malagueño. Sin embargo, Alfonso XIII y el alcalde de Málaga José Gálvez Ginachero, decidieron que aquella casa de la avenida Jorge Silvela, fuese cedida a Remedios, viuda del teniente Sierra Serrano. Rocío, biznieta del oficial, me contó que allí guardaban los sables del bisabuelo, que fue todo lo que quedó de él, y que aún en la actualidad reside la familia en el mismo domicilio, junto al Mediterráneo.
Ciudad Jardín, Malaga en 1927
El 5 de julio se recibe en Igueriben, la visita del coronel Argüelles, jefe de la circunscripción de Annual a la que se había incorporado tres días antes. El jefe del Mixto se reúne con los oficiales entre los cuales se hallan dos del regimiento que manda y que conoce perfectamente. En marzo de 1919, Argüelles fue uno de los testigos del enlace entre Federico de la Paz y Lola Bergés Canseco, que celebró el capellán del regimiento Lucio Rosado en la capilla castrense de Melilla. También firmaron como testigos el coronel Fernández Pérez, el capitán Juan Villasán, y el teniente y amigo Julián García Valbuena, todos ellos de Alcántara 14. Desde que a finales de mayo, el coronel José Riquelme se trasladó a la península con motivo de una intervención quirúrgica, Argüelles y Manella alternaron el mando de su circunscripción de Annual, reemplazándose cada quince días. El jefe del mixto, tras el desastre, pasó a la reserva por haber cumplido la edad reglamentaria, y en diciembre de 1923 se le concedió el empleo honorífico de Brigadier.
Oficiales 1ª batería ligera
Argüelles y su escolta abandonaron la posición siendo paqueados, ante lo cual el comandante organizó un servicio de contra tiradores que, desde el parapeto, estarían atentos a la mínima señal de humo que proviniera de las inmediaciones. En este cometido se destaca el corneta Pablo Cantalicio. En Igueriben servían 5 cornetas, 2 tambores y 2 educandos. Todos murieron en combate y, aunque desconozco qué edad tenían, debían hallarse entre los más jóvenes especialmente los educandos Salvador Castro y Santiago Molina. En las listas de bajas figuran muchos de aquellos jóvenes educandos y cornetas de Ceriñola, entre los afortunados que pudieron acogerse a la plaza, figuraron José Corvalán García, José Castillo Martín, José Fernández Pérez, salvado milagrosamente de Sidi Dris, y Salvador Sancho Ponce prisionero en Axdir.
Precisamente como educando de banda ingresó, en 1908, Julio Bustamante Vivas. Era hijo del entonces capitán de infantería de Marina, Víctor Bustamante, y de Rosa Vivas Arenzana, habiendo nacido en San Fernando el 15 de febrero de 1893. Tras permanecer varios meses como soldado de infantería de marina, ingresó en la academia de artillería en septiembre de 1910. Durante su estancia en el centro formativo, coincidió varios años con el que sería su jefe, compañero y amigo en Igueriben, Federico de la Paz. Consiguió el empleo de teniente en junio de 1917, y fue destinado al 2º regimiento de artillería de montaña, y posteriormente a la comandancia de artillería de Cartagena, desde donde partiría a Melilla en julio de 1918. Desde el primer momento, fue su jefe el capitán De la Paz, primero en la batería de montaña y posteriormente en la ligera. Sus destinos irían unidos hasta en la posteridad; sirvieron juntos, murieron uno al lado del otro, y sus restos reposan en nichos contiguos en el panteón de héroes.


Oficiales del Mixto de artillería en 1920
El día 11, según Casado, se produjo el relevo de la sección de ametralladoras quedando en la colina los hombres del teniente Alfonso Galán Arrabal. La compañía de ametralladoras de posición que mandaba el capitán Benigno Ferrer Cabal, tenía una sección destacada en Talilit al mando del teniente José Aguilar de Mera. El tercer oficial de la compañía, Joaquín Vara de Rey, y su sección, constituían parte de la guarnición de Afrau de la que era jefe el cordobés Francisco Gracia Benítez hasta su muerte el 23 de julio. En Talilit, forman la guarnición 4 oficiales y unos 150 hombres que reciben la orden desde Annual de replegarse sobre Sidi Dris, donde una gran mayoría moriría el 25 de julio, tras el fallido intento de alcanzar los botes que los buques de la Armada de guerra les enviaron desde el litoral. La totalidad de los oficiales de ambas posiciones sucumbieron, entre ellos, los hermanos Leopoldo y José Aguilar de Mera. Cinco años después, otro hermano, Jenaro, localizó sus cadáveres y el 30 de junio de 1926, regresaron al campamento de Annual desde donde fueron trasladados y enterrados en el cementerio de Melilla. Leopoldo Aguilar era ya, a pesar de su juventud, un poeta en ciernes y había estrenado varias obras de teatro, la última en Melilla. Dejo para otra ocasión el hablar más detalladamente de su figura. En diciembre de 1923, la ciudad de Melilla dedicó una calle en su honor, nombre que sigue llevando en la actualidad. También pudieron ser identificados en Sidi Dris y sepultados en el panteón de héroes, los restos de los tenientes José Acuña, Luis Hermida y Federico García Moreno, todos ellos muertos en aquella trágica evacuación, en la que solo alcanzaron la seguridad de los barcos, el sargento Andrés Mariscal y 25 soldados de Ceriñola de los más de trescientos que se hallaban presentes.
El día 1 de junio quedó definitivamente ligado a la pérdida de Abarrán y las consecuencias que se derivaron de ella, pero para uno de los defensores de Igueriben, fue un día importante, por otra razón muy distinta ya que recibió el consentimiento real para contraer matrimonio. Arturo Bulnes Martín-Vegue nació en Trueba el 24 de agosto de 1895, y era hijo del entonces subintendente Arturo Bulnes Ureña y de Matilde Martín-Vegue Jaudenes. Con tan solo quince años, ingresó en la academia de donde salió como 2º teniente en junio de 1914. Antes de su ascenso a teniente, pasó a formar parte del cuadro de eventualidades del regimiento de Melilla, donde permaneció tras su promoción a teniente. Tras dos años en el Protectorado, vuelve a la península y en junio de 1920, asciende a capitán por antigüedad y por fin se incorpora al regimiento de Ceriñola en abril de 1921. Bulnes tenía previsto casarse con Rosa María, su prometida, el 7 de agosto. Tras su muerte en combate, tan sólo dos semanas antes, el que hubiera sido su suegro, coronel de infantería, se desplazó a Melilla con el objetivo de recabar información sobre el joven oficial. Nunca más se supo de él y un año después fue dado por desaparecido oficialmente. Fue propuesto para recibir la laureada y se abrió juicio contradictorio que finalmente le fue adverso. Conocíamos la historia del teniente Medina y Rosa Margarita, la novia de Intermedia A, ahora, igualmente sabemos que Igueriben tuvo también su novia.


Convoy a una posición española en 1921
Poco antes de producirse el relevo en la jefatura de la posición, los zapadores la visitaron de nuevo para realizar obras que permitieran cambiar la puerta de acceso en el reducto. La sección de ingenieros llegó el día 12 de julio por la mañana, y en pocas horas finalizó el trabajo. La puerta quedaba cubierta por las ametralladoras de posición cuyos sirvientes tenían su alojamiento junto a los policías y el cuerpo de guardia, en el frente que abarcaba el camino de la aguada. En el centro del corralito, la tienda del comandante jefe, y a su lado, los telegrafistas. En el frente contrario y apuntando hacia la Loma de los Árboles, los cañones del capitán De la Paz, que compartía tienda con Bustamante y Galán, y tras ellos, los artilleros y otra tienda cónica ocupada por los sargentos del Mixto. En total, formaban el reducto siete tiendas para oficiales y sargentos, 6 alojamientos para la tropa, el depósito de víveres, las cocinas, letrinas y un puesto de guardia protegido junto a las piezas de artillería. También se habilitó una pequeña cuadra que resultó insuficiente para acoger las caballerías que llegaron con el convoy del día 17. Entre los conductores de aquel postrero convoy, se hallaba el sevillano Enrique Ruiz Osuna. El alférez Ruiz nació en Peñaflor el 14 de diciembre de 1889. Ingresó como soldado voluntario de caballería en cazadores de Alfonso XII, en marzo de 1911. Posteriormente, pasó al arma de intendencia donde permanecería hasta su muerte en combate. Ruiz Osuna se ganó el ascenso a sargento por los méritos  contraídos durante las operaciones en Larache en 1913, y obtuvo el grado de alférez en enero de 1919. Se incorporó a la comandancia de intendencia de Melilla el 29 de julio del mismo año, siendo destinado a la 5ª compañía de montaña donde tomó parte en un gran número de operaciones por las que fue citado como distinguido en dos ocasiones. El 1 de junio de 1921, al frente de su sección, participó en la conquista de Abarrán. En los días previos a la caída de Igueriben se volvió a destacar y el 17, al frente de sus hombres y sus acémilas, llevó la última ración de agua a los hombres de Benítez. No parece que la idea del estado mayor fuera que se quedaran en Igueriben aquel día, pero ante el cariz que tomaron los acontecimientos así se decidió, y fue muerto en combate junto a la mayor parte de sus hombres. El alférez Ruiz era otro de los oficiales solteros por lo que no existe descendencia a la que haya podido recurrir para aportar más datos.
Igueriben, dibujo de Luis Casado
Como no podía ser de otra manera, existen también diferentes versiones del día en que Julio Benítez se hizo cargo de su último destino. Según Casado lo hizo el 13, en su hoja de servicios, sin embargo, figura el día 10 de julio. Lo que sí parece claro, es que el oficial saliente, Mingo, se entrevistó con Silvestre en Melilla, el viernes 15 de julio. De la famosa nota que éste escribió al ser relevado, me gustaría destacar que tras volver a insistir en la urgencia de encontrar un pozo, anota que es necesario recibir el correo a diario, al que concede la misma importancia que al pan. Mingo era consciente del positivo impacto sicológico que causaba entre sus hombres recibir y enviar noticias del exterior. También recomendaba, para mejorar las condiciones de vida de la tropa, desmontar y hacer barracones nuevos, y solicitaba obuses, estopines y granadas, lo que parece comprensible dada la situación que se vivía tras el combate del 16 de junio. Lo que resultan más chocantes, son sus recomendaciones sobre arrasar las kábilas, quemar cosechas y propinar palizas diarias. ¿Ésta habría sido su táctica si hubiera seguido al frente de la posición?
Julio Benítez es todo un mito en la historia del Desastre, tal vez junto al capitán Arenas y el teniente coronel Primo de Rivera, uno de los más mediáticos y homenajeados tras su muerte en combate. Calles, cuarteles, monumentos y cuadros recuerdan al malagueño oficial nacido en El Burgo en 1878.
Málaga, monumento al comandante Benítez

Entre los componentes de su promoción, se cuentan algunos que serían compañeros en Annual, como Fidel Dávila y el también fallecido Wenceslao Sahun. También otros nombres ilustres de las campañas de Marruecos, Claudio Temprano, González Tablas, Millán Astray, Federico Berenguer, Adolfo Arias o el laureado Navarro Ramírez de Arellano. Benítez participó en la Guerra de Cuba donde enfermó de las  fiebres que le acompañarían toda la vida, fue herido en La Caridad y recibió la Cruz de María Cristina. A finales de 1898, vuelve a la península a bordo del vapor “Nuestra Señora de la Salud” a recuperar, precisamente, la suya. En febrero de 1905 asciende a capitán, y tres años después recibe un permiso extraordinario de seis meses para realizar un viaje por Bélgica, Francia e Inglaterra, así como otros permisos debidos a recaídas de las dolencias de la guerra en el Caribe. En mayo de 1912, obtiene su primer destino en Ceriñola en los destacamentos cercanos al Kert, Ishafen, Talusit, Ras Medua. En diciembre del mismo año se casa en Málaga con Nieves Fernández Ajas, a la que recordamos de luto junto a Casado Escudero, en la inauguración del monumento a su marido muchos años después. Con Nieves tendría, en 1914, a su única hija Julia, como su abuela y padre. A los 36 años asciende a comandante por antigüedad y, finalmente, en enero de 1918, regresa a Ceriñola y permanece en el regimiento hasta su muerte. Benítez participó al mando de diferentes columnas en toda la campaña de Silvestre e intervino en muchas operaciones en todo el territorio. Pero fue a partir del mes de junio cuando su nombre empezó a  sonar con fuerza, tras el ataque que se desencadenó sobre Sidi Dris y en cuya conquista había participado en el mes de marzo.
Restos de la posición de Sidi Dris
Tras el asalto y pérdida de Abarrán, la Harka atacó duramente la posición de Sidi Dris, enclavada en un acantilado sobre el Mediterráneo, por lo que solo ofrecía un frente para su defensa por tierra. Benítez ya había estado al frente de la guarnición antes del mes de junio, y conocía perfectamente las dificultades para afrontar un ataque a gran escala. Participaron en el ataque miembros de las kábilas de Tensaman, Bocoya y Beni Urriagel, y el ataque se prolongó durante 34 horas. Defendían Sidi Dris dos compañías de infantería, un destacamento de policía indígena y una batería de la comandancia. Tras recibir noticias de la agresión, Silvestre ordena que el Laya, el Gandía y la escuadrilla de Zeluán que manda Pío Fernández Mulero, colaboren con los hombres de Benítez para abortar la operación rifeña. Mandaba la artillería de Sidi Dris el teniente José Galán Arrabal que resultó herido de un balazo en el muslo, y para compensar su baja, el comandante del Laya, Francisco Javier de Salas, ordenó que desembarcara una sección de 14 hombres al mando de un contramaestre y del alférez de fragata Pedro Pérez de Guzmán. Los marineros del Laya consiguieron llegar a tierra e instalaron dos ametralladoras para reforzar la defensa, mientras Pérez de Guzmán se hacía cargo de las piezas que llegaron a disparar con la espoleta a cero. Por estos hechos fue condecorado con la medalla militar individual el alférez Pérez de Guzmán, que posteriormente recibiría la medalla naval por la misma acción. El marino había nacido en Huelva en 1901, y tras su ingreso en la escuela de la Armada, afrontaba en Sidi Dris, su primer destino tras recibir en 1920 el despacho de oficial. Días después, se volvió a distinguir durante la fallida evacuación de la posición, por lo que volvió a ser condecorado con otra medalla militar que le fue impuesta en Sevilla por Alfonso XIII. Se retiró del ejército en 1931, aunque volvió a ingresar en sus filas al estallar la guerra, sirviendo en el bando de los alzados en armas, y de nuevo obtuvo otra medalla naval por su actuación al frente del Tercio de Requetés del Rocío. Años después, Franco le ascendió consecutivamente llegando a alcanzar el empleo de almirante honorífico. Falleció el 21 de julio de 1979 en Sevilla, habiendo sido con anterioridad, alcalde de su Huelva natal y procurador en Cortes.
Playa de Sidi Dris
El teniente Galán se recuperó de sus heridas sin abandonar la posición, y la comandancia de artillería envió para substituirle al capitán Julián Zabaleta Menéndez-Valdés. Ambos abandonaron Sidi Dris el 23 de junio, quedando al frente de la batería el teniente Joaquín Fontán Lobé quien moriría al frente de sus cañones el 25 de julio. Los cuerpos de los defensores fueron enterrados en una fosa común por los prisioneros enterradores. Años después, la armada de guerra utilizaba aquellas costas como polígono de tiro. En el transcurso de los ejercicios se disparaba contra los restos de la antigua posición, sin que los marineros supieran nada del enterramiento. Los obuses explotaron levantando y removiendo las fosas que habían cavado los soldados españoles. Aún hoy en día, prácticamente a ras de suelo, aparecen por doquier pequeñas esquirlas blancas, restos de fragmentos óseos de los defensores. No deja de sorprender que ni políticos ni militares, fueran capaces de haber enterrado dignamente a los defensores de aquel lugar. No debemos olvidar que en Sidi Dris, la mortalidad fue prácticamente la misma que en Igueriben y que es uno de los episodios del desastre que merecería mayor atención por su épica.
Julio Benítez fue felicitado por el comandante general tras el episodio del 2 de junio, y hasta incluso fue propuesto para recibir la laureada. El 23, junto a los artilleros relevados, vuelve a Melilla siguiendo la costumbre de alternarse en el mando de los destacamentos, y permanece allí, hasta que el 10 de julio se hace cargo de Igueriben donde llega con su asistente, el soldado de Ceriñola, Víctor Martínez. Tras intercambiar impresiones y novedades, finaliza la habitual ceremonia fundiéndose en un abrazo con Mingo, al que el azar permitió estar en la plaza, mientras en Igueriben se preparaban para sufrir y básicamente para morir, aunque como veremos, también hubo vida tras Igueriben, más de la que históricamente se nos ha contado.

Agradecimientos
Quiero agradecer especialmente a Pilar toda la ayuda que me ha prestado desde que  hace meses empezamos a investigar sobre sus tíos abuelos, los capitanes De la Paz Orduña. Sin ti, Pilar, no hubiera sido posible publicar este artículo. También quiero dar las gracias a Fernando, nieto del capitán Correa, por enviarme información y fotografías de su abuelo. A Rocío Sierra, biznieta del teniente Justo Sierra que desde Málaga mantiene viva la memoria de su antepasado. En último lugar quisiera dedicar este modesto homenaje a todos los defensores de Igueriben con la esperanza de que su recuerdo se mantenga entre nosotros.

Bibliografía y relación de los defensores de Igueriben