lunes, 25 de julio de 2016

Leopoldo Aguilar de Mera, un poeta en el Desastre

Leopoldo Aguilar de Mera, un poeta en el Desastre

Era Leopoldo algo raro, sencillo y comunicativo; su hablar era dulce y reposado y había en todo él un algo grave y misterioso que fascinaba. Vicente Mena Pérez, agosto de 1921.

El 25 de julio de 1921, tras cuatro días de estéril resistencia, sucumbió la posición de Sidi Dris, cuyo único auxilio -al quedarse aislada tras la retirada de Annual- era la marina de guerra. Evacuar la posición enclavada en un acantilado se convirtió en misión poco menos que imposible para los más de trescientos defensores. Pocos conseguirían subir a los botes arriados para salvarlos; unos fallecerían ahogados, otros de camino en el escarpado acantilado y otros -entre quienes se hallaba un joven oficial de Ceriñola, poeta, escritor y articulista de brillante porvenir- no podrían tan siquiera abandonar el campamento. Leopoldo Aguilar de Mera era, a pesar de su juventud, un escritor dotado de una sensible y tenaz personalidad, con una prolífica obra. En julio de 1921, tres de los hermanos Aguilar de Mera servían en el ejército de Melilla; Leopoldo y José pasarían a formar parte de la letal estadística del Desastre.   

Tres hermanos

El 7 de septiembre de 1914, día de ingreso en la Academia de Infantería, se produce un hecho poco común entre las promociones que acceden a la carrera militar; se presentan en Toledo tres hermanos: José, Jenaro y Leopoldo Aguilar de Mera. Por aquella época la familia ya vivía en Toledo -en la calle de las armas- adonde había llegado desde Sigüenza, y donde nacieron algunos de los nueve hijos -seis varones, cinco de ellos militares, y tres mujeres- del matrimonio constituido por Luis Aguilar y Amparo de Mera Martínez. Mucho antes de ingresar en el ejército, el joven Leopoldo había mostrado su querencia hacia la poesía, de ello dejó constancia su buen amigo Vicente Mena Pérez tras la muerte de Leopoldo. Ambos se habían conocido en Toledo donde habían compartido horas de lecturas de Bécquer, Zorrilla y Darío y de otros autores de literatura francesa y americana. En aquellas horas de libros, bajo las murallas del palacio de Galiana, había forjado el poeta en ciernes la pasión que lo acompañaría hasta su muerte en las tierras del Rif.

Leopoldo Aguilar de Mera 1898-1921

José -nacido en 1890- era el mayor, cuatro años después había nacido Jenaro, y en octubre de 1898 Leopoldo, que tenía casi dieciséis años al ingresar. Los exámenes de ingreso los habían realizado a primeros de julio, divididos en cinco categorías: gimnasia, dibujo, gramática y francés, aritmética-álgebra y geometría-trigonometría. Toledo era, en los días de exámenes, un bullicio de jóvenes aspirantes. Pertenecieron los tres hermanos a la XXI promoción, aunque tanto José como Leopoldo se licenciaron un año después y pasaron, por tanto, a la XXII: ambas promociones serían  las más castigadas durante el Desastre de Annual y en las diferentes campañas de Marruecos. Dirigía por entonces la Academia el coronel Enrique Marzo y era jefe de estudios el teniente coronel Silverio Araujo, quien sería protagonista destacado del Desastre de Annual.
La vida en la Academia la pasaban inmersos en las clases diarias, divididas en tres grandes grupos, y en las prácticas de instrucción de tiro, maniobras, fortificación, esgrima, etc. Tres años duraba el periodo formativo tras el cual los cadetes aprobados eran designados automáticamente alféreces, pasando a cobrar un sueldo anual de 2115 pesetas. Tras dos o tres años en el empleo, eran ascendidos a tenientes, finalizando así el periodo docente y pasando a la escala activa donde algunos podrían llegar a alcanzar el generalato. Leopoldo y su hermano José pertenecen ese primer año a la décima sección formada por 34 compañeros, entre quienes, quiso el destino, estaba Julio Borondo que al igual que Leopoldo moriría en Sidi Dris. El 19 de octubre, muy poco después de su ingreso, se publicó en El Eco Toledano la primera de las muchas poesías que escribió dedicada a los emigrantes y a la patria.

José y Jenaro Aguilar de Mera

Redactor Militar

Tras su primera publicación en El Eco Toledano, se le nombra redactor militar del rotativo dirigido por Cándido Cabello Sánchez-Gabriel (1886-1938) con quien comparte una buena amistad, y quien ya en 1913 había publicado la primera crónica de Leopoldo dedicada a los exploradores de Toledo. También en El Eco vieron la luz un conjunto de reportajes de las marchas realizadas por los alumnos de la Academia. Durante los años de colaboración con Cándido Cabello, hasta incorporarse al servicio activo en 1918, fueron muchas las crónicas publicadas, entre ellas las religiosas y las dedicadas a las leyendas toledanas, dos temas muy presentes en sus escritos.
En 1915 se pudieron leer en el Diario Toledano, dirigido igualmente por Cabello, una gran cantidad de poesías, crónicas y leyendas. Entre las crónicas, destacar la que escribió ocupando toda la primera plana dedicada a la visita de los reyes con motivo de la entrega de despachos. En el mes de octubre, cuando Leopoldo tenía 17 años, Cabello editó una de sus primeras leyendas “La Peña del rey Moro”, en cuya presentación escribiría sobre el autor: “Al mismo tiempo que se forma el carácter de soldado, los murmullos del Tajo no pasan desapercibidos para su alma enamorada y ensoñadora”. Por primera vez una de sus obras se podía adquirir por 25 céntimos en las librerías de Toledo. Además, a lo largo de su estancia en la Academia de Infantería escribió para las revistas Toledo -semanal- y Castilla -revista regional ilustrada- ambas dirigidas por Santiago Camarasa. En la primera publicó entre diciembre de 1915 y agosto de 1920 un total de 18 relatos, la mayoría leyendas toledanas. En agosto de 1921, tras su muerte en el Rif, el director le dedicaría un emotivo artículo. En la segunda -Castilla- escribió Leopoldo 4 crónicas que constituían el diario de las maniobras realizadas por los alumnos de la Academia en el campamento de Ballesteros, cuyas ilustraciones corrieron a cargo del cadete Adolfo Yolif Blanco (1897-1929), compañero de promoción que fallecería en 1929 en un desgraciado accidente siendo capitán y jefe de las fuerzas indígenas en el Sahara. También firmaron crónicas en la revista los cadetes Manuel de Obeso Pardo (nº 1 de la promoción de 1915), José Domarco González y Alejandro Colmeiro Marrugat.
En 1916 verá la luz un artículo sobre otro personaje por el que siente devoción “La musa de Cervantes”; lo dedicará a otro compañero de promoción, José María Enciso Madolell, que moriría en 1938 siendo jefe de un batallón de milicias. En noviembre, recién cumplidos los dieciocho, es nombrado académico de número de la Real Asociación de escritores laureados. No es de extrañar que tal actividad literaria  hiciera resentir su nivel académico por lo que, junto a su hermano José, tuvo que repetir curso, pasando a engrosar las filas de la promoción de 1915. Fueron sus últimos escritos aquel año una poesía dedicada a los Reyes Católicos y una nueva leyenda toledana en la que colaboró con el capitán Luis Arribas Vicuña.
El año 1917 es sin duda muy satisfactorio en la trayectoria de Leopoldo; publica “El caballero del Carmen”, una de las pocas obras que todavía hoy podemos encontrar y “Un romántico contemporáneo”, en la colección Novelas con Regalo. En septiembre es nombrado académico protector de la Academia de las Buenas Letras, dirigida por Narciso Díaz de Escovar (1860-1935). Continúan sus crónicas en El Eco y en el Diario Toledano, y se acentúa su amistad con Cándido García Ortiz de Villajos, Zirto, al que dedica unos versos. Poco antes de finalizar el año, la compañía teatral toledana Pequeño Teatro lleva al escenario su obra Estos son mis poderes. En junio, su hermano Jenaro finaliza sus estudios y recibe el despacho de alférez, siendo su primer destino el regimiento de Murcia en Vigo.
Comienza 1918, año en que la vida de Leopoldo dará un vuelco: deja atrás su querido Toledo, su grupo de poetas y amigos, y se incorpora a la vida militar que lo lleva lejos del Tajo y de sus leyendas. En febrero, el Pequeño Teatro vuelve a estrenar una pieza suya: En la verde primavera, y el mismo mes realiza un viaje a Madrid junto a su amigo Cándido García. Por fin, a finales de junio finaliza sus estudios y es destinado al regimiento de La Albuera en Lérida.
El 16 de julio, publicó El Eco Toledano una entrevista con el ya alférez Leopoldo. El artículo se fraguó en la reunión que habían mantenido el día anterior en el Café Español un grupo de escritores; fue aquella una de las últimas ocasiones en las que pudo departir con tantos amigos. Días después de que Zirto, Miguel Sánchez Moreno, Alegrías y Jacinto Guerrero -célebre compositor- entrevistaran a Leopoldo en un clima de camaradería, se incorporó a su destino, y pasados tres meses solicitó voluntariamente ir a Marruecos, concediéndosele plaza en el Ceriñola 42.
Como muestra del impacto de las campañas de Marruecos en aquellas promociones de jóvenes oficiales bastan los datos de la 8ª Sección, de la cual formaban parte los Aguilar de Mera. De los 32 que finalizaron sus estudios, 7 morirían en el Desastre: García Espallargas, Gutiérrez Calderón, Medina Morris, Despujol Rocha, Arroyo Moreno y los hermanos Aguilar; y 5 fruto de acciones de guerra en el antiguo Protectorado: Alfonso Saborido, José Orduña, Enrique Brualla, Ortega Nieto y Julio Abella. La estadística general de toda la promoción indica que de un total de 247, murieron 69 en Marruecos, 29 en la Guerra Civil, y 4 en accidentes aéreos. En 1965, al cumplirse las bodas de oro, fueron menos de ochenta los que volvieron a Toledo para celebrar el aniversario y recordar a los compañeros caídos.

Jura de bandera de la promoción de 1914

Un alférez en Melilla

Cuando el 27 de noviembre de 1918 Leopoldo llega a Melilla, su regimiento -el de Ceriñola- acantonado en Cabrerizas Altas se halla a las órdenes del coronel López Ochoa. Como comandante general figura el general Aizpuru. Coincide en la plaza con su hermano Jenaro, alférez del San Fernando. En diciembre, el coronel jefe del regimiento asciende a general y se le dispensa un homenaje donde por primera vez leerá Leopoldo una alocución en nombre de todos los alféreces. Para substituir en el mando a López Ochoa es elegido José Riquelme, oficial de amplia trayectoria africanista.
Desde el primer momento, el joven oficial se integra perfectamente en la ciudad y sus instituciones; asiste a conferencias en el Círculo del Recreo de Melilla, imparte su primera charla sobre Cervantes y compone la letra del himno del Colegio del Carmen, el más importante de la ciudad. Se vive en aquellos momentos un periodo de relativa tranquilidad, las líneas españolas se extienden poco más allá del Kert y el regimiento tiene sus efectivos repartidos entre Kandussi, Batel, Zoco Telatza y Afsó.
La vida en las posiciones permite al escritor continuar con su trabajo: en junio escribe para el regimiento una composición que firmará como Un alférez; ingresa en el Ateneo Científico, Literario y de Estudios Africanistas en la sección de literatura y bellas artes, y recibe un premio de la revista Armas y letras por su relato “Señor, yo que he amado tanto”. En agosto, el Ateneo Melillense le rinde su primer homenaje y el Telegrama del Rif, que habitualmente no publica poesía, incluye en primera plana composiciones de Leopoldo. En octubre de 1919 es premiado en el certamen que organiza la Academia Bibliográfica Mariana de Lérida por uno de sus poemas más conocidos “Dos Hermanos”, donde en nueve cantos desglosa la relación entre Feliciano y Vicente. En pocos meses su fama se ha extendido por Melilla donde es sobradamente conocido a pesar de su juventud. La víspera de reyes de 1920 se estrena en el Teatro Alfonso XIII su obra Pero volvió el amor, con una importante afluencia de público. Tras un breve paso por el regimiento de San Fernando recala de nuevo en el de Ceriñola y se le destina a la 4ª Compañía del II Batallón, que presta servicio en Ifran-Buasa, cerca de Kandussi. Días después, se incorpora a la misma compañía su hermano José; los tres hermanos están en Melilla. Desde su avanzadilla, donde se halla destacada su sección, compone Leopoldo “El padre Juan” y avanza en la que será su obra póstuma, El peso de la Corona. Desde allí escribió por última vez a su querido amigo Vicente Mena: “Cuántas veces me acuerdo de ti y cómo me hieren los recuerdos al pensar en Toledo, en nuestra ciudad, más gloriosa cuanto más vieja, y en los largos paseos que dábamos, sorprendiéndonos los encantos de sus legendarios rincones”. 
La tranquilidad reina en el frente avanzado y gracias a ello en la posición se pueden entregar condecoraciones a varios soldados del regimiento que se han destacado: el capitán Juan Montemayor entrega las medallas, Leopoldo los arenga y el alférez Demetrio Fontán, cinematógrafo amateur, grabará en una película el acto. ¿Que habrá sido de aquella vieja cinta? Su dueño sobrevivió al Desastre, pero no a la Guerra Civil en la que murió siendo capitán luchando en el bando republicano.
Mientras tanto en Melilla, en febrero se ha producido el relevo en la Comandancia General: parte Aizpuru ascendido a teniente general y es nombrado Fernández Silvestre. En tan solo tres meses el general activará la campaña y todas las tropas se verán inmersas  en un frenético ritmo de conquistas.  La orden general dictada el 9 de marzo y otra posterior del 2 de mayo marcarán las líneas maestras de aquello que el general espera de sus tropas. A pesar de la constante estancia en el frente, nunca descuidó el poeta su producción literaria, su pluma y cuartillas de letra enredosa y desigual lo acompañaron siempre en el avance. En abril verá editada su segunda obra completa El loco peregrino, drama en tres actos que se incluye en la biblioteca de cultura popular, noticia de la que se hace eco en Toledo y Melilla. Hoy en día todavía es posible conseguir algún viejo ejemplar de la obra.
El regimiento al mando del coronel Riquelme participará en toda la campaña cuyos primeros compases se producen el 7 de mayo, posteriormente será la cábila de Tafersit y en diciembre se alcanza la cumbre de Monte Mauro, en Beni Said, conquista que es celebrada con un gran desfile en Melilla, en el que interviene la compañía de Leopoldo. En estos meses de vida en campaña recibe dos nuevos premios: en junio de la revista Armas y Letras, y en noviembre de la Academia Bibliográfica Mariana, y se produce su ingreso en el Ateneo Melillense Científico, Literario y de Estudios Africanistas en la sección de literatura y bellas artes. Será compañero en el mismo de dos destacados protagonistas del Desastre: el capitán Félix Arenas y el oficial médico Víctor García Martínez, ambos fallecidos en los sucesos de julio.

1921, el año de Annual   

El imparable avance de las tropas lleva el 15 de enero a conquistar el valle de Annual, creándose a partir de entonces la circunscripción del mismo nombre que quedará a cargo del regimiento de Ceriñola. La compañía de los hermanos Aguilar de Mera, tras haber participado en la mayoría de las conquistas, permanecerá durante los primeros meses del año de guarnición en Melilla. En marzo se incorporan a la comandancia los nuevos reclutas, entre ellos un joven voluntario de 19 años, Antonio Aguilar de Mera; con él ya son cuatro hermanos -circunstancia excepcional- destinados en Melilla. Antonio, nacido en 1902, ingresará tras el Desastre en la Academia de Infantería, siendo de esta manera el cuarto miembro de la familia que lo haga, pero no el último; Félix Ángel lo hará en 1925.
En febrero publica Leopoldo una serie de artículos en el Telegrama del Rif sobre el Peñón de Alhucemas, donde se adivina que durante su estancia en Melilla ha profundizado en su interés por la cultura y geografía rifeñas. En marzo es nombrado vicepresidente de la sección de literatura del Ateneo Melillense presidido por Francisco de las Cuevas; publica una de sus últimas poesías en el Telegrama del Rif, dedicada a Julio Amado, ex militar, diputado y director de la Correspondencia Militar; participa en una velada en el Club Melilla donde diserta sobre poseía popular; y el 21 de mayo,  es ascendido por antigüedad a teniente, el mismo día que su hermano José. A principios de junio se halla convaleciente por enfermedad y se le conceden unos días de permiso; será la última vez que visite su querido Toledo. En la ciudad se reúne con sus viejos amigos y deja constancia en los periódicos de la tranquilidad que se vive en el frente, prueba de que nada le hacía presagiar el funesto devenir de los acontecimientos.
Poco antes de marchar Leopoldo a Toledo, se sufre la pérdida de la posición de  Abarrán, algunas de cuyas consecuencias afectarán a los hermanos Aguilar de Mera. La compañía de ambos es enviada al campamento de Annual y se ocupan varias posiciones en el cinturón defensivo de vanguardia, entre ellas el monte Talillit, en el camino entre Annual y Sidi Dris. Para guarnecer esta posición se  designa a la 4ª Compañía del II Batallón donde están filiados ambos hermanos.
Tras regresar de Toledo se incorpora Leopoldo a su destino. Forman la compañía -que cuenta con un destacamento de artillería con 19 artilleros al mando del teniente Jesús Bans- el capitán José de la Rosa Echegaray, los hermanos Aguilar y 149 soldados. Pocos días antes de la retirada de Annual se incorporan el teniente Federico García Moreno, de la misma promoción que los hermanos Aguilar, y el capitán Benigno Ferrer Cabal, jefe de la compañía de ametralladoras de posición. El destacamento, ocupado el 3 de junio, se alza sobre un cerro desde donde se divisan Buymeyan y Sidi Dris. La posición es tan solo un muro de piedra en forma rectangular, rodeado de alambrada de doble piquete y rematado con sacos, en cuyo interior se hallan las piezas de artillería y las tiendas cónicas que albergan a la guarnición. Como ocurre en la mayoría de destacamentos, no disponen de agua ni depósito, y la aguada se halla a una distancia de tres kilómetros. En cuanto a los víveres y la munición dependen del campamento de Annual desde donde se envía convoy cada tres días. Como medida de seguridad, se ocupa un montículo próximo donde se sitúa una avanzadilla defendida por un oficial y cuarenta soldados, así como la tienda desde donde los ingenieros mantienen contacto con Annual.

Tallilit y avanzadilla (colina de la izquierda). Fotografía de Santiago Domínguez Llosá

La retirada

Finaliza el invierno de 1921 con la conquista el 15 de marzo de Sidi Dris, en la que no toma parte  la compañía de Leopoldo. El día anterior, “el recio poeta de ágil inteligencia y alma soñadora” -así se refería a él El Telegrama del Rif- había recitado poemas en una velada en honor de Driss Ben Said. En mayo, el Memorial de Infantería, que ya en 1915 y 1918 había publicado sendos relatos, publica “La Ley de las Guerras”, su última colaboración. Ese mismo mes participa, junto al poeta José Ojeda, en un recital de poesías de Antonio Machado.
A finales del mes de junio, su hermano Jenaro causa baja en el regimiento de San Fernando y es destinado a la Península, pero aún quedan tres hermanos en Melilla. A esta época pertenecen los últimos escritos de Leopoldo publicados en vida: cinco crónicas de la serie dedicada al campo de Alhucemas, y un interesante artículo sobre la cábila de Beni Urriagel, del 12 de junio. Un mes después El Telegrama del Rif le cita por última vez antes de su muerte, el 12 de julio el gobierno chileno le concede la Medalla de Honor por un relato dedicado al cuarto centenario del descubrimiento del estrecho de Magallanes.
Los días 17 al 21 de julio, tras los intentos baldíos de socorrer Igueriben, queda sellada la suerte de Annual; al menos así lo entiende el general Fernández Silvestre que la mañana del 22 ordena el repliegue y dispone que la posición de Talilit debe replegarse a Sidi Dris, resistir y esperar. Al emitir la orden, el general es consciente de que las posiciones enclavadas en la costa -Afrau y Sidi Dris- quedan sin posibilidad de ser socorridas por tierra, contando solo con el apoyo de la Armada de Guerra que será la encargada de intentar la evacuación de los defensores.

Capitán Benigno Ferrer y Teniente Jesús Bans

Aquella mañana en Talilit, el capitán Benigno Ferrer recibe el telegrama de evacuación a las 11.00 horas. Tras las últimas incorporaciones -2 oficiales y una sección de ametralladoras- son 187 los presentes en la posición y en su avanzadilla donde se halla la tienda de telegrafía desde la que comunican con Annual. El primero en recibir la orden es, por tanto, el teniente José Aguilar, quien informa rápidamente al capitán Ferrer. En la compañía de Ceriñola falta el capitán; se halla en Melilla, motivo por el cual será juzgado en consejo de guerra en abril de 1923 y posteriormente apartado del ejército. Ferrer pone en marcha los preparativos para abandonar el reducto y ordena formar a la tropa: en vanguardia, una parte de la compañía junto al capitán y al teniente García Moreno; seguidamente la sección de Leopoldo y artilleros -inutilizadas previamente las piezas de artillería; y finalmente, una vez hayan salido todas las tropas, se ha de incorporar la sección destacada en la avanzada. Sin embargo, los planes del capitán no se ejecutan como estaba previsto y la evacuación -tal y como afirmarían todos los supervivientes- se torna caótica al poco de partir: las tropas se desmandan ante la presión rifeña, y la columna se divide sin que puedan incorporarse los de la avanzadilla que quedan solos en la retaguardia. Todo lo que estorba se abandona en el camino: material, heridos y por supuesto muertos. Así lo testificarán los pocos supervivientes de las evacuaciones de Talilit y Sidi Dris, desastroso y confirma que son tres los oficiales que se incorporan junto a la tropa. La mayoría de los testigos afirmaría posteriormente que el teniente García Moreno falleció aquel mismo día en el interior de la posición.

Plano de las posiciones de primera línea y retirada a Sidi Dris
Entre los artilleros la mortalidad es muy alta: caen el teniente Bans y la mayoría de sus soldados. Los de la avanzada siguen pareja suerte: mueren el teniente José Aguilar y muchos de sus hombres, siendo la mayoría de supervivientes apresados antes de llegar a Sidi Dris. Son testigos de la muerte de José Aguilar el cabo Emilio San Martín y el soldado Pedro Muñoz Andújar, ambos capturados por los rifeños. El soldado Muñoz verá días después su cadáver, pero no consta que le diera tierra. Es altamente improbable que Leopoldo viera morir a su hermano ya que este último marchaba muy atrasado en la columna. Los que van por delante llegan al cauce del Uad el Kebir exhaustos y rendidos; entre ellos está el teniente García Moreno en tal mal estado que algunos incluso llegan a decir que ha muerto. Al llegar a Sidi Dris se pasa lista: faltan todos los artilleros, y solo están 3 de los 41 de la avanzada; Manuel Echevarría, Eugenio González y Francisco Pin, los encargados de comunicar a Leopoldo la trágica suerte que ha corrido su querido hermano José. En Sidi Dris, atónitos ante la llegada de los hombres del capitán Ferrer, sale la sección de policía indígena a protegerles cubriendo los últimos metros. El comandante Velázquez, jefe de la posición, ordena atender a los poco más de 60 que llegan. Los demás han sido muertos o apresados. Poco después se da parte a la comandancia general de la incorporación de la guarnición de Talilit: Velázquez telegrafía que han llegado en un estado desastroso y confirma que son tres los oficiales que se incorporan junto a la tropa. La mayoría de los testigos afirmaría posteriormente que el teniente García Moreno falleció aquel mismo día en el interior de la posición.

Muerte en el acantilado

En Sidi Dris, al mando del comandante Juan Velázquez, hay una importante guarnición: 1 jefe, 9 oficiales y 274 soldados, a la que se unen los supervivientes de Talilit. Por tanto, podemos afirmar que hay más de 300 hombres que, aislados, intentan defender el emplazamiento. Para auxiliarles son enviados el crucero Princesa de Asturias y los cañoneros Laya y Lauria, única ayuda que van a tener. La mañana del 23, tras veinticuatro horas de navegación, fondea el Princesa, encontrándose allí con el Laya y un pequeño vapor que lleva material a la posición. En la reunión entre los capitanes de ambas embarcaciones, Eliseo Sanchís y Francisco Javier de Salas, se constatan desde el primer momento las dificultades para evacuar con garantías a los hombres de Velázquez. El destacamento situado sobre una escarpada elevación no tiene otra vía de escape que superar la pronunciada pendiente que los separa de la playa. Durante el día, los buques disparan repetidamente sobre los objetivos marcados por los defensores. El 23 aún disponen de agua, víveres y municiones, pero están rodeados y sin posibilidad de realizar salidas para hacer acopio de lo que necesiten. De noche pasa por la zona el cañonero Bonifaz que lleva a bordo al Alto Comisario; el capitán de navío Sanchís comunica con Berenguer y le reitera las predicciones sobre una futura evacuación: puede ser dificilísima y desastrosa. El general contesta que no se les comunique nada a los hombres de Velázquez hasta que la posición manifieste no poder resistir más.

Juan Velázquez Gil de Arana (Orla 1897) y vista actual de Sidi Dris
Durante el día 24 se repite continuamente el apoyo artillero de los buques sobre la costa, pero el comandante Velázquez comunica que la situación es crítica y es apremiante preparar la evacuación. Desde el Princesa solicitan permiso a Berenguer y, autorizada la operación, determinan evacuar Sidi Dris, y después Afrau. Calculan erróneamente que la guarnición se compone de 150 a 200 hombres. Por la tarde se une el cañonero Lauria procedente de Afrau; los tres comandantes se reúnen para decidir el plan. Ya por entonces el jefe de la posición les ha transmitido que el número de hombres excede de 300, lo que aumenta las dificultades. Finalmente se precisa la operación: a las 11.00 los tres buques iniciarán el fuego de apoyo; seguidamente, tras una hora de bombardeo, sonarán las sirenas de los barcos debiéndose afrontar entonces la salida. Los buques designan a los marineros y patronos que conducirán los botes y lanchas lo más cerca posible de la orilla.
En la posición todos los hombres están en el parapeto y con ellos los oficiales. Leopoldo manda una sección destacada frente al mar. El día 24 de julio la situación es prácticamente insoportable ya que una gran cantidad de rifeños cerca el destacamento. Los pocos supervivientes de la compañía de Leopoldo recordarían que este permanecía continuamente en el parapeto animando a sus hombres con buen espíritu. Por la tarde crece el fuego, aumenta el contingente de enemigos y escasean las municiones de cañón y fusil. Los heridos son atendidos por el teniente médico Luis Hermida, pero la moral de las tropas pende de un hilo, todos saben lo difícil que será escapar de aquel cerro de tierra roja.

 En primer término los restos de la posición, observese  la distancia que debieron cubrir hasta llegar al mar
A las cuatro de la madrugada se inicia la actividad: los hombres de Velázquez esparcen paja sobre el material y todo cuanto pueda caer en manos del enemigo y lo rocían con petróleo. Todo está dispuesto para la tentativa de alcanzar la flotilla anclada ante la vista de los defensores. A pesar de que se acuerda esperar hasta que finalice el fuego de protección, el primer intento de evasión se produce antes de la hora pactada. Los defensores del sector frente al mar son los primeros en saltar el parapeto y, a la carrera, intentan acercarse a la orilla. Son mayoritariamente hombres de Ceriñola, pero también la sección de policía indígena, askaris que al mando de Gómez Maristany han permanecido fieles y se han entregado como los demás. Advertidos de ello, los buques inician a toda prisa la maniobra de aproximación; todos los marineros que forman las diferentes tripulaciones se han presentado voluntarios. La expedición del Princesa la forman una lancha, el bote automóvil, dos botes y 43 marineros al mando del alférez de navío Faustino Ruiz González. El cañonero Laya envía el bote automóvil, otros dos botes, y 17 hombres al mando del alférez de navío José María Lazaga Ruiz-Fortuny. La gran mayoría de hombres que han saltado el parapeto son alcanzados mientras descienden o cuando llegan a la orilla, muy pocos son capaces de subir a las barcas. Queda claro por los testimonios que ni Leopoldo ni el resto de oficiales han participado en este precipitado intento de salvación. A pesar de que el fuego enemigo arrecia sobre los botes causándoles bajas, se aproximan cuanto pueden, llevándose la peor parte los hombres del Laya: el alférez Lazaga recibe varios impactos de bala -la autopsia revelaría siete- y es trasladado, gravísimo, a Melilla donde moriría dos días después; y 6 marineros resultan heridos, entre ellos Matías Fernández que fallecería en el hospital tras ser evacuado. Del Princesa resultan otros 3 marineros heridos. La evacuación ha fracasado, a bordo de las lanchas tan solo han podido acogerse 20 hombres. Desde la posición, el comandante Velázquez comprende que su suerte está echada, y ordena suspender nuevos intentos. A partir de ese momento los navíos de guerra tan solo pueden colaborar disparando sobre los flancos de la posición que resiste sus últimas horas. A las 16.00 horas comunican que se están muriendo, no pueden más, y hora y media más tarde emiten el último mensaje: “No nos dejéis morir”. Poco después el Princesa recibe un telegrama de Berenguer, quien con harto dolor -dice- se ve imposibilitado de enviarles refuerzos y les autoriza a parlamentar. Ignoro si en Sidi Dris llegaron a recibir dicha comunicación o si para entonces ya habían sido asaltados, pero poco después, no se escucharon disparos…
Los pocos supervivientes son apresados. El soldado Albino Álvarez Fernández, de Ceriñola, ve el cuerpo inerte de Leopoldo entre la alambrada y el parapeto, junto al capitán Benigno Ferrer. El resto de oficiales seguirán idéntica suerte: el comandante Juan Velázquez Gil Arana, capitán Sebastián Moreno Zumel, tenientes Ramón González Robes, Julio Borondo Sánchez, Federico García Moreno, José Quintero Ramos-Izquierdo, Juan Fontán Lobé, Antonio Gómez Maristany, Antonio Rojo Peral, Luis Hermida Pérez y Felipe Acuña Díaz-Trechuelo, quien había perdido también un hermano, capitán de Ceriñola. Junto a ellos muere la mayoría de hombres. Entre prisioneros y salvados por los buques de guerra no pasan de 60, cuando eran más de 300... Los rifeños asaltan la posición y de noche disparan sobre los buques con los cañones del teniente Fontán, abriéndose fuego desde el Princesa sobre los restos del emplazamiento. Esa misma noche parten todas las embarcaciones hacia Afrau, donde, por suerte, la evacuación se puede llevar a cabo, salvándose la mayoría de hombres.

Tenientes José Quintero, Federico García Moreno, Ramón González Robles
y Julio Borondo Sánchez. Todos, fallecidos en Sidi Dris
Tras la debacle de julio, muchas madres y padres desesperados llegaron a Melilla intentando saber algo de sus hijos, puesto que en aquel momento no existía certeza oficial de la muerte de muchos de ellos. Durante aquellos días emergió el término desaparecido, que se extendió como un reguero de pólvora por la Península inundando de dolor los hogares de miles de familias que ya nunca más supieron de sus hijos, hermanos, maridos o padres. Entre aquellas madres se hallaba Amparo de Mera Martínez, cuyo único consuelo fue saber que los cuerpos de sus hijos habían sido identificados y enterrados.

El amigo Driss Ben Said

Durante su estancia en Melilla, Leopoldo -franco y de carácter afable- se relacionó con mucha gente. Sería relevante el aprecio que tuvo por el hijo de un notable rifeño, Driss Ben Said. El joven había recibido una esmerada educación en Fez -coincidió con Abd el Krim- y posteriormente en Europa donde aprendió a dominar varios idiomas. Enemistado con el Raisuni, fue encarcelado en el penal de Chafarinas por dos años, confinamiento en el que inició la traducción de El Quijote al árabe. Tras ser liberado, el general Berenguer lo protegió y le ofreció un puesto en la Secretaría Indígena de la Alta Comisaría. Poco después de ser destinado a Melilla, Leopoldo conoció a Driss, con quien desde entonces compartió su pasión por la literatura y una entrañable amistad.
El 22 de julio, Driss se hallaba en Alhucemas negociando con Abd el Krim la explotación de los yacimientos mineros de Beni Urriagel. De allí se trasladó inmediatamente a Melilla para ayudar a los prisioneros españoles ofreciéndose a Berenguer para intermediar con el Jatabi. Fue él quien consiguió rescatar el cuerpo del coronel Morales que se trasladaría posteriormente a Melilla, quien dio tierra al comandante Juan Pedro Hernández -secretario de Silvestre- y quien ayudó a repatriar varios grupos de mujeres y niños junto a soldados heridos, entre ellos el sargento Miguel Mariscal de la compañía de Leopoldo. Consiguió también que Abd el Krim admitiera su propuesta de concentrar a los prisioneros españoles en Axdir, Annual y Sidi Dris. En este último lugar localizó el cuerpo de su querido amigo Leopoldo, a quien halló junto a la alambrada, tal como habían afirmado los testigos. Los prisioneros españoles enterraron en una fosa común a los defensores de Sidi Dris, con las únicas excepciones de Leopoldo, cuyo enterramiento quedó señalado, el teniente médico Luis Hermida y el también teniente Federico García Moreno. Posteriormente se desplazó hasta Talilit, donde sabía que estaba destinado su hermano José, para buscar sus restos. Los cuerpos de los dos hermanos Aguilar de Mera fueron localizados e inhumados.
En junio de 1923, Driss Ben Said murió en las inmediaciones de Tafersit mientras ayudaba a las columnas españolas en su avance. El fallecimiento del joven Driss, de edad similar a la de Leopoldo -se estima que había nacido entre 1890 y 1898-, fue muy sentido; fue enterrado en Melilla con todos los honores y con asistencia de todas las autoridades españolas.
Poco antes de cumplirse un año de su muerte, se rinde a Leopoldo un primer homenaje en Melilla, una velada necrológica organizada por el periodista y amigo Emilio Somoza Méndez, hermano del capellán de Ceriñola. Durante la misma, leyó un discurso el famoso padre Emiliano Revilla (Eloy Gallego Escribano 1880-1936), capellán del Tercio y acompañante habitual de las tropas durante la campaña posterior al Desastre. En el Ateneo del que Leopoldo formaba parte, trabajaban desde poco después de su muerte en recopilar los ejemplares dispersos de la obra póstuma “El peso de la corona”. De ello se encargó otro amigo fraternal del poeta,  Emilio Sánchez Ferrer, director de Melilla Nueva, farmacéutico y destacado miembro del Ateneo. De prologar la obra, que vería la luz a finales de 1922, se hizo cargo el periodista y reportero de guerra Tomás Borras (1891-1976).

Registro del cementerio de Melilla. Leopoldo Aguilar de Mera
A pesar de que poco después de perderse el territorio se inició la campaña de reconquista, no sería hasta mayo de 1926 cuando la columna del coronel Pozas reconquistara Annual; cinco años después de su caída los soldados españoles pisan de nuevo las posiciones de la circunscripción, entre ellas Sidi Dris. En 1926, entre los muchos batallones expedicionarios repartidos por el territorio de Melilla, se hallaba el del regimiento de Sevilla, uno de cuyos oficiales era Antonio Aguilar de Mera. Enterado de la reciente conquista se le autoriza a ir a Sidi Dris, donde el 28 de junio, gracias a confidencias de lugareños, encuentra los restos de Leopoldo, y los de José en las inmediaciones de Talilit, y con ellos regresa a Melilla. El primero de julio los hermanos Aguilar de Mera fueron enterrados en el Panteón de Héroes ante la asistencia, por parte de la familia, de Antonio, Eugenia Aguilar y el marido de esta, ingeniero de minas Dionisio Recondo. Además, en el cementerio había numerosas autoridades no solo del ámbito militar sino también del resto de la sociedad civil de Melilla. Varias fueron las sagas de hermanos que murieron en el Desastre de Annual, pero en ningún caso se pudieron recuperar los restos de dos hermanos, salvo en el de los Aguilar de Mera. Días después, el 11 de julio, se celebró en el Ateneo de Melilla -institución presidida por Mariano del Pozo, antiguo comandante de ingenieros en 1921- otra velada necrológica en honor de Leopoldo. En el discurso se recordaron con tristeza y admiración la figura del joven poeta y la de su fiel amigo Driss, gracias al cual se pudo dar sepultura a ambos hermanos. Peor suerte corrieron los restos de los demás defensores de Sidi Dris; en 1925 la Marina de Guerra francesa realizó maniobras (preparatorias del desembarco de Alhucemas) en el litoral marroquí disparando sobre la antigua ubicación de la posición. Algunos de los obuses alcanzaron la fosa común, sobre el acantilado, dispersando cientos de pequeños fragmentos óseos por la planicie rojiza. Aún en el 2012 cuando visité aquel lugar, vi junto a mis compañeros restos esparcidos de aquellos jóvenes, que en silencio nos afanamos en recoger y enterrar con el mayor respeto.

Epílogo

Tras su caída en combate fueron muchos los periódicos que anunciaron la muerte del teniente poeta. Antes de que fuesen recuperados sus restos, hubo muchas muestras de admiración desde su querida ciudad de Toledo hasta Melilla, donde pasó sus últimos años de vida. Especialmente sentida fue la carta de Vicente Mena Pérez, amigo de la infancia de Leopoldo, publicada en El Castellano el 20 de agosto de 1921. En noviembre de 1922 se leyó en Melilla la que fue su obra póstuma “El peso de la corona”, y en  diciembre, el Ateneo rindió homenaje a sus tres integrantes muertos en el Desastre: Leopoldo Aguilar y los capitanes Félix Arenas y Víctor García Martínez, a quienes la Junta de Arbitrios dedicó sendas calles, cuyos nombres conservan en la actualidad. En aquella conmemoración recordó a Leopoldo el ateneísta y periodista melillense Nicolás Pérez Muñoz-Sarasola y de la lectura de poesías de Leopoldo se encargó Carlos Marina Malat, quien sería más adelante director artístico del Ateneo. En fecha reciente -2014- el escritor toledano Juan Carlos Pantoja Rivero reunió una colección de leyendas de su tierra, entre las que había unas cuantas escritas por Leopoldo para la revista Toledo. Varias son también las páginas web donde podemos leer algunas de estas leyendas, como “Leyendas de Toledo” y “Misterios de Toledo”.
Jenaro Aguilar, el tercer hermano de la promoción del 14, falleció en 1937 siendo capitán en la batalla de Mazucu, en la sierra de Peñas Blancas. A título póstumo se le concedió la medalla militar individual. No fue el único hermano fallecido durante la guerra, en enero de 1937 Fernando Aguilar fue detenido por milicias republicanas sin que nunca más se supiera de su paradero. La madre de todos ellos, Amparo de Mera, murió poco antes del final de la guerra en Cabezarrubias del Puerto (en la actualidad una calle del pueblo lleva su nombre), habiendo perdido cuatro hijos en dos conflictos armados. De ella partió en 1922 la iniciativa de solicitar la Cruz Laureada para Leopoldo, pero el juicio le resultó desfavorable por no encontrar indicios de que fuera merecedor de tal condecoración. Antonio, quien había recogido y enterrado los restos de sus hermanos, continuó su carrera militar, falleciendo en marzo de 1986 siendo teniente coronel. Antonio había escrito años antes la letra de una de las composiciones del maestro Solano.
Recientemente, poco antes de que diera por finalizado este artículo, he recibido “El Caballero del Carmen” y he pensado: qué mejor homenaje para Leopoldo que sumergirme en la lectura y terminarlo con sus palabras escritas en las aventuras de Felipe de Arlabán:

“El más apuesto aventurero que golpeara a los cicateruelos de Zocodover. De su espada, temida hasta de los malandrines nocherniegos, decíase que fue por el diablo templada en la ribera del Tajo y que sabía cual ninguna otra buscar el recto camino del enemigo corazón.”

Panteón de héroes, Melilla
Bibliografía

http://desastredeannual.blogspot.com.es/p/bibliografia-cronologica-de-leopoldo.html

miércoles, 20 de julio de 2016

Actualización del artículo dedicado al regimiento de cazadores de Alcántara, 14º de caballería



Actualización del artículo dedicado al regimiento de cazadores de Alcántara, 14º de caballería

El próximo 23 de julio se conmemora el 95 aniversario de las cargas que en el río Igán protagonizó el regimiento de Alcántara y que en fechas recientes les valió ser condecorados con la Cruz Laureada. Por ello he actualizado el artículo dedicado al regimiento y he considerado que para que todos,  fallecidos y supervivientes de las cargas y defensa de las posiciones, puedan ser recordados es imprescindible conocer sus nombres. Es esta la primera ocasión en la que incluyo la relación de muertos de una de las unidades que sufrieron el Desastre. Es mi intención, a pesar de las dificultades,  aportar la del resto de unidades y publicar en este blog todos los nombres del Desastre de Annual.


Relación nominal de los fallecidos y supervivientes del regimiento de cazadores de Alcántara, 14º de caballería


viernes, 20 de mayo de 2016

Actualización del artículo "Defensores de Igueriben"

Defensores de Igueriben


En noviembre de 1923 el Heraldo de Zamora anunciaba la próxima publicación del libro “Igueriben, relato del único oficial superviviente” escrito por el entonces teniente Luis Casado Escudero diez meses después de su liberación. Superados los problemas con la imprenta y el consiguiente retraso, los ejemplares estuvieron disponibles en la capital castellana en la librería La Religiosa. Desde entonces, a punto de cumplirse 92 años de su publicación, ha constituido una relevante aportación a la bibliografía del Desastre de Annual por la que se ha granjeado un hueco en las estanterías de los que nos interesamos por las campañas de Marruecos, y es objeto de culto entre los familiares descendientes de los pocos supervivientes que escaparon del infierno de Igueriben. Por ello, todo cuanto he escrito sobre aquellos días ha sido para aportar información adicional a lo relatado por Casado -de la lectura de sus páginas he extraído la más valiosa información- y no para modificarlo. Sin embargo, creo modestamente que la relación de los defensores que aparece al final del libro requiere una revisión exhaustiva y su consecuente actualización.

http://desastredeannual.blogspot.com.es/p/prueba_79.html

Luis Casado Escudero. Igueriben

jueves, 17 de septiembre de 2015

El Grupo de Regulares en campaña 1920-1921. 2ª parte



El Grupo de Regulares en campaña. 1920-1921. 2ª parte

Enero de 1921, se van los cumplidos

Se inicia el año con dos noticias que tienen especial repercusión en la campaña; por una parte se licencian los veteranos de la quinta de 1917, y por otra, el primero de enero lejos de Melilla, en Dar Drius, los notables de Tensaman -salvo una fracción- presentan su sumisión, lo que permitirá a la oficina de Policía Indígena continuar la labor política en la guerrera cabila lindante con Beni Urriagel. La primera remesa de licenciados parte de Melilla a bordo del Monte Toro. Esta primera expedición devolverá a la Península 333 soldados, todos ellos gallegos y asturianos. En el muelle de Villanueva será el propio comandante general quien despida a lo mejor de sus tropas. En días sucesivos partirán hasta 4500 licenciados; se van los cumplidos. No será hasta cuatro meses después cuando los nuevos reclutas juren bandera, por lo que los efectivos de la Comandancia quedan reducidos en una quinta parte. A lo poco favorable que era de por sí el mes de enero -bajas temperaturas, temporales de viento, caminos enfangados sin acondicionar- se añadía el licenciamiento de los veteranos, por lo que era aconsejable mantenerse a la expectativa. Sin embargo, la sumisión de los tensamaníes marcaría la línea a seguir; las cabilas de Tensaman y Beni Tuzin constituían la única barrera que separaba a las tropas de Silvestre de Beni Urriagel y había que aprovechar que la situación política era propicia.

Historial del Grupo, 1926. Sala histórica del Grupo de Fuerzas Regulares
Antes de pisar el terreno dominado por tensamaníes, las tropas españolas conquistarían las posiciones limítrofes en Beni Ulisech. La primera, el 11 de enero cuando tras una penosa marcha ocuparon el Yebel Azrú, instalando a mil metros de altura la posición de Mehayast. Aquel día tan solo participó el tabor del comandante Tomás Aparici que había partido de madrugada de Ben Tieb. El nuevo destacamento -un auténtico nido de águila- quedaba defendido por fuerzas de San Fernando y abastecido desde Ben Tieb. Desde su cima se podía distinguir entre brumas la masa de la isla de Alborán y más cerca -a tiro de la artillería- un poblado rodeado de terreno cultivado, de nombre Annual. Debido a las dificultades orográficas no se pudo subir artillería a la posición, quedando guarnecida tan solo por la compañía de San Fernando. Posteriormente, de su defensa se encargarían tropas de la brigada disciplinaria que serían las que vivirían la retirada de Annual.
Pocas horas después, sin haber tenido tiempo de asimilar la nueva conquista, partió del puerto de Melilla el vapor Gandía, llevando a bordo una compañía del regimiento de Melilla que participaría en una operación anfibia: la conquista de Afrau, todavía en terreno de Beni Said, en la frontera con Beni Ulisech. Las tropas de infantería y efectivos de la compañía de mar desembarcaron la mañana del 12 de enero al mismo tiempo que una pequeña columna de policía al mando del teniente Purón llegaba por tierra procedente de Beni Said. En esta ocasión no intervendrían las tropas del Grupo de Regulares y la conquista sería rápida y sin bajas. Poco después, a bordo del Lauria, llegaría el comandante general acompañado de la mayoría de jefes de las unidades, entre ellos el teniente coronel Núñez de Prado. La nueva posición quedó situada junto a la Alcazaba de Bors, siendo su primera guarnición la compañía de Melilla, al mando del teniente Viudez del  regimiento.
Tras el desembarco de Afrau, en el que no han intervenido las tropas de Regulares, se lleva a cabo -el sábado 15 de enero- el avance en Tensaman con el objetivo de ocupar el poblado de Annual. La columna que mandaba el coronel Morales partió de Ben Tieb de madrugada; en vanguardia el tabor del comandante Aparici y el escuadrón del capitán Juan Rivadulla que tras coronar el tobogán del Izumar divisaría el poblado rodeado de arboleda y plantaciones en cuya colina se instalaría la posición. Nada hacía prever que aquel lugar se convertiría en base avanzada del ejército español ni mucho menos que tan solo seis meses después sería el escenario del origen de una tragedia. Las tropas de artillería tuvieron que superar no pocos obstáculos para llevar una batería de montaña ya que el camino era tan solo una pista de herradura. La 1ª Compañía de zapadores al mando del capitán Nueve-Iglesias se encargó de fortificar la nueva posición. En primera instancia se construyó un recinto alambrado -de tres piquetes- que posteriormente ampliarían para poder acoger a tres compañías; lo dotaron en gran parte de parapeto con un reducto donde se instalaron la batería de montaña y una compañía de infantería. Al no existir aún la circunscripción de Annual, quedaron de guarnición una compañía de San Fernando, la batería de montaña y efectivos de policía bajo el mando del capitán Ramón Huelva. Días después, el alto mando felicitaría a los ingenieros y artilleros que habían conseguido vencer las importantes dificultades para fortificar y armar la posición. 

Compañía de Ametralladoras del Grupo de Regulares 
En ningún caso se pensó que la reciente conquista supusiese la base avanzada para un futuro avance en dirección Alhucemas, sino tan solo una nueva posición que albergaría una reducida guarnición. Idéntico pensamiento se recoge en el informe del teniente coronel Ros. “Por lo que se refiere al Campamento de Anual, fue elegido en un principio como posición para establecer en él un grupo de policía indígena, y en este sentido llenaba perfectamente su misión, pero no así como campamento general, centro de aprovisionamiento, concentración de columnas, ni mucho menos como base de operaciones y punto de partida para un ataque a Alhucemas. Anual es un valle casi semicircular, estrecho y profundo, cerrado por todas partes por altísimas e inaccesibles montañas, menos por un boquete estrecho que da al mar, en cuyos extremos estaban las posiciones de  Sidi-Dris y la de Afrau. Su suelo, sin caminos y sí únicamente algunas veredas, estaba formado por lomas de suave pendiente pero surcado de barrancadas sin fin que cortaban a cada instante el horizonte, y permitían a un enemigo audaz y decidido hacer una obstinada defensa y oponer una resistencia muy difícil de quebrantar al avance de nuestras columnas. Un río de escaso caudal de agua que corría lamiendo las faldas de las montañas fertilizaba el valle que tenía algunos trozos de huerta y surtía de agua al campamento. Este valle estaba ocupado por las kabilas de Tessaman”.
Con el fin de facilitar el paso de vehículos y camiones hasta Annual, se encargó la construcción de una pista al teniente coronel ingeniero Mariano Campos Tomás. Para afrontar las obras, la Comandancia de Ingenieros amplió los efectivos de zapadores incorporando soldados de infantería y nativos contratados. En julio, aquel originario emplazamiento se había ensanchado para acoger a más de 4000 hombres, y había instalado dos nuevos campamentos: uno para el Grupo de Regulares y otro para el regimiento de África. Los convoyes de alimentos y parque móvil partirían de Ben Tieb o Dar Drius desde donde se transportarían los pertrechos a lomo o en camello. No sería hasta muy poco antes de la retirada cuando los camiones de gran tonelaje pudieran llegar hasta Annual. El comandante general y su estado mayor visitaron el campamento y regresaron a Melilla siendo escoltados por un escuadrón de regulares al mando del teniente José Navarro Morenés.
Las operaciones de enero finalizaron con la ocupación de Izumar el día 22 -aprovechando un convoy a Annual- y la ocupación y fortificación del Morabo de Sidi Mohamed y Yebel Uddia -otro nido de águila a mil metros de altura- en el camino entre Ben Tieb y Annual los días 22 y 27. A finales de mes el coronel Morales, artífice de la mayoría de las conquistas, fue requerido en Melilla para atender asuntos de la Subinspección de Asuntos Indígenas, recayendo en el comandante Jesús Villar el mando en el sector de policía indígena.
Con la conquista de Annual se cierra el ciclo de la campaña iniciada en mayo del año anterior. Las posteriores operaciones serían básicamente para afianzar los flancos, sin que fuera necesaria la intervención de grandes columnas, con la única salvedad de la ocupación de Sidi Dris y Talillit a raíz de la pérdida de Abarrán. La extensión del territorio ocupado y las nuevas cabilas sometidas supondrían un importante reto para las tropas de la Comandancia. A la distancia -Melilla está a más de cien kilómetros de Annual- había que añadir la no existencia de una buena red de caminos que enlazara la vanguardia con la plaza. Poco después de la toma de Annual, se crearía la nueva circunscripción que sería guarnecida por tropas del regimiento de Ceriñola, que hasta ese momento acampaban en Kandussi. El mando del campamento recayó en primera instancia en un teniente coronel del mismo regimiento y, tras la pérdida de Abarran, en relevos quincenales entre el jefe de Ceriñola y el del regimiento de Alcántara. Con motivo de la marcha a la Península del coronel jefe del regimiento de Ceriñola se incorporaría a la rotación en el mando de Annual el coronel Argüelles, jefe del mixto de artillería. El campamento de regulares mantendría una dotación constante de un tabor hasta los días previos a la retirada, cuando todo el Grupo fue movilizado al frente.
El día 16 de febrero, la columna de policía al mando del comandante Villar ocupó Dahar Buyan -Buymeyan- donde se situó la cabecera de la 15ª Mía de policía, cubriendo el frente entre Annual y Sidi Dris. El campamento se construyó en un principio para poder albegar veinticinco tiendas quedando asignada para su defensa una compañía de Ceriñola y dos Mías de policía, posteriormente se ampliaría su guarnición con una compañía de ametralladoras. El 18, Fernández Silvestre se refería en su informe político a la necesidad de construcción de caminos en la zona, no solo por asegurar el abastecimiento de Annual sino también por ser el trayecto para alcanzar Tensaman y, más allá, Alhucemas. El alto comisario consiguió que, gracias a un Real Decreto dictado a instancias del ministro de la guerra, se aprobara un crédito especial para cubrir estas necesidades, pero la cuantía no alcanzó para finalizar con éxito las obras.
También se refirió a la construcción de la pista el teniente coronel Ros Sánchez, de Ceriñola, en el extenso informe que elevó al general Picasso. Graves, gravísimos inconvenientes ofrecía esta carretera, todos ellos de orden militar. Aparte de un trazado por montañas rodeadas de barrancos y precipicios, se había aprovechado el cauce de un río de aluvión, en una extensión no menos de tres kilómetros, lo que hubiese originado en el periodo de lluvias la paralización completa de todos los servicios, y lo peor es la incomunicación total del campamento y sus posiciones con el resto del territorio. Además de esto, la carretera atravesaba de Norte a Sur en toda su mayor extensión las kabilas de los Beni-Ulixet recientemente sometidas, armadas, y de muy dudosa fidelidad, lo que constituía un serio y constante peligro puesto que la única vía de comunicación por tierra estaba en manos del enemigo, que la podía cortar en cualquier momento, y no estaba defendida ni vigilada por posiciones permanentes de observación”.
 
Campamento de Regulares en Uestia
Los tabores

Al frente de cada uno de los cuatro tabores –tres de infantería y uno de caballería- se hallaba un comandante; el Grupo no disponía, tal como ocurría en otras unidades, de ninguno al frente del armamento; y finalmente un quinto comandante ejercía como mayor. Hasta el mes de mayo de 1921: los tres jefes que mandaron los tabores de infantería fueron Tomás Aparisi Rodríguez, Manuel Llamas Martín y Ramón de Alfaro Páramo; el de caballería, Carlos Mielgo Pascual; y el de mayor del Grupo, Augusto Pavón Tierno. Según refleja la revista de comisario de julio de 1921, los tres tabores de infantería contaban con 1301 clases y soldados, y el de caballería con 440 hombres.
Manuel Llamas Martín (3-1-1881) era, a causa de su ascenso en junio de 1916, el comandante con más antigüedad en el empleo; había participado en la mayoría de campañas en la zona oriental y en gran número de hechos de armas entre 1909 y 1921 donde mandaba el 3er Tabor. En junio de 1914, le fue concedida la Cruz de María Cristina siendo capitán del regimiento de Ceriñola. Para julio de 1921 llevaba 26 meses consecutivos destinado en el Grupo de Regulares que, sumados a otros seis años anteriores, le convertían en uno de los oficiales más veteranos de la unidad. En agosto de 1909 había fallecido su joven esposa dejando dos pequeños huérfanos al cuidado de la abuela paterna en El Ferrol; el mayor -Manuel- moriría en 1924 siendo teniente de regulares. Gracias a su dilatada trayectoria en combate, Manuel Llamas había ejercido  en diversas ocasiones accidentalmente el mando del Grupo de Regulares con acierto. Sin embargo, la última vez que se hizo cargo de tal cometido marcaría de manera negativa su brillante carrera militar. 

Teniente coronel jefe, comandantes y oficiales del Grupo junto a la Duquesa de la Victoria
El 18 de julio de 1921, cuando el teniente coronel Núñez de Prado al frente de su columna intenta socorrer a Igueriben es herido, por lo que entrega el mando y es evacuado a Melilla. El 22, al retirarse las tropas de Annual, Manuel Llamas recibe la orden de replegarse junto a sus tropas a Dar Drius, adonde llega sin novedad. En Drius se le comunica que continúe a Uestia donde deben pernoctar las tropas, ya que el alto mando no tiene confianza en las unidades indígenas. El 23, temprano, los tabores de infantería parten dirección Nador y el de caballería a Zeluán. En Nador, Llamas desarma a los soldados y les autoriza a marchar a sus domicilios hasta el toque de retreta, pero nadie se presenta a la hora y el comandante, autorizado por el jefe de la circunscripción de Nador teniente Pardo Agudín, decide al día siguiente partir junto a la oficialidad a Melilla. Por este hecho el comandante Llamas sería encausado, juzgado y condenado. El proceso judicial que lo llevó a prisión se inició el 16 de enero de 1922 y se ampliaría para dilucidar si existían indicios de delito en la conducta de los oficiales del Grupo. En diciembre del mismo año, se ordena la elevación a juicio de la causa contra el comandante Llamas, y en abril de 1923 se ordena el ingreso en prisión preventiva del acusado. Manuel Llamas sería juzgado en septiembre de 1923, siendo su abogado defensor el coronel Fernando Martínez Piñeiro y actuando como fiscal el general Rafael Villegas. Acusado de un delito de negligencia -artículo 275 del código de justicia militar- con el agravante de la pérdida del armamento, material y ganado -reglamento de 1882- fue condenado a la pena de doce años y expulsión del Ejército. Sin duda, una de las mayores condenas impuestas a los oficiales juzgados por los sucesos de julio de 1921. Tras el juicio, el comandante Llamas ingresó en el fuerte de María Cristina donde no llegó a cumplir su condena ya que falleció el 9 de noviembre del mismo año por enfermedad, según decía la prensa local. Un día después fue enterrado en el cementerio de Melilla convirtiéndose en el primer morador del recién construido Panteón de Regulares. Al acto asistió la gran parte de la oficialidad de la guarnición siendo presidido el sepelio por el comandante general y el jefe de los regulares, teniente coronel Pozas. En la actualidad el panteón dispone de dos niveles con 131 nichos, entre ellos un laureado.
Comandante Manuel Llamas Martín 1881-1923
Idéntica antigüedad en el empleo tenían los comandantes Tomás Aparisi Rodríguez  y Ramón de Alfaro Páramo, ambos ascendidos el 31 de agosto de 1918. Aparisi mandó el 1er Tabor hasta mayo de 1921, cuando fue destinado a la Península tras haber participado en toda la campaña, a la que se sumaba su anterior participación en la del Kert siendo capitán del regimiento de Guadalajara. Antes de partir de Melilla fue objeto de un homenaje al que acudieron muchos oficiales del Grupo.
Ramón de Alfaro mandó el 2º Tabor durante toda la campaña, permaneciendo en la unidad durante la posterior reconquista del territorio. Veterano en Marruecos, donde desarrolló gran parte de su carrera militar, intervino en la gran mayoría de campañas. El 29 de abril de 1922 fue herido de gravedad en la reconquista de Tuguntz; su estado era tan delicado que no pudo ser evacuado a Melilla, debiendo permanecer ingresado en el hospital de sangre de Dar Drius, completamente remodelado tras los sucesos de julio de 1921. Las heridas recibidas lo mantuvieron apartado del servicio activo hasta noviembre de 1923 y le valieron una medalla de sufrimientos pensionada. En diciembre de 1926 fue ascendido a teniente coronel por méritos, ascenso que años después validó el gobierno republicano. Tras la pacificación del territorio en 1927, se le concedió el distintivo de regulares con adición de cuatro barras rojas. En 1931 fue designado ayudante de órdenes del general José Riquelme en Valencia, destino en el que permaneció hasta poco antes del estallido de la Guerra Civil. Tras su ascenso a coronel permaneció disponible en Valencia manteniéndose fiel a la República aunque no consta que se le concediera mando alguno. Después de la guerra fue retirado con el empleo de coronel falleciendo en la misma ciudad en 1946.
La vacante que había dejado Tomás Aparisi al frente del 1er Tabor fue ocupada por Francisco Romero Hernández, recién ascendido en 1921. Perteneciente a la promoción de 1897 y veterano combatiente en Marruecos, donde sirvió ininterrumpidamente durante más de trece años, llegando a intervenir en treinta hechos de armas, la mayoría de ellos al frente de tropas de regulares y de la brigada disciplinaria donde estaba destinado al ascender a comandante. El 17 de julio de 1921 mandaba las tropas del Grupo en Annual -16 jefes y oficiales y 615 clases y soldados- siendo las encargadas de formar la vanguardia en el convoy a Igueriben. Las tropas de regulares desalojaron en primera instancia al enemigo que se había situado entre Buimeyan e Igueriben con el objetivo de cortar las comunicaciones de ambas posiciones con Annual. Posteriormente, asegurando las lomas donde se montaba el servicio de aguada facilitaron al escuadrón del capitán Cebollino la entrada del último convoy en Igueriben antes de su caída el 21 de julio. Finalmente, el repliegue se realizó con orden minimizando así el número de bajas. Por estos hechos al comandante Romero se le ascendió en 1925 a teniente coronel por méritos, atestiguando a su favor tanto el jefe de la circunscripción de Annual, coronel Argüelles, como un gran número de oficiales de distintas unidades. En la última fase del repliegue, ya a la vista del campamento de Annual, fue herido de gravedad siendo atendido en el hospital de campaña y evacuado a Melilla. Al mejorar su estado, fue trasladado al hospital de la Cruz Roja de Málaga en el primer viaje de los muchos que realizó el buque hospital Alicante. Francisco Romero permaneció en el Grupo hasta mayo de 1923 cuando fue nombrado ayudante del general Rafael Villegas. En 1931, acogiéndose a las leyes de Azaña, se retiró del Ejército con el empleo de teniente coronel siendo su último destino el cuerpo de seguridad en Barcelona.
Comandante Francisco Romero Hernández
Tras el Desastre quedaron deshechos los tres tabores; según refleja la revista de comisario del mes de septiembre la infantería quedó reducida a 163 hombres de los cuales 22 habían sido heridos. La compañía de ametralladoras fue la única que permaneció operativa al estar formada exclusivamente por soldados españoles. Con aquellos pocos hombres se reorganizaron dos compañías de infantería y la citada de máquinas, hasta que la unidad volvió a tener operativos todos sus efectivos, atesorando desde entonces un brillantísimo historial en la campaña de reconquista del territorio perdido en 1921.
El tabor de caballería perdió un gran número de sus tropas en Zeluán, tan solo una parte llegó a Melilla al mando del capitán García-Margallo, con la que se organizaría un escuadrón que en septiembre estaba formado por 97 soldados, 14 de ellos heridos. Durante la campaña 1920-1921, tres fueron los comandantes al mando del tabor: Jesús Villar Alvarado, Carlos Mielgo Pascual y Manuel del Alcázar León.
Carlos Mielgo (28-12-1876) se hizo cargo del tabor tras la marcha de Villar a la policía indígena, incorporándose al grupo en agosto de 1920. Desde entonces, participó en todas las operaciones hasta que por enfermedad contraída en campaña (paludismo) falleció en Melilla el 2 de julio de 1921. La muerte de Mielgo fue muy sentida entre sus compañeros que asistieron en pleno al entierro que presidió el coronel Morales y en el que rindieron honores dos compañías de Ceriñola al mando del comandante Julio Benítez. Al tratarse de muerte por enfermedad, sus herederos no tenían derecho a los beneficios que les habría correspondido si hubiera fallecido en función de guerra. Por ello, el teniente coronel Núñez de Prado hizo instruir un expediente para probar que la enfermedad había sido contraída por contagio en campaña. A su favor contaban con el precedente del caso de la muerte del teniente coronel Eduardo Barrera Bau, del regimiento de La Corona, en circunstancias similares. En aquella ocasión, las Cortes aprobaron, a iniciativa del ministro de la guerra, una ley que permitió a la familia de Barrera acogerse a los beneficios de fallecimiento en acción de guerra. Sin embargo, el gobierno denegó a la familia Mielgo tal medida, por lo que la pensión fue de cuantía muy inferior.
Durante los días previos a la retirada de Annual, se hizo cargo accidentalmente del tabor el capitán Ildefonso García-Margallo hasta la designación de un nuevo jefe. El 16 de julio se incorporó al Grupo el comandante Manuel de Alcázar Leal (24-4-1881) quien, casi sin tiempo de establecerse en el campamento de Annual, tomó parte en los combates del día 21 y la retirada del 22. Atesoraba hasta entonces una carrera iniciada tras su ingreso en la academia en 1897. En 1921 fue ascendido a comandante y tan solo un año después a teniente coronel por méritos de los que se hizo acreedor en la campaña de 1921-1922. Después de 38 años de carrera, ascendió a brigadier en enero de 1936, pasando a situación de disponible en Madrid. Tras el golpe de estado permaneció en la capital sin ocupar cargos de relevancia, pasando terminada la guerra a la situación de reserva. Falleció en Madrid en enero de 1975 a la edad de 94 años, siendo el general de caballería en la reserva de mayor edad.
El Grupo de Regulares no disponía, como la mayoría de unidades, de comandante encargado de armamento, a pesar de que se le había ofrecido esta posibilidad al teniente coronel Núñez de Prado. Tampoco los comandantes jefes de tabor tenían los mismos turnos de operaciones que sus compañeros de los regimientos de infantería que se alternaban al frente de la jefatura de las posiciones. A partir de la conquista de Annual en el mes de enero, quedaba un comandante al frente de las tropas, con independencia del tabor, mientras que el jefe del Grupo mandaba columna y disponía de despacho en Melilla. El tabor de infantería que descansaba ocupaba los locales del Grupo en Nador, mientras que el de caballería quedaba en Zeluán.
Comandante Augusto Pavón Tierno
Quedó pendiente construir un nuevo cuartel para tropa en Uestia, cerca de Dar Drius, lugar donde había pernoctado el Grupo la noche del 22 al 23 de julio. El cargo de mayor del Grupo lo ejercía el comandante Augusto Pavón Tierno (7-5-1879), compañero de promoción de Jesús Villar y Carlos Mielgo. Pavón accedió al cargo en febrero de 1920 tras haber alcanzado el empleo en octubre de 1919. Permaneció en Melilla hasta 1929 cuando fue nombrado ayudante del general Manuel González Carrasco, que también había desempeñado la jefatura de Regulares. En 1931 asciende Pavón a teniente coronel y en abril de 1936 a coronel, quedando en situación de disponible en Valencia, donde ocupó la jefatura de la Comandancia de Milicias Regulares durante la Guerra Civil, y al finalizar la contienda fue retirado con el empleo de coronel hasta su fallecimiento en la ciudad levantina.
A lo largo de las diferentes campañas de Marruecos, el Grupo de Regulares de Melilla perdió tres comandantes en acción de guerra: el primero en 1916, Enrique Muñoz Güi en el durísimo combate del Biutz; Tomás González Cebrián muerto en Tizzi Aza el 17 de noviembre de 1922; y Félix Repollés Pallarés, que mandaba el tabor de caballería, fallecido el 28 de mayo de 1923 en Buhafora, cabila de Tafersit.


Atención veterinaria y médica

Para hacerse cargo de la atención médica, la unidad disponía de los médicos capitán Carlos de la Calleja Hacar y tenientes Carlos Puig Quero y Gome Cortés Aguilar. Mientras que los regimientos de infantería tenían asignado un médico por batallón -aproximadamente 1 profesional por cada mil hombres- el ratio en el Grupo de Regulares era de 1 médico por poco más de 600 hombres, cantidad que el 22 de julio era mayor ya que el capitán De la Calleja disfrutaba de permiso oficial y la unidad solo contaba con los tenientes. El 17 de julio, en el campamento de Annual estaba tan solo el teniente Carlos Puig Quero (11-1-1895) para cubrir las necesidades médicas del Grupo, que tenía destacados dos tabores y un escuadrón (16 jefes y oficiales y 635 de tropa). El 18 de julio, al emitir la Comandancia General una orden general a toda la oficialidad de incorporarse al frente, se unió a las tropas el teniente médico Gome Cortés Aguilar.

Puesto de socorro en primera línea
La experiencia vivida en los días previos a la retirada de Annual dejó tremendamente impresionado al teniente médico Carlos Puig. El oficial, de la promoción de septiembre de 1920 de la que tres morirían en Annual, había recibido el despacho de oficial médico en enero de 1921. Se había incorporado al Grupo de Regulares el 1 de marzo, dando inicio al primer turno forzoso de operaciones que debían cumplir los oficiales médicos recién licenciados. Tras el Desastre, el teniente Puig fue evacuado a la Península, al Hospital Militar de Madrid. En el mes de diciembre concedió una entrevista al redactor del diario El Sol, de la que entresaco las siguientes palabras referidas al Grupo de Regulares:
“Llevábamos una semana de luchas estériles; salíamos de Annual para socorrer Igueriben que sucumbía. Avanzábamos y no podíamos llegar; era imposible. La harka de Abd el Krim tenía perfectamente dominados todos los parajes dominantes. El día 20 curé a Núñez de Prado que había recibido un balazo peligroso. Recuerdo que mientras restañaba, desinfectaba y vendaba, todo lo veía rojo: la tierra, el cielo, las personas y el sol que abrasaba; era nuestra pesadilla. Ni un árbol, ni un sembrado, riscos y peñas barranqueras secas y cadáveres; era una pesadilla”.
El 22 partió de Annual con el resto de su unidad, aunque finalmente quedó aislado junto a un pequeño grupo en el que se hallaba su asistente, el soldado Manuel Araujo, natural de Villa del Río -Córdoba- quien murió antes de coronar el Izumar. El médico aportó un testimonio disparejo al de la mayoría acerca de la suerte que corrió el general Fernández Silvestre. Según declaró, gracias a los prismáticos vio al general, junto a varios oficiales, de pie, pistola en mano. Poco después, la harka invadió el campamento  y el general anduvo algunos pasos, como ofreciéndose al cruel enemigo; recibió un primer disparo en el pecho y luego otro que le hizo caer de bruces. En aquel momento, tan solo alguna compañía defendía lo que quedaba de la base avanzada; una compañía de Ceriñola a las órdenes de los tenientes Valls de la Torre y Vizcaino, los últimos de Annual. Coronado el Izumar, el teniente Puig fue golpeado en la cabeza por un rifeño. Sin duda debió ser tras pasar el puente de madera que había en la pista Ben Tieb-Annual donde fue herido el coronel Morales, ya que antes de caer desfallecido reconoció al coronel, doblado en el camino, cubierto de sangre y polvo. Más tarde despertó casi desnudo y vestido con harapos en el hospital Docker; habían pasado siete días sin que tuviera constancia de nada de lo ocurrido. Tampoco en el hospital habían advertido que se trataba de un oficial médico. En enero de 1922 regresó a Melilla y se incorporó a los grupos de hospitales donde continuó su carrera militar. En 1936, siendo capitán, estuvo destinado en el 1er Grupo de la 1ª Comandancia de Sanidad en Madrid sirviendo toda la guerra en zona republicana y sería, después de la contienda, apartado del Ejército con el empleo de comandante.
Teniente Gome Cortés Aguilar
El teniente Cortés Aguilar (25-9-1889) ingresó en el Ejército como médico provisional en el regimiento de Navarra en 1915. Tres años después aprobó la oposición y accedió a la Academia de Sanidad, perteneciendo a la promoción de 1918. El primer turno forzoso de operaciones lo llevó a Ceuta, y en febrero de 1920 se incorporó al Grupo de Regulares cubriendo la vacante dejada por el teniente Salustiano Más Cleries. El teniente participó en toda la campaña, motivo por el cual fue condecorado en junio de 1921 junto al capitán Carlos de la Calleja. Pero el Desastre también pasó factura a su familia: su hermano Francisco, alférez del regimiento de África que defendía junto a su compañía la posición de Arreyen Lao que sucumbió el 24 de julio, fue dado por desaparecido. Los hermanos Cortés eran hijos del decano de la Facultad de Medicina de Badajoz, Francisco Cortés Villa. Durante la Guerra Civil, el capitán Cortés sirvió en el bando nacionalista, era capitán del regimiento de Zamora con cuartel en La Coruña. La unidad se sublevó al completo bajo las órdenes del coronel Pablo Martín Alonso, lo que fue de vital importancia para el éxito de la sublevación en la división orgánica. El doctor Cortés falleció en 1954 con el empleo de teniente coronel médico.
Los servicios veterinarios del Grupo se hallaban bajo la supervisión del veterinario 1º Clemente Martínez Herrera, director de la enfermería de ganado sita en Nador, destacado profesional y asiduo colaborador de la Revista de Veterinaria Militar y de la de Higiene y Sanidad Pecuarias. La enfermería de ganado se organizó en noviembre de 1920, al mismo tiempo que se estrenaban los locales para la tropa en Nador. La dotación de la misma estaba compuesta por un sargento, un herrador de primera y un número variable de soldados en función de la cantidad de mulos. De los caballos de la oficialidad se encargaban los propios asistentes. Después de tres meses funcionando, se había conseguido mejorar notablemente el estado de los mulos hasta el punto que Núñez de Prado consintió en poner en marcha otra en Zeluán, donde descansaba el tabor de caballería. Tras la rota de Annual, tanto el material como los locales quedaron en poder de los rifeños, debiendo trasladarse al campamento de Camellos y posteriormente a la segunda caseta. Almacenaba Clemente Martínez en Nador una extensa biblioteca que fue pasto de las llamas. Sus compañeros de la revista La semana Veterinaria organizaron una colecta dirigida por Nicéforo Velasco (1895-1936) con el fin de rellenar de nuevo las estanterías de la enfermería. Reconquistada Nador, el veterinario Martínez volvió a su cometido en el que permanecería durante años llegando la enfermería a alcanzar un alto nivel profesional gracias también al empuje tanto de Núñez de Prado como de su sucesor al frente del Grupo, Sebastián Pozas. En 1926, Clemente Martínez publicó una amplia memoria sobre el servicio veterinario regimental en el grupo de Fuerzas Regulares. En 1936, siendo veterinario mayor, permaneció en su destino fiel a la República y después de la guerra fue separado del servicio activo.

Veterinario 1º Clemente Martínez Herrera y Gráfico de régimen interior del servicio de veterinaria
Además de Martínez, servía en el Grupo el veterinario 2ª Enrique Ortiz de Landazuri Rodríguez. Nacido en Madrid el 9 de marzo de 1897, cursa la carrera de veterinaria en la facultad madrileña, donde su padre es profesor titular. En octubre de 1917 finaliza sus estudios en la Academia Médico-Sanitaria con el empleo de veterinario 3ª (alférez). Tras una breve estancia en Vitoria, recala en el Grupo de Regulares en agosto de 1919 ascendiendo poco después a veterinario 2º. Participa por tanto en toda la campaña y en los principales hechos de armas en los que interviene el Grupo: combate de la Loma de los Árboles y convoyes a Igueriben. El 23 de julio, junto al tabor de caballería, llega a Zeluán siendo uno de los oficiales designados para participar en la defensa del poblado. Aunque no está claro si falleció durante la defensa o tras la rendición -nunca pudieron recuperarse sus restos- Ortiz de Landazuri fue uno de los cinco veterinarios muertos durante el Desastre.

Un desembarco

Una vez ocupado Annual y establecidas las posiciones adyacentes, el alto mando diseñó una operación combinada con la armada para conquistar Sidi Dris, en la divisoria de Tensaman y Beni Said. Junto con Afrau serían las dos posiciones sobre las que se basaría el plan de avance hacia Alhucemas siguiendo la costa marroquí. Sidi Dris, en la desembocadura del río Amekran, se halla a 46 millas de Melilla. Su conquista posibilitaría que todo el litoral comprendido entre Cabo Quilates y la desembocadura del Kert quedara ocupado. El viernes 11 de marzo parten de Melilla el comandante  general, el segundo jefe y su estado mayor y pasan la noche en Annual. En los días previos el territorio ha sufrido un temporal de lluvia que ha convertido los caminos en un barrizal. En Annual, a pesar de que el campamento no está aún preparado para acoger tantos hombres, están ya reunidas las tres columnas que participarán en la operación. Los regulares y la policía vivaquean en un lugar próximo al emplazamiento original que ocupa la columna de Ceriñola. De madrugada vuelve a llover con fuerza, lo que va a dificultar el traslado de la artillería.
A las siete del día 12 parten las tres columnas: por la izquierda marchan en paralelo al Amekran las tropas de policía, una batería de montaña y servicios al mando del coronel Morales, firme defensor de la conquista de Sidi Dris; la columna del centro mandada por Núñez de Prado (los regulares) -4 compañías de fusiles, 2 escuadrones y la compañía de ametralladoras del Grupo, más una batería de montaña y sección de ambulancia- avanzan por el camino natural que lleva a Sidi Dris; y por la derecha la columna de Ceriñola que, al hallarse enfermo el coronel Riquelme, dirige el teniente coronel Pedro Marina, compuesta por 2 compañías y 1 escuadrón del Grupo de Regulares. Finalmente, desde Sidi Hossain (Afrau) parte la mía del capitán González Longoria con la que acudirán notables de Beni Said. La jefatura de estado mayor corrió a cargo del comandante Francisco Cabrerizo.

Playa de Sidi Dris y lugar donde se hallaba la posición
La máxima dificultad que encontraron las tropas fue superar los accidentes naturales del terreno y los derivados de los aguaceros caídos en los últimos días. Antes del mediodía, las tropas de Morales alcanzaron sus objetivos y, como la columna de Marina no pudo alcanzarlos a la hora prevista, fueron los policías los primeros en cruzar el Amekran y alcanzar  la playa de Sidi Dris, siendo protegido su avance por las tropas de regulares. La nueva posición se asentó sobre la loma de Tah Saf ocupando una meseta de 50 metros de cota dominante sobre la playa, lo que en caso de necesidad, si quedaba cortado el único acceso a la loma, haría la bajada extremadamente difícil.
De la fortificación se encargó la compañía de zapadores del capitán Maroto que además tenía la misión de construir un embarcadero provisional en el que se pudieran descargar víveres y pertrechos. Las tropas de ingenieros permanecerían varios días acampadas en la playa para poder acometer las obras. Fernández Silvestre y su estado mayor almorzaron en la posición a la que llegaron a lomo de sus caballos. No se registró ni un solo disparo y además de los jefes de Beni Said presentaron sus respetos los de Beni Ulisech y Tensaman. Como era práctica habitual en las conquistas, tras la fortificación y abastecimiento las columnas emprendieron el regreso, quedando de guarnición una compañía de Ceriñola, la batería y una sección de policía indígena. La primera parte de la operación había resultado un éxito.
La segunda parte (el desembarco) se lleva a cabo el martes 15 de marzo, cuando zarpa de Melilla una flotilla compuesta por el cañonero Laya y los remolcadores Reina Victoria (de la Junta de Fomento) y Europa (Compañía de Mar). Se asigna el mando al capitán de estado mayor José García Garnero que viajará a bordo del Laya. También se autoriza que viajen en el Victoria el operador de cine Antonio Delgado -de la casa Gaumont- y el empresario de Melilla Antonio Aguado, propietario del Teatro Alfonso XIII; van a grabar una película que se estrenará en el teatro melillense. La flota tiene encomendado el objetivo de llevar a Sidi Dris víveres y material, entre el que está una de las tres nuevas estaciones radiotelegráficas que ha recibido la Comandancia. De su uso se encarga el teniente Manuel Arias Paz quien, además de instalar la de Sidi Dris, supervisará las otras dos emplazadas en Afrau y en el campamento de Annual, junto a la tienda que ocuparía el general Fernández Silvestre, por lo que Arias sería uno de los últimos en ver con vida al general el 22 de julio.
La travesía no fue fácil, la marejada de poniente impidió al Europa sortear el cabo de Tres Forcas y se vio obligado a regresar a Melilla, pero las dos naves restantes sí pudieron llegar a la playa de Sidi Dris y descargar en botes -aún no habían finalizado las obras del embarcadero- el material. La película de Antonio Delgado fue estrenada en Melilla el 21 de abril en el Alfonso XIII, y dejó constancia de las siguientes escenas: Las tropas españolas conquistan Sidi Dris/Vista de la playa de Sidi Dris/El célebre Cabo Quilates/El campamento y la 13 Mía de policía salen de reconocimiento. Son estas imágenes uno de los pocos testimonios en celuloide de las tropas de Fernández Silvestre. Que yo conozca no existe más que otra filmación donde se puede ver al general paseando junto a otros oficiales por el Parque Hernández, escena que podemos ver en la película de Manuel Horrillo, Rif 1921, una historia olvidada.
La ocupación de Sidi Dris, de vital importancia para muchos, acerca las tropas españolas a la belicosa cabila de Tensaman. Esta, abarca el saliente que forma el macizo de Cabo Quilates, limitando a su derecha por el Uad-Sidi-Salha con Beni Ulisech; al oeste por el Nekor con Beni Urriagel y al sur con Beni Tuzin. Terreno agreste y accidentado, en el que grandes montes cubiertos de jara conforman una orografía colmada de barrancos secos en verano convertidos en verdaderos torrentes en épocas de lluvia. Un lugar muy complicado para que puedan operar las columnas, pero la ruta desde aquí hasta Alhucemas hace inevitable la sumisión y posesión de Tensaman.
La conquista de Sidi Dris cierra el ciclo de operaciones cuyas líneas maestras habían acordado Fernández Silvestre y Berenguer, aunque no la campaña, cuyo objetivo seguía siendo la bahía de Alhucemas. Sin embargo, la opinión mayoritaria era partidaria de ralentizar las actuaciones para poder asentar y consolidar el territorio, y la de los altos mandos abundaba en este sentido, como refleja el informe político del 16 de febrero que el coronel Gabriel de Morales había remitido al comandante general, en el que expresaba la necesidad de detener la campaña en el punto en el que se encontraba en enero de 1921 y afianzar la zona ocupada, aconsejando acometer la ocupación de Sidi Dris, que el coronel consideraba de vital importancia, en la ulterior conquista del valle del Nekor.
“Una vez establecidos en aquel punto de la costa, habrá que creer que se ha llegado al límite de elasticidad de las fuerzas de que V.E. dispone, pues allí se ha de reunir un núcleo considerable, tanto indígena como europeo, y esta consideración y la necesidad de efectuar rápidos e importantes trabajos para establecer en Sidi Dris la base para nuestro futuro avance en Tensaman y llegar al Nekor, obligarán forzosamente a suspender los movimientos hasta que, terminada la instrucción de reclutas a fin de abril, cuente V.E. de nuevo con los medios indispensables para continuar”.
Sin embargo el tiempo demostraría que esta predisposición a que Sidi Dris fuera el punto de partida de futuros avances se desechó debido a los problemas que presentaba el abastecimiento por vía marítima, además de las dificultades para poder socorrer a la posición en caso de ataque. Este contratiempo o permuta en la estrategia de avance supuso que el campamento de Annual adquiriera una enorme importancia y se ampliara su capacidad para poder albergar depósitos, columnas y un hospital de campaña tipo Docker que nunca se llegó a emplazar.
A tener en cuenta también la opinión del teniente coronel Fidel Dávila, jefe de la sección de campaña, que pensaba, en la línea de Morales, que a pesar de la tranquilidad reinante en la zona ocupada no era recomendable continuar la acción militar: “Esta favorable situación política se reflejaba en la situación militar la cual desenvolvía todos sus servicios en completa tranquilidad, lo que no obstó para exponerle al alto mando el criterio de no ser suficientes las fuerzas y elementos de que disponía en el territorio para proseguir la acción militar y que era preciso dedicar la atención a consolidar y garantizar el dominio de la extensa zona ocupada. Se apreciaba palpablemente  una actitud de franca sumisión en los indígenas de la zona ocupada, pues a raíz de haberse llevado a efecto la ocupación de Beni Said se circulaba por todo el territorio con tranquilidad absoluta, sin que se produjera caso alguno de agresión”
Fidel Dávila Arrondo 1878-1962
En los meses previos al mes de junio, tal como dice Fidel Dávila, no hubo por parte rifeña agresión alguna de la que quedara constancia, así se asegura en la crónica que escribió el capitán de ingenieros Antonio Sarmiento León-Troyano donde queda clara la calma que se disfrutaba en la línea avanzada: “Acampábamos en Izummar con las compañías de Ponce y Nueve Iglesias. Ninguna fortificación nos protegía; vivaqueábamos. Era tal la tranquilidad y la confianza reinantes que junto a las tiendas de nuestros soldados montaban sus “jaimas” y cafetines los trabajadores indígenas, cuyas kábilas quedaban más alejadas; variaba el número de ellos cada día, pero nunca fue inferior a un centenar. Ricas tierras son las de Tensaman y Beni-Ulixek; la fértil y profunda capa vegetal hace frecuentes y fecundos sus huertos; frondosos sus árboles, entre los que abundan los añosos olivos y los degenerados acebuches, que, curvando sus retorcidas ramas hacia el suelo, brindan sombra al caminante. En los valles y laderas comenzaban a dorarse las apretadas espigas prometiendo espléndida cosecha.”
Similar opinión se vierte en el informe del regimiento de Ceriñola acerca de la tranquilidad que vivió la zona hasta la caída de Abarrán el primero de junio. Durante los meses de enero, febrero, marzo, abril y mayo, el enemigo jamás dio señales de vida, ni las kabilas sometidas acto alguno que hiciera dudar de su fidelidad. No había prohibición alguna respecto a la entrada de moros en el campamento. Unos traían leña para Intendencia, otros a vender y a ofrecer carne para la tropa, otros a conferenciar con el Capitán de Ingenieros cuyas oficinas de admisión para los trabajos de la carretera las tenía en su tienda, y aun hasta Intendencia tenía dos moros empleados en la fabricación del pan. Todo era paz, tranquilidad y bien andanza”.
Entre los altos mandos no existieron, que conozcamos, más discrepancias sobre la campaña que las que el teniente coronel Fernández Tamarit expresó a Fernández Silvestre el 16 de mayo de 1921, cuando crudamente exponía a su compañero de academia con total sinceridad:
Mi opinión, contraria a que lo de Beni-Said y Beni-Ulisex ha sido un éxito, no es capricho, ni una genialidad; es un convencimiento. Has edificado sobre arena; no están sometidos. Te has instalado prematuramente en Sidi-Dris, Afrau y Anual. Las comunicaciones son dificilísimas; las posiciones deplorables y no responden más que a eso que se llama la política y que es simplemente la negación de ella. Son los jefes moros los que indican los emplazamientos; todos sin aguada ni recursos y fáciles de aislar. Mehayast, Yehel-Uddia, Izumar, todos son nidos de águilas, donde viven las guarniciones prisioneras. Anual, término de la línea, está batido y dominado por todos los frentes; no tiene más comunicación que la del tobogán de Ben-Tieb, fácilmente estrangulable y con los planos al descubierto. Aunque se haga una pista, no se mejorará la situación.”
A partir de este momento la mayoría de las operaciones que diseñó la sección de campaña fueron llevadas a cabo por la policía indígena tras su labor política, sin que intervinieran en ellas las grandes columnas de tropas que hasta el momento habían protagonizado la campaña. Era de vital importancia avanzar en el acondicionamiento de los caminos, todavía en fase precaria debido a que la mayoría del territorio conquistado presentaba grandes carencias en este sentido. A finales del mes de marzo llegó a Melilla el general Berenguer en visita de inspección. Hacía poco más de veinte días que había recibido de Silvestre el plan político-militar a realizar sobre Alhucemas, donde se desgranaban las líneas maestras del futuro avance sobre la codiciada bahía. Berenguer permaneció en Melilla varios días. El 4 de abril, en visita de inspección a Tafersit, Midar y Dar Drius, se inauguraron la carretera que unía la posición con Batel y el puente metálico sobre el Kert. La comandancia de ingenieros, desde la conquista de Dar Drius en mayo de 1920, había empleado casi un año en finalizar las obras de acondicionamiento de la carretera, a pesar de que el trazado corría en llano. Desde Drius, recorriendo la mayor parte del trayecto a caballo, visitó Berenguer la base avanzada en Annual, donde pasó revista a las tropas, entre ellas el tabor de regulares allí destacado. Muchas serían las dificultades que encontrarían los zapadores para construir caminos decorosos en el accidentado terreno de Beni Ulisech y Tensaman. Ya entonces los regimientos de infantería destinaban efectivos para reforzar a los zapadores, entre 40 y 50 hombres de cada uno de los cuatro regimientos. Fue elemento común en muchas de las misivas que Silvestre dirigía a Berenguer y al ministro de la guerra su insistencia en la necesidad de adecentar la línea de comunicaciones entre posiciones, y entre estas y Melilla que cada día dejaban más y más lejos del frente.
Así lo vemos en este extracto del plan político-militar del 10 de marzo de 1921:“Preséntase, por último, la cordillera de Temsaman, en la cual, si bien existe paso para desembocar desde esta cábila en Beni Urriaguel, no son pasos francos, sino que se desarrollan por terreno sumamente abrupto y angosto, por lo que ha de originar su paso grandes fatigas y penalidades ínterin no se acondicionen los caminos. Esta atención tan primordial y esencial implica la ineludible necesidad de consignar créditos para satisfacerla, ya que la importancia y cuantía de las obras que supone no permite perder momento alguno en su ejecución, ni distraer en ella el esfuerzo de las tropas. Proceder de otro modo traería consigo perder el enlace con las fuerzas que se internasen en aquel territorio, las cuales no tendrían atendido, ni aun medianamente, su abastecimiento”
El 6 de abril, el general Berenguer visitó Zeluán y Nador y pasó revista a las tropas del Grupo; 2 tabores y 2 escuadrones desfilaron ante las autoridades bajo el mando del teniente coronel jefe. Después, la oficialidad ofreció al alto comisario un banquete en los locales del Fomento Agrícola de Nador; al brindar, Núñez de Prado recordó a los asistentes que el general era el creador de las Fuerzas Regulares Indígenas. La tarde concluyó en Melilla con otro desfile: el de los reclutas de los regimientos de infantería, que todavía no habían jurado bandera. Menos de cuatro meses después, muchos de aquellos jóvenes reclutas engrosarían las filas del ejército de desaparecidos.

Desfile de fuerzas del Grupo
Fusiles y sables

En la revista de comisario de julio de 1921 se hallaban filiados en el Grupo 17 capitanes: 15 al mando de las compañías, 1 como ayudante mayor y otro que ejercía las funciones de cajero. Francisco del Rosal Rico, perteneciente a la promoción de 1898 y capitán desde enero de 1911, era el más antiguo en el empleo, mientras que el de menor antigüedad era Ramón Moreno de Guerra, recién ascendido en 1921. El de mayor edad -44 años- era Antonio Gómez Iglesias, y el más joven, Carlos Asensio Cabanillas de 24. Entre ambos capitanes existía una diferencia de veinte años en la edad, y diez en el empleo, prueba de que el grado de capitán era la categoría en la que los oficiales permanecían más tiempo, salvo que se produjeran ascensos por méritos de guerra, circunstancia que no se daba en 1921.
Capitán Antonio Gómez Iglesias
Gómez Iglesias había ascendido a capitán en 1911 y hasta 1924 no se le concedió el empleo de comandante, después de 13 años de capitán y nada menos que 22 de servicio en África. Gómez fue herido por primera vez en mayo de 1922, dos meses después recibió otra herida y en noviembre del mismo año en los combates de Tizzi Asa recibió tres balazos, uno de los cuales le perforó el abdomen e hizo temer por su vida. Tras su ascenso regresó a la Península y en 1931 se retiró del Ejército acogiéndose a las leyes de Azaña, fijando su residencia en La Coruña. En 1936 se sumó al alzamiento ingresando de nuevo en la escala activa hasta su ascenso a coronel, circunstancia que también vivieron en julio de 1936 el resto de los capitanes que sobrevivieron -Gómez Abad, Redondo, Jiménez López, Suances, Gómez Abad Sánchez Noé, Lacasa, Asensio Cabanillas y Cebollino- todos ellos sumados a los sublevados a excepción de Francisco del Rosal Rico, que se mantuvo fiel a la República y García Margallo y Martí Berastegui que habían sido retirados antes del inicio de la Guerra Civil.
Carlos Asensio Cabanillas, de la promoción de 1911, había nacido en 1896 y se graduó en julio de 1914 como 2º teniente, pocos días después de la muerte en tierras africanas de su hermano Manuel, a quien le concedieron la Cruz Laureada. Tan solo 10 años después, sin haber cumplido los treinta, ya era comandante por méritos de guerra. Fue herido en diversas ocasiones al frente de tropas de regulares y permaneció destinado en Marruecos durante muchos años de su carrera. En 1936, siendo teniente coronel mandaba el Grupo de Regulares de Tetúan, en el que del total de 101 oficiales filiados se sumaron 96 a la sublevación. La aportación de los diferentes grupos al ejército de Franco fue unánime y decisiva; ni más ni menos 522 oficiales ( de los diferentes Grupos existentes en julio de 1936) de todos los empleos engrosaron las columnas del ejército sublevado interviniendo en todas las campañas hasta el final de la guerra. Carlos Asensio desarrolló una brillante carrera que le llevó al generalato con poco más de cuarenta años: recibió, entre otras, la medalla militar individual y después de la guerra desempeñó importantes cargos como el de Alto Comisario o Ministro de la Guerra. Falleció en Madrid en 1986.
Durante la primera parte de la campaña, hasta finales de 1920, figuraba como ayudante del Grupo el capitán José Sánchez Noé (13-11-1887), veterano oficial en el manejo de tropas de Regulares, unidad en la que permaneció hasta su ascenso por méritos a comandante en 1924, participando en un altísimo número de hechos de armas. Tras su etapa como ayudante se le confirió el mando de una compañía -2ª Cía. /II Tabor- al frente de la cual viviría el Desastre y poco después la muerte de su hermano Ángel, capitán de policía indígena. Destacado en la campaña de reconquista se le ascendió a comandante por méritos con antigüedad de 31 de julio de 1922, siendo posteriormente jefe de tabor. La sublevación de 1936, siendo teniente coronel, le sorprendió de vacaciones junto a su familia, en Cádiz. Al enterarse de que el general Varela se haría cargo de las tropas se ofreció al bilaureado y este le nombró presidente de la diputación. Inexplicablemente el 11 de agosto, días después de su nombramiento, fue cesado en el cargo y confinado en un campo de prisioneros, donde permanecería recluido hasta el mes de abril de 1939, pasando después a la situación de retirado hasta su fallecimiento en julio de 1963.
Capitán Martín Lacasa Burgos 1881-1936
Le sucedió en el cargo de ayudante el capitán de caballería Martín Lacasa Burgos (28-11-1881), veterano en el Grupo y en Marruecos, donde permaneció por espacio de más de once años. Tras el Desastre fue juzgado por no hallarse el 22 de julio junto a su unidad. De su defensa se encargó el capitán de caballería Juan Villasán García que consiguió que el acusado fuese absuelto. Martín Lacasa tuvo una brillante actuación durante la campaña de reconquista siendo citado en numerosas ocasiones como distinguido, circunstancia que le valió en 1924 el ascenso a comandante por la labor de conjunto cumplida en el periodo de marzo a mayo de 1922. En 1936, siendo teniente coronel del Regimiento de Caballería Lusitania 8 con cuartel en Valencia, se sublevó y permaneció acuartelado haciendo caso omiso de las órdenes de sus superiores. Los cuarteles de la Alameda fueron asaltados la noche del 1 de agosto resultando muchos oficiales muertos o apresados. El teniente coronel Lacasa fue detenido por milicianos incontrolados que lo pasearon por las calles valencianas como escarnio, lo maltrataron y finalmente lo fusilaron en la plaza de toros. Idéntica suerte, pero en diferente bando, corrió quien fuera su defensor tras los sucesos de julio de 1921, Juan Villasán fue detenido y ejecutado en Melilla por las tropas sublevadas.
Carlos Zappino, Ramón Moreno de Guerra y Eduardo Guzmán fueron los tres capitanes del Grupo fallecidos durante los días previos a la retirada de Annual. El primero falleció el martes 19 de julio mientras al frente de su compañía se esforzaba en socorrer a los sitiados defensores de Igueriben. El mismo día fue evacuado a la plaza, y enterrado la mañana del 20 de julio en el cementerio, junto al teniente Francisco Nuevo. Carlos Zappino falleció tras entregar, por órdenes de Núñez de Prado, un despacho al coronel Argüelles, jefe del campamento en Annual. Aunque nadie fue consciente, su cuerpo fue saqueado y sustraídos los objetos personales que llevaba encima. Tres años después, en diciembre de 1924, Ricardo Zuricalday  -capitán de Garellano- adquirió un anillo con la esperanza de que fuera de alguna víctima de los sucesos de 1921. Se publicó en ABC un dibujo del anillo que representaba un escudo familiar y días después Rosa Zappino, madre del capitán fallecido, pudo recuperar la alhaja que había pertenecido a su querido hijo Carlos, muerto a los 28 años.
Capitán Carlos Zappino Zappino 1893-1921
Eduardo Guzmán Ruiz, jefe del 1er Escuadrón, fue durante años profesor de la Academia de Caballería. Tras su ascenso a capitán fue nombrado en noviembre de 1917 ayudante del entonces ministro de la guerra, general José Marina. Después de casi veinte años de servicio se incorporó al Grupo a principios de 1921 ocupando la vacante dejada por Francisco Javier Ramos Winthuysen. Desde junio de 1921 su escuadrón al completo se hallaba en Annual, por lo que participó en todos los intentos que se llevaron a cabo para socorrer Igueriben. El día 21 de julio falleció, siendo evacuado aquella misma tarde a Melilla, y enterrado la mañana del 22 junto a su compañero de empleo Ramón Moreno de Guerra Alonso, muerto en combate la misma jornada. Ambos casos representan dos de las tragedias familiares que se vivieron durante los días del Desastre: Ramón Moreno, recién casado con una hija del coronel Triviño -jefe de Sanidad- dejó a la joven viuda y fue enterrado junto a su hermano Rafael, laureado de la campaña de 1909; por su parte la familia de Eduardo Guzmán, soltero, no solo enterró a este sino también a Julio González Guzmán, teniente de caballería que servía en el mismo escuadrón que su tío Eduardo, muerto en Zeluán el 3 de agosto. Como único consuelo la familia recibió la notificación de que sus restos fueron hallados tras la reconquista de Zeluán y hoy en día descansan en el Panteón de Héroes.
Perteneciente a una importante estirpe familiar de militares era el capitán Ildefonso García-Margallo Cuadrado, jefe del 2º Escuadrón y uno de los tres hijos –todos destinados en la Comandancia de Melilla- del fallecido general Juan García-Margallo. Otro de ellos, Adolfo,  mandaba una de las compañías de infantería del regimiento de San Fernando cuando fue muerto en combate.
Al capitán Joaquín Cebollino Von Lindeman, jefe del Tercer Escuadrón, le concederían en 1927 la Cruz Laureada de San Fernando por los méritos contraídos el 17 de julio de 1921 al conseguir entrar el convoy de víveres y municiones en Igueriben. En la sorpresa radicó el éxito. Cebollino llevaba en el Grupo desde 1916 y en él estaría hasta su ascenso a comandante en 1925. Después del Desastre, al producirse el relevo en la jefatura del Grupo, fue nombrado ayudante mayor del teniente coronel Sebastián Pozas. Participó en 40 hechos de armas siendo citado en numerosas ocasiones; los méritos demostrados en el periodo comprendido entre el 1º de febrero y el 31 de julio de 1923 le valieron el ascenso a comandante en 1925, con antigüedad 31-7-1923.
Joaquín Cebollino Von Lindeman 1889-1938
Posteriormente sirvió en la Mehal.la Jalifiana de Tafersit hasta su ascenso a teniente coronel en 1936. Cuando se produjo el alzamiento se hallaba destinado en Burgos donde se adhirió a la sublevación siendo nombrado jefe del Regimiento de Cazadores España 5. En la Batalla del Jarama -febrero de 1937- mandaba la brigada de caballería (formada por tres regimientos, entre ellos fuerzas de caballería de regulares de Alhucemas y Melilla) que cruzó el puente de Pindoque, acción que les valió la medalla militar individual con carácter colectivo. Ascendido a coronel, se le confirió el 2º mando de la División de Caballería, al frente de la cual se hallaba el general Monesterio. La división participó en la Batalla de Alfambra (febrero de 1938) en la que el coronel Cebollino fue herido de gravedad en la pierna izquierda. En principio fue evacuado a Caspe, pero la gravedad de su estado hizo necesario su traslado al Hospital Militar de Burgos (donde además residía su familia) y la amputación de la pierna; dos semanas después -el 18 de abril- fallecería a consecuencia de las heridas siendo enterrado en la capital castellana. Con la muerte de Cebollino, sumada a la anterior del comandante Manuel Fernández Silvestre Duarte -mayo de 1937- ya no quedaba con vida nadie –excepto el sargento Paulo Galo- de aquel 3er Escuadrón que consiguió romper el cerco de Igueriben. El resto de oficiales y suboficiales fallecieron durante el Desastre o en la Guerra Civil. 
En la actualidad dos calles llevan el nombre de Joaquín Cebollino: una en Alcañiz y otra en Melilla, pero no por perpetuar el recuerdo de los días de Annual, sino por su actuación durante la Guerra Civil. También en Madrid hallamos otra calle dedicada a otro de aquellos capitanes: calle del general Asensio Cabanillas. Y en Antequera -Málaga- todavía conserva su nombre la calle dedicada a los Regulares de Melilla. 

La jura de bandera

En el mes de mayo finalizaron el periodo de instrucción los reclutas incorporados a finales de febrero, y el 17 de mayo  prometerían fidelidad a la bandera y a España hasta entregar, si fuera necesario, su propia vida. El comandante general había partido a finales de abril con destino Madrid y Valladolid quedando el mando en manos del 2º jefe, Felipe Navarro. El día 3 falleció en un hotel de Melilla el capitán de regulares Juan Rivadulla Valera (16-11-1881), jefe del 2º Escuadrón durante toda la campaña, por lo que el mando se le encomendó a Ildefonso García-Margallo. El día 5 falleció de tifus el joven teniente de policía Mariano Duarte Oteyza, cuñado del general Fernández Silvestre. El general se hallaba todavía en la Península cuando recibió la triste noticia de la muerte del hermano pequeño de su mujer, a quien quería como a un hijo pues había gran diferencia de edad con respecto a su esposa, fallecida en 1907. Silvestre regresó a Melilla poco antes de la jura de bandera de los nuevos reclutas.
Capitán Juan Rivadulla Valera 1881-1921
La jura de bandera constituía un fenómeno de importancia para la ciudad que vivía el acontecimiento con verdadera devoción. Para los nuevos soldados se iniciaba una dura permanencia en Melilla que se prolongaría durante tres años. La mayoría de mozos se había incorporado a finales de febrero o principios de marzo procedentes de sus cajas de reclutas y por tanto habían recibido instrucción durante poco más de 70 días en sus respectivos cuarteles. Con motivo del mismo acto, en 1920 el comandante general había dictado una orden general a la oficialidad -2 de mayo de 1920- que en sus 21 puntos constituía el decálogo con el cual el general quería afrontar la campaña. En 1921 seguía vigente dicha orden, de la que la instrucción y adaptación a la vida en campaña de los nuevos soldados era una parte fundamental. Hay que reconocer, en honor a la verdad, que muchos de los aspectos que contemplaba la orden general no se cumplíeron escrupulosamente.
Días antes del acto, el general pasó revista a las tropas en sus cuarteles; primero a los artilleros, y un día antes de la jura a las tropas de ingenieros e intendencia. Los más numerosos, los de infantería, fueron concentrados en el campo de Rostrogordo el día 16. La mañana del martes 17 las tropas dejaron sus cuarteles y se concentraron en la plaza España; los reclutas delante, en columna de a cuatro, y los veteranos en las calles adyacentes. El general iba acompañado de su escolta, todos los jefes de las unidades y un escuadrón de regulares. Dirigía la ceremonia el segundo jefe accidental, coronel Jiménez Arroyo, ya que el general Navarro estaba de permiso oficial. La modalidad de juramentar de forma colectiva se impuso por Real Orden de 18 de marzo de 1903, siendo un jefe el elegido para solicitar a los reclutas su juramento al que contestarían todos al unísono. El oficial que demandó el juramento fue el teniente coronel Julio Mejón Carrasco, mayor del regimiento mixto, que cruzó su sable sobre la bandera del Regimiento de San Fernando 11. Después se procedió al desfile que partiendo de la plaza España recorría la actual calle del Rey Juan Carlos I, hallándose la tribuna en la plaza Menéndez Pelayo. Al redactor del Telegrama del Rif  le llamaron la atención dos jóvenes reclutas de ingenieros, Juan Céspedes y Crescencio Gil Jiménez; ambos tendrían la suerte de esquivar a la muerte pocos meses después. En el acto, quiso el general que después de su intervención tomara la palabra un herido en la campaña: el cabo Ignacio Rabadán Fuentes que había perdido el brazo derecho en la conquista de Tamasussin, en mayo de 1920. A la vistosa ceremonia le siguieron comidas en los acuartelamientos teniéndose que suspender algunos actos debido a la lluvia.
Pocos días después los nuevos soldados se incorporaron al frente, entre ellos Ramón Sicilia Iglesias, de Ceriñola. En su inédito diario, cuenta Ramón que el día 25 de mayo a las cinco de la mañana salieron a pie en dirección Annual. Parte del trayecto lo tuvieron que hacer descalzos ya que las incesantes lluvias habían convertido el camino en un barrizal. Pasaron la noche en Dar Drius, adonde llegaron reventados, y al día siguiente, tras una parada en Ben Tieb y sin habérseles dado nada de comer, llegaron a Annual a las siete de la tarde. Ramón Sicilia participó en la toma de Igueriben el 7 de junio quedando destacado en la posición; vivió por tanto el asedio y sufrimiento hasta el 21 de julio, siendo uno de los pocos supervivientes que pudo alcanzar Annual.

Melilla, 17 de mayo de 1921. Jura de bandera
Cruzar el Amekran

La operación que tuvo lugar el 1 de junio de 1921 con el objetivo de conquistar el Monte Abarran formaba parte del plan concebido por el comandante Jesús Villar para avanzar en la cabila de Tensaman, en la línea divisoria de los valles de los ríos Amekran y Nekor. Del informe político dirigido al coronel Morales el 25 de abril de 1921, se deducía que en la zona sometida existía una disposición favorable para acometer tres conquistas en el citado territorio: Abarran, Zoco Telatza de Beni Buidin y Axdir. Resaltaba Villar que la harka se hallaba concentrada en Yub el Kama y señalaba que existían destacamentos fijos en Beni Urriagel. En cuanto a los caminos de acceso a la cima de Abarran (500 metros), había que descartar el que ascendía desde el Zoco Telatza de Beni Buidin -resultaba prácticamente imposible- por lo que proponía Villar llegar a través del Uad Sidi Hach Brahim, más largo pero de pendientes más suaves. Muy pocos en la Comandancia sabrían antes del día señalado los planes para ocupar la nueva posición.
La mañana del 31 de mayo el teniente coronel Manuel Ros Sánchez, jefe del campamento de Annual, recibió la orden de conceder a Villar los elementos de fuerza y medios necesarios, sin especificársele para qué. Solo cuando Ros se reunió con Villar se le comunicó el objetivo, no sin advertirle de que la discreción era imprescindible para asegurar el éxito. Todos estos preparativos se hicieron con el mayor silencio y sigilo, tanto que aun hasta los mismos Capitanes no se enteraron de lo que se trataba hasta bien entrada la tarde de aquel día, por exigirlo así el mismo Comandante Villar, quien manifestó que la operación tenía que hacerse por sorpresa, y que de no ser así, de estar apercibido el enemigo, se vería obligado a retroceder, resultando un fiasco la operación de establecer una posición en la cima del Monte Abarran”(informe regimiento Ceriñola).  Ros afirmaría, tras la pérdida de Abarran, que aquella noche ardían hogueras en la lejanía, señal inconfundible de que los rifeños ya estaban alertados y expectantes cuando partió la columna.
* Comandante Jesús Villar Alvarado 1879-1922
Para pasar inadvertidos, la columna -formada por un tabor del Grupo (comandante Romero), una compañía y un escuadrón, 3 mías de policía indígena, 2 compañías de zapadores, dos compañías de ametralladoras de Ceriñola, una batería de montaña, estación óptica, ambulancia y elementos auxiliares- partió de madrugada; un total de 1461 hombres y 485 semovientes al mando de un comandante, lo que no era práctica habitual durante la campaña, como tampoco lo era formar una sola columna ya que para acometer una conquista era normal que las operaciones las realizaran mínimo dos columnas e incluso –la mayoría de las ocasiones- tres, al mando de coronel o teniente coronel. El grueso de la columna partió de Annual en dirección al poblado de Kasbaa el Fokani. Paralelamente salieron de Buymeyan la 15ª Mía de policía y el harka amiga de Tensaman al mando del capitán Ramón Huelva que se uniría a la columna en el mencionado poblado. La velocidad de marcha era de 3 kilómetros por hora debido a la oscuridad. Se dirigían al Amekran donde les esperaba el destacamento de policía de Sidi Dris quedando entonces conformada la totalidad de la columna. Eran las cuatro de la madrugada y se cumplía el primer objetivo: cruzar el río de noche.
En este punto el comandante Villar decidió que el tabor y el escuadrón de Regulares se quedaran a la derecha del río para cubrir el repliegue, por tanto, solo ascendieron a la cumbre la 1ª Compañía del Segundo Tabor y el resto de unidades. Los primeros efectivos llegaban a las seis de la mañana. Siguiendo el procedimiento habitual, las tropas de policía resguardaban la cima mientras los zapadores del capitán José Maroto iniciaban las obras de fortificación. El joven capitán de ingenieros relataría días después las características de la posición: “Se hallaba asentada sobre una loma alargada en dirección E-O y solo dominada por una altura situada a 900 metros al norte. La posición era rectangular, amoldándose al terreno y con unas dimensiones de 65 por 12 metros. Se levantó un parapeto de 1,35 a 1,40 metros con una base de piedra rematada con sacos terreros, en el frente sur no se levantó parapeto a esa altura por ser la posición de echado, cuerpo a tierra”. La alambrada cubría casi todo el perímetro construyéndose un jaulón para la puerta de entrada, mientras que en el frente sur no se pudo ensanchar la posición debido a la fuerte pendiente. La fortificación finalizó a las 10.45, después de abastecer la posición de víveres y municiones.
Capitán Juan Salafranca Barrio 1889-1921
Guarnecían la posición: la 2ª Compañía del 1er Tabor formada por 100 sargentos y soldados al mando del capitán Juan Salafranca, los tenientes Vicente Camino y Antonio Reyes y el oficial de 2ª Mohamed Ben Haida Susi; las tropas de policía indígena al mando del capitán Ramón Huelva y el alférez Luis Fernández; 29 artilleros de la 1ª Batería del regimiento mixto al mando del teniente Diego Flomesta y 3 soldados de ingenieros para manejar la estación óptica. Al mando de la nueva conquista quedó el capitán Juan Salafranca.
A las dificultades de defensa de la posición se sumaba la inexistencia de agua en las cercanías. Por eso, en cuanto la columna de Villar inició el repliegue el capitán Salafranca ordenó formar una escuadra y realizar la aguada. Uno de sus componentes, el soldado de regulares Mohamed Ben Amar, relataría el 8 de junio que al regresar una hora más tarde de dicho cometido, encontraron en el camino mujeres que huían gritando que el enemigo ya estaba encima. Salafranca ordenó cavar una zanja en el frente no cubierto por los ingenieros y cuando se procedía a cumplir la orden comenzó el ataque a la posición. La columna de Villar todavía no había completado el camino de regreso y en Abarran se escucharon las primeras detonaciones.
A pesar de que las tropas ocuparon sus puestos y Salafranca hacía un esfuerzo por multiplicarse dando órdenes -¡Reforzad el frente!, ¡Municionad!, ¡Atad el ganado!…- había poco que hacer; los rifeños estaban muy cerca, y Flomesta ordenó a sus artilleros abrir fuego por secciones.
El combate en Abarran se desarrolló con rapidez; el primer oficial en caer fue el capitán Huelva, poco después fue herido Salafranca a quien auxilió el sargento Fidel Vidal. El soldado Ben Amar fue testigo de que el oficial intentaba escribir algo sobre la espalda de otro que, según dijo, desconocía. Al poco tiempo recibió otro balazo que le hizo caer muerto. El sargento Fidel Vidal (Orduña, Vizcaya 1894) murió junto a su capitán. La fatalidad le había jugado una mala pasada: se hallaba en espera de incorporarse al nuevo destino -Regimiento de Serrallo (Ceuta)- que una semana antes había publicado el Diario Oficial.
Varios fueron los supervivientes que recordaban el momento en que fue herido el capitán: los sargentos Ramiro Álvarez y Joaquín Arquillo -encargado de cavar la zanja en el frente sur- y los soldados Mohamed Ben Amar y Hamedi ben Had-du ben Selal, ambos heridos en la huida. Todos coincidían en resaltar los méritos del jefe de la posición. Juan Salafranca Barrio (Madrid, 21-9-1889) recibió la Laureada tres años después de su muerte en combate. No era la primera vez que se evaluaban los actos del capitán; en junio de 1916, siendo teniente, fue herido en el durísimo combate de El Biutz y por ello propuesto a recibir la máxima condecoración. No obtuvo la cruz, pero se le concedió el ascenso a capitán por méritos de guerra. Pertenecía a la promoción de 1907 y desde su graduación en 1910 había permanecido en Marruecos, siendo destinado al Grupo de Regulares en 1916. Participó en la campaña desde que se acometieron los primeros avances en mayo de 1920 hasta la ocupación de Annual, y en febrero de 1921 fue citado como distinguido por su comportamiento durante todo el año anterior.
Vicente Camino López (30-8-1897) ingresó en la Academia de Infantería en agosto de 1912 y fue nombrado 2º teniente en 1915. En noviembre de 1919, siendo 1er teniente, llega a Melilla y tras un breve destino en el regimiento de San Fernando, recala en el Grupo de Regulares en febrero de 1920, tomando parte en la campaña desde los primeros compases. Según el testimonio del soldado Francisco Fernández Quiroga, el teniente Camino no murió durante la defensa. Al parecer, se habría cruzado con Fernández cuando ambos intentaban escapar de aquel cerro. Camino, pistola en mano, se dirigió al soldado y lo animó: “Corre Fernández, a ver si nos podemos salvar”. Pero ya no lo volvió a ver. A pesar de que en la huida el soldado fue herido de bala dos veces -en un pie y en la ceja- pudo llegar hasta Annual donde fue curado y evacuado a Melilla.
Teniente Vicente Camino López 1897-1921
No hay discrepancias en los testimonios sobre la muerte durante el ataque del teniente Antonio Reyes Martín. Llovían piedras y balas, y el sargento Arquillo vio cómo el teniente sufría una herida por pedrada en la cabeza; el soldado Hamedi ben Had-du lo vio en el suelo, inerte, cerca del parapeto. Antonio Reyes (6-5-1886) había ingresado en el Ejército como soldado en 1908 en el regimiento de Ceuta, pasando posteriormente a Melilla donde en 1912 ingresó en las Fuerzas de Regulares. Ascendió a 2º teniente en enero de 1915 sirviendo en el 59 de línea y posteriormente en el Grupo hasta su muerte en combate a los 35 años. Su hermano Manuel, sargento en 1921 en la compañía del capitán Moreno de Guerra, murió en combate el 29 de mayo de 1926 siendo suboficial del Grupo de Melilla y fue enterrado en el Panteón de Regulares en Melilla.
Además de los oficiales, en la compañía de Salafranca resultaron muertos: el sargento Fidel Vidal; los cabos Manuel Jaén Rechi (natural de Écija), el coruñés Plácido Funes Gaia; los soldados Juan Fernández García, y los hermanos Casimiro y Juan Pérez Balboa ingresados en febrero en el Grupo, procedentes del regimiento de San Fernando. Entre los soldados indígenas falleció el veterano oficial Mohamed Ben Haida Susi, en el Grupo desde 1914, quien al final, una vez perdida la posición, se suicidó. Pudieron llegar heridos hasta Annual: los sargentos Álvarez Astray y Arquillo García y los soldados Rufino García Carvajal, Francisco Fernández Quiroga, Julio Martín Peñasco y Modesto Vela Franco, asistente del teniente Camino, que permaneció hospitalizado durante 47 días.
En las cuatro horas que duró el ataque murió la misma cantidad de hombres que en toda la campaña iniciada un año atrás. Y lo que nunca había ocurrido antes: se perdieron cañones y todo el material perteneciente a las armas que habían intervenido: policía indígena, regulares, artillería e ingenieros. La relación de pertenencias de la mía de policía incluía hasta regalos para los jefes rifeños. La compañía de regulares fue rehecha tras la pérdida de Abarran, haciéndose cargo de ella el capitán Gonzalo Gómez Abad, destinado hasta entonces en el Regimiento de África 68. En julio de 1921 figuraban como oficiales de la misma el teniente José García García y los alféreces Salvador  Salvador Tomaseti y José Subirán Martín Pinillos. Como quedó consignado en el parte emitido el 30 de junio de 1921 por el comandante Augusto Pavón -supervisado por el teniente coronel jefe- la compañía había perdido prácticamente toda la dotación. Entre lo más relevante: 80 fusiles máuser, 24.420 cartuchos, los equipos completos de los cuatro oficiales, 4 caballos, 7 mulos y 8678,20 pesetas correspondientes al mes de mayo y la primera quincena de junio. (Ver Anexo 2)
Teniente Antonio Reyes Martín 1886-1921
Los compañeros de Salafranca hicieron una colecta y consiguieron comprar a los rifeños los restos del que parecía ser el capitán y los del cabo de artillería Daniel Zárate Miñón. Los restos de Salafranca eran a duras penas reconocibles, tal vez por ello no se le enterró en Melilla como era costumbre hacer con los oficiales muertos en combate. También proyectaron construir un monolito para perpetuar el recuerdo del compañero caído. Días después de la pérdida de Abarran, Mariano Salafranca, teniente coronel de infantería, visitó el campamento de Annual y la tumba de su hermano.
La pérdida de Abarran supuso un importante éxito para la harka de Abd el Krim que envalentonado por la victoria ordenó atacar al día siguiente la costera posición de Sidi Dris. Más de veinticuatro horas duraría el ataque que fue rechazado por las tropas del comandante Julio Benítez en cuyo auxilio intervino la armada de guerra, sin que tuviesen que lamentar bajas mortales. Los hombres de Benítez pudieron rechazar las tropas rifeñas sin contar con el apoyo de la columna de regulares que, ya dispuesta a partir de Annual, se quedó finalmente en el campamento sin intervenir.
Como causa de la pérdida de Abarran se apuntó en primera instancia la defección del harka amiga, que unida a la muerte de la oficialidad habría sellado su destino. Posteriormente, el comandante general añadiría otros motivos para explicar el descalabro. En la carta dirigida al general Berenguer una semana antes de la retirada de Annual, le exponía diversas razones entre las que mencionaba la labor poco intensa que había llevado a cabo el capitán de la mía de Tensaman antes de la operación que, aunque puesto en conocimiento del coronel Morales, no llegó a materializarse en mejora alguna. En el expediente Picasso se anotaron también motivos menos comentados por el comandante Villar o el general Fernández Silvestre como el desacierto al emplear una columna reducida cuando en operaciones similares participaban como mínimo dos más otra en reserva (más de cuatro mil hombres). En este sentido abundaba el caíd Ukarkach que había aconsejado emplear tres columnas, situar avanzadillas y dejar ametralladoras en la posición. Además, al frente de columnas similares el alto mando situaba a un teniente coronel o coronel, y a todo ello se añadía la falta de preparación política en la zona no sometida y en gran parte de la sometida… En definitiva, desacierto, impremeditación, falta de medios adecuados y temeridad fueron los términos empleados por el fiscal del expediente. La suerte de la posición quedó arruinada cuando la columna abandonó la cima de la colina, que sin caminos practicables era imposible socorrer sin empeñarse en sangrientos combates como lo serían los que se dieron intentando socorrer Igueriben. La retirada de la columna se realizó de manera prematura, alterando el recorrido y alargando en exceso la fila, no dando la idea de una fuerza cohesionada. Zarpazo, sorpresa, revés, fracaso, ocupación fallida, hecho aislado, desgraciado suceso, malograda operación, precipitada empresa, precaria posesión y descalabro fueron algunas de las expresiones que se utilizaron para describir la derrota de Abarran. Bien distintas de las que emplearon en el lado rifeño: triunfo y esperanza de liberación que iban a traer como consecuencia la convicción de fuerza frente a un enemigo debilitado, el refuerzo de la figura del líder y el aumento del contingente humano.
De los muertos habidos el 1 de junio tan solo pudo ser enterrado en Melilla el cabo de artillería González Iglesias, que herido en el vientre consiguió, arrastrándose, llegar en estado agonizante hasta Annual. El 5 de junio se le daba sepultura en Melilla.

Las secciones

Al mando de las diferentes secciones se hallaban los oficiales más jóvenes del Grupo: tenientes y alféreces. La información remitida al general Picasso reflejaba que en el mes de julio estaban destinados en el Grupo 36 tenientes, 8 alféreces y 8 oficiales moros de 2ª. Entre los tenientes, 29 eran de infantería y 7 de caballería. Y tan solo tres de ellos -2 de infantería y 1 de caballería- pertenecían a la escala de reserva, perteneciendo el resto a la escala activa. Era práctica común que los oficiales recién salidos de las academias eligieran como destino alguno de los Grupos de Regulares o el Tercio de Extranjeros. En el verano de 1921 el empleo de teniente era el que aportaba más oficiales a la Comandancia General de Melilla -más de 450 entre todas las armas- y fue por ello el que más contribuyó a la relación de muertos. El impacto del Desastre entre las promociones de la Academia de Infantería fue altísimo, sobre todo en las más afectadas de 1914 y 1915. En aquel momento, un oficial de infantería pasaba tres años en la academia de donde salía con el despacho de alférez, grado todavía en formación en el que los alumnos permanecían dos años, tras el cual eran promovidos a tenientes. En infantería, los tenientes permanecían unos cuatro años en el empleo hasta ser ascendidos a capitanes, de tal forma que los componentes de la promoción de 1912 ascenderían a capitán durante los días de Annual o poco después, tras haber transcurrido nueve años desde su ingreso en el centro formativo. Esta circunstancia podría haber variado en el caso de haberse producido promociones por méritos de guerra, pero no era lo que ocurría en 1921, aunque sí posteriormente, ya con anterioridad a la dictadura de Primo de Rivera se volverían a implantar los ascensos por méritos.
En el centro, Teniente Ramón Carvajal Colón
En 1921 se hallaban destinados en Melilla un total de 219 tenientes de infantería pertenecientes a las promociones de 1912, 1913, 1914, 1915 y 1916. En aquel momento en todas las unidades del Ejército Español servían 1022 tenientes de la escala activa, lo que supone que un 21,4% del total estaba en Melilla. De los 219 tenientes murieron 114 durante el Desastre, nada menos que un 52%. Ser teniente de infantería durante el Desastre significaba tener muchas posibilidades de morir con poco más de 23 años, edad media de los jóvenes oficiales caídos. Entre las promociones, la de 1914 -con 45 de sus componentes muertos- y la de 1915 -con 27- fueron las más castigadas. La mortalidad por unidades la encabezaban los regimientos de infantería -Ceriñola y San Fernando con 33 tenientes muertos en cada unidad- seguidos de la policía indígena con 11 tenientes muertos. El Grupo de Regulares perdió 4 tenientes, lo que suponía una clara diferencia respecto a las otras unidades; esta desigualdad radicó en la disolución del Grupo en Nador y Zeluán, lo que supuso no entrar en combate más que en los días previos a la retirada de Annual. Fue esta, sin duda, una excepción de la regla, ya que en la mayoría de campañas en las que intervinieron los regulares aportaron más bajas que la generalidad de las unidades.
Entre los tenientes pertenecientes a la escala de reserva, en 1921 estaban destinados en Melilla 62 de los 1030 que figuraban en el anuario, lo que significaba poco más de un 6% del total; de ellos, fueron muertos 20, más de un 32%. Es decir, uno de cada tres tenientes de infantería de la escala de reserva falleció durante el Desastre.
El 17 de julio, al recrudecerse los combates en torno a Igueriben y Buymeyan, se hallaban en Annual 13 de los 31 tenientes disponibles del Grupo de Regulares (dos estaban de permiso y 3 en el hospital). En aquel primer gran combate para intentar abastecer a Igueriben falleció el teniente Ledesma Gracián y resultó herido Francisco Martínez Roselló. Se consiguió que el escuadrón del capitán Cebollino hiciera llegar a Igueriben el último convoy que recibieron los castigados defensores. Dos días después, en un nuevo y fallido intento, se registró la muerte del teniente Francisco Nuevo Soriano y el teniente coronel jefe resultó herido. El día 21, la mayoría de los efectivos del Grupo ya se había incorporado al campamento de Annual: 24 tenientes de los 33 disponibles -descontando los muertos y heridos- que intervinieron en el postrero intento de socorrer a Igueriben, cayendo muerto el teniente de caballería Julio Albornoz. Replegado el Grupo tal como se le había ordenado a Zeluán y Nador, se produjeron las últimas bajas entre los tenientes; durante el cerco de Zeluán, murieron los tenientes de caballería Luis Barges Montenegro y Julio González Guzmán, cuyos restos, reconquistada la posición, fueron recuperados y enterrados en Melilla. También en Zeluán, serían aprehendidos el teniente de caballería Enrique Dalias Cuena (ayudante del tabor), y el soldado Antonio Díaz Gutiérrez; ambos -único oficial y único de tropa apresados- fueron liberados en 1923, después de sufrir el prolongado cautiverio.
Por tanto, el Grupo perdió 5 de los 36 tenientes disponibles en el Desastre. En las campañas posteriores fallecieron otros tres: Enrique Brualla, Jaime Ortega Nieto y Fernando Barco (este último por enfermedad) y dos -Sanz Gracia y Pérez Mercader- causaron baja, pasando a inválidos, a consecuencia de las heridas sufridas. En 1927 quedaban 31 de aquellos oficiales, habiendo sido heridos la mayor parte de los restantes.
Teniente Francisco Nuevo Soriano 1897-1921
Dos de aquellos jóvenes fueron distinguidos con la Cruz Laureada en las campañas de Marruecos: Miguel Rodrigo Martínez en 1925, capitán del Grupo, y Ricardo Burguete siendo piloto en 1924. Al capitán Rodrigo se le concedió también la medalla militar individual por su actuación en el cerco de Kudia Tahar, y fue quien alcanzó el más alto empleo de todos ellos, retirándose como teniente general y estando en posesión de la Laureada, dos medallas militares y tres ascensos por méritos de guerra, habiendo combatido en tres guerras: Marruecos, Guerra Civil y División Azul. Falleció en Madrid en noviembre de 1968.
Por su parte, el teniente Ricardo Burguete Reparaz (14-3-1899) se hallaba de permiso en la Península, incorporándose al Grupo al conocer las terribles noticias de Melilla. Fue herido en la campaña de reconquista y ascendido a capitán por méritos a finales de enero de 1922 cuando aún no tenía 23 años. Después obtuvo las titulaciones de observador y piloto, pasando a servir de nuevo en el Protectorado. El 9 de octubre de 1924, a los mandos de un Bristol, participó en el bombardeo de Taatof-Mixera resultando herido de gravedad al recibir dos impactos de bala, uno de los cuales le perforó la fosa ilíaca causándole una importante hemorragia a pesar de la cual consiguió aterrizar y entregar el aparato en perfecto estado. Por esta acción se le ascendió a comandante y se le otorgó la Laureada convirtiéndose en uno de los pocos casos en que padre -general Ricardo Burguete- e hijo reciben la máxima condecoración. El comandante Burguete murió prematuramente en 1933 a consecuencia de complicaciones derivadas de las graves heridas recibidas años atrás en Marruecos.
En 1936, mientras la gran mayoría se unió al bando sublevado -19 de los 21 que quedaban- en el bando republicano solo combatieron Andrés Villa Cañizares en el arma de aviación (donde llegó a mandar escuadrillas), y Manuel Castillo Puértolas, que en 1921 era auxiliar de mayoría del Grupo. El primero fue juzgado, y condenado a 30 años de reclusión mayor y expulsión del Ejército por auxilio a la rebelión. El segundo, Manuel Castillo, que servía en el Regimiento Lusitania de Caballería de Valencia, fue el único capitán que no se sublevó, ocupando cargos en el frente hasta 1939, motivo por el cual fue retirado del Ejército después de la Guerra. En 1980 su viuda consiguió, como otras muchas, que el gobierno reconociese el grado que su marido habría alcanzado -comandante- de no haberse producido su forzoso retiro. Durante la Guerra Civil murieron o fueron fusilados cuatro de aquellos oficiales, tenientes en 1921.
El comandante Jesús Valiente Fernández mandaba el 10º Tabor del Grupo de Alhucemas cuando al frente de su unidad falleció en Sevilla el 16 de enero de 1938 a resultas de enfermedad contraída en campaña. En febrero de 1920 había sido destinado al Grupo de Melilla, donde permaneció durante años, ganándose varios distintivos de permanencia. El 29 de septiembre de 1921 sufrió en el combate de Tizza una gravísima lesión que le mantuvo de baja durante casi dos años; una bala rifeña le atravesó ambas piernas por el tercio superior causándole además una importante lesión uretrovesical de muy grave pronóstico. Tras más de 700 días de baja se incorporó al servicio volviendo a servir en regulares y en unidades de choque hasta el inicio de la Guerra Civil.

Teniente Jesús Valiente en el Docker. A la derecha capitán Julio Fortea
Manuel de Obeso Pardo murió en combate el 10 de julio de 1937, siendo capitán jefe de la VIII Bandera de la Legión, al resultar alcanzado por la metralla en el cerro del Mosquito, Batalla de Brunete. La acción le valió la medalla militar individual y el ascenso a comandante. Era el número uno de la promoción de 1915.
En Valencia hallaron la muerte los dos restantes: Adolfo Pocurull y Manuel Suárez-Vigil allí destinados. El capitán Suárez-Vigil, que servía en el Regimiento de Caballería de Lusitania, falleció combatiendo tras alzarse en armas la noche del uno al dos de agosto. El regimiento, cuyo segundo jefe era el teniente coronel Martín Lacasa (ayudante del Grupo de Regulares en 1921), se sublevó pasivamente quedando las tropas sin salir del acuartelamiento, siendo la última unidad en rendirse. El coronel jefe y los tres comandantes eran contrarios a la sublevación en la que murieron o fueron fusilados 16 oficiales.
El también capitán Adolfo Pocurull Semour se encontraba en situación de reemplazo por enfermedad, siendo detenido y fusilado en Valencia en julio de 1936. De los supervivientes de la fratricida contienda tan solo lucharon en la División Azul, Miguel Rodrigo Martínez, coronel jefe del 269 Regimiento de Infantería, y Francisco Adame Triana con el empleo de comandante. Los que sobrevivieron a tantos enfrentamientos lucieron con orgullo hasta el final de sus carreras militares los distintivos de permanencia en las Fuerzas Regulares.
Seis de los ocho alféreces encuadrados en el Grupo -6 escala activa y 2 de reserva-  eran jóvenes oficiales, hijos de importantes jefes destinados en la Comandancia General o de otros con residencia en Melilla. Quiso el destino que ninguno de los seis primeros sobreviviera a las guerras de Marruecos y Guerra Civil. Salvador y Fernando Tomaseti eran dos de los hijos del general retirado José Tomaseti Beltrán, oficial con amplia trayectoria en el mando de tropas en Melilla, que había ocupado entre otros el mando del regimiento de Ceriñola. El mayor de los Tomaseti, Salvador, pertenecía a la escala de reserva y ocupaba el cargo de apoderado de la unidad por lo que su destino era Melilla. Fernando, el menor, se alistó en el Ejército como soldado en el regimiento de Ceriñola hasta que en 1916 consiguió ingresar en la Academia de Caballería. En julio de 1921 participó en los convoyes de auxilio a Igueriben, incluido el del día 17, ya que pertenecía al 3er Escuadrón que mandaba Cebollino, laureado por los hechos en los que él había intervenido. Tras la retirada de Annual marchó junto al tabor de caballería a Zeluán hasta que el día 24, al producirse la rebelión de una parte de las tropas, se les ordenó partir a Melilla quedando en la alcazaba tres oficiales y la tropa europea. El alférez Tomaseti murió en el repliegue en dirección Melilla, cerca de Taouima. Sus restos se reconocieron cuando en septiembre se recuperó el territorio perdido, por lo que se le pudo enterrar y más tarde trasladar  al Panteón de Héroes.
Alférez Carlos Navarro Morenés 1902-1936
Carlos Navarro Morenés (31-5-1902), de la promoción de 1917, era el hijo menor del general Felipe Navarro, 2º jefe de la Comandancia. En febrero de 1921 se incorporó al Grupo -también había estado su hermano José- formando parte de la 2ª Compañía del 3er Tabor. El 20 de julio partió junto al tabor en dirección Annual, llegando al campamento avanzado el día 21, a tiempo para intervenir en el frustrado convoy. Aunque al estallar la Guerra Civil se había retirado del Ejército, fue detenido junto a su padre en el domicilio familiar y ambos fueron fusilados en las reprobables ejecuciones de Paracuellos del Jarama.
En 1921, el alférez Francisco Jiménez Aguirre, hijo del coronel Francisco Jiménez Arroyo jefe del regimiento de África 68, pertenecía a la compañía del capitán Zappino, muerto el 19 de julio, que se replegó el 22 a Uestia y al día siguiente a Nador desde donde llegarían a Melilla. Los hechos de Annual impactaron sobre miembros de la familia del joven oficial por ambas ramas: su primo hermano Vicente López Jiménez del regimiento de África y compañero de promoción fue dado por desaparecido; perdió a su tío por vía materna, el capitán de policía indígena José de Aguirre Olozaga; su joven hermano Julio, alférez del Tercio murió en el desembarco de Alhucemas; y su padre fue juzgado y condenado por su actuación al frente del regimiento de África. En 1936, el ya capitán Jiménez Arroyo que había pasado a la Guardia Civil estaba destinado en San Sebastián donde fue fusilado por el bando republicano.

Tengo la certeza de que el joven alférez Luis Pardo Álvarez nunca imaginó que una de sus cartas sería hoy importante pieza en el estudio de la actuación del Grupo de Regulares en el Desastre de Annual. El 30 de julio, cuando había transcurrido poco más de una semana del derrumbamiento de la Comandancia General de Melilla, Luis Pardo escribía a sus padres: “En conjunto mi tipo no ha sufrido detrimento, que es lo principal, aunque siento la depresión correspondiente a la crujida que he pasado”. Luis Pardo nació en Madrid el 25 de agosto de 1902. Aún no había cumplido diecinueve años cuando siendo alférez del Grupo recibió el día 17 la orden de incorporarse al frente. “En una camioneta nos lanzaron hacia Annual por procedimiento militar, diciéndonos: métase usted aquí que ya le dirán luego lo que tiene que hacer y adónde va”. La compañía de Pardo, que mandaba el capitán Sánchez Noé, intervino en los combates del 19 y 21 sufriendo muchas bajas, entre ellas la del teniente Francisco Nuevo. “Las bajas que sufrimos en menos que lo escribo fueron tremendas, las camillas no daban abasto a conducir muertos y heridos en un trajín de ida y vuelta”. La carta de Pardo fue remitida al rey Alfonso XIII por el coronel Cándido Pardo junto a otra que firmaba Emilio Sabaté, capitán y jefe de estado mayor en Annual. (A pesar de la coincidencia del apellido, no he podido confirmar si entre el coronel Pardo y el joven alférez existía relación de parentesco).
“Desde que en Annual nos pusimos en movimiento nuestras bajas fueron enormes, tanto en oficiales como en tropa; nos defendimos constantemente como fieras, y gracias a ello pudimos llegar a Nador el capitán y yo desmontados, y los 16 leales hechos jirones y maltrechos, pero que no cejaron un momento  en el cumplimiento de su deber, batiéndose constantemente como ellos saben hacerlo, y llevándonos a cubierto con los accidentes del terreno, gracias a lo cual nos pudimos salvar sin huir, sin quitarnos nuestras insignias ni perder nuestro carácter de oficiales, y puedo contaros todo esto y otros muchos casos que os diré de palabra el día que pueda tener la dicha de abrazaros y que no me atrevo a escribir”.
Alférez Luis Pardo Álvarez 1902-1942
Luis Pardo permaneció en la unidad hasta su ascenso a teniente interviniendo en la campaña de reconquista. En 1923 pasó al cuerpo de intervención militar como oficial 2º (teniente). Al estallar la sublevación en 1936 permaneció leal a la República ocupando en primera instancia la jefatura de intervención en el aeródromo del Prat de Llobregat -Barcelona- y posteriormente siendo jefe de intervención del Ejército del Este. Al finalizar la contienda fue detenido y juzgado por auxilio a la rebelión; se le condenó en junio de 1941 a la pena de treinta años de reclusión mayor, causando baja en el Ejército. A pesar de que la condena no era de muerte, el comandante Luis Pardo generó en 1942 una pensión de viudedad a nombre de su esposa María Hernández, sin que pueda precisar si falleció en prisión o fue finalmente ajusticiado.
En fechas recientes vio la luz la correspondencia que el entonces teniente Francisco Franco mantuvo en 1913 con Sofía, la jovencísima hija -tenía 15 años- del que era comandante José Subirán Espinal. La relación no pasó de epistolar ya que al parecer el joven oficial no agradaba a Subirán. En 1921 un hermano de Sofía, José, era desde el 1 de julio alférez del Grupo, y su padre, ya teniente coronel, seguía en Melilla como 2º jefe del regimiento de San Fernando. La compañía de Subirán descansaba en Nador cuando fue movilizada junto a la del alférez Luis Pardo, siguiendo la misma suerte que esta. Ascendido Subirán a teniente en 1921, permaneció en el Grupo interviniendo en gran número de hechos de armas. El 5 de junio de 1923, en los durísimos combates de Tizzi Asa, perteneciendo al 1er Tabor, resultó muerto en combate. Aquel día en el registro del cementerio de Melilla constan nada menos que 88 entierros de soldados y oficiales muertos pertenecientes a diferentes cuerpos y unidades. El tabor del comandante Francisco Romero fue el que tuvo mayor número de bajas: además de José Subirán, fallecieron el teniente Rafael Carbonell Muñoz, que recibiría la Laureada, y Antonio Perea de la Rosa tras una larga agonía. El comportamiento de todo el grupo fue tal que se le concedió la medalla militar individual a título colectivo por su actuación en los combates del 28 de mayo al 5 de junio. Fueron individualmente condecorados con la medalla militar los capitanes Enrique Jiménez Canito, Antonio Gorostegui Robles, el alférez Francisco Segalerva, el practicante militar Pedro Rodríguez Rodríguez y el soldado Cahaid Ben Mimum, todos ellos por los combates en Tizzi Asa del 5 de junio. También por las acciones del 22 y 23 de agosto del mismo año fueron condecorados por su valor el teniente coronel Sebastián Pozas -jefe del Grupo- el capitán Miguel Rodrigo y el teniente José López López.
Manuel Fernández Duarte había nacido el 16 de mayo de 1901. En 1907, siendo muy niño, falleció en Melilla su madre, Elvira Duarte, dejando al entonces teniente coronel Fernández Silvestre al cargo de su hijo, al que procuró una esmerada educación. En 1917, Bolete ingresó en la Academia de Caballería de Valladolid, y tres años más tarde era alférez del regimiento de Alcántara, del que pasó al Grupo de Regulares de Melilla. Pertenecía orgánicamente al 3er Escuadrón -capitán Cebollino-, aunque era normal verlo acompañando a su padre en los múltiples actos a los que asistía en su condición de comandante general. El 22 de julio, como es bien sabido, el comandante general le conminó a partir de Annual junto a su ayudante, el teniente coronel Tulio López. Aquella mañana, ante la mirada de quienes morirían horas más tarde, coroneles Morales y Manella y ayudantes Manera y Hernández, fue la última vez que padre e hijo se abrazaron.
General Fernández Silvestre y alférez Fernández Silvestre
El joven alférez quedó tremendamente impresionado por el destino de su padre al que buscó con todas sus energías hasta que en mayo de 1926 se reconquistó el campamento de Annual. Siempre dudó de que se hubiera suicidado. En 1932 el ya capitán Fernández Duarte participó en el frustrado golpe de estado encabezado por el general Sanjurjo. Tras la intentona fue detenido y confinado en la colonia penitenciaria de Villa Cisneros, adonde llegó a mediados de septiembre junto a otros 143 deportados. La colonia se hallaba bajo la supervisión del gobernador, capitán de infantería Ramón Regueral Jové. Desde su llegada, Fernández Silvestre formó parte del comité de evasión junto a Manuel González de Jonte y el piloto Juan Antonio Ansaldo, cuyo objetivo era obviamente fugarse. Tras algún intento fallido, el 31 de diciembre escaparon de la colonia con relativa facilidad 29 deportados a bordo del Aviateur Le Brix. Después de catorce días de navegación en condiciones muy duras, llegaron a Cezimbra -Portugal- desde donde fueron trasladados, en connivencia con las autoridades portuguesas, a Lisboa, donde finalizaría la huida. Con posterioridad fue juzgado y condenado en rebeldía junto a muchos de sus compañeros de fuga y exilio. 
Al producirse la sublevación el 18 de julio, el ex capitán Fernández Silvestre -ya vivía en Madrid- se dirigió al cuartel de María Cristina, sede del 1er Regimiento de Infantería que mandaba el que fue ayudante de su padre en Annual, Tulio López Ruiz. Gracias al coronel consiguió escapar milagrosamente de allí, cosa que no pudo hacer el propio Tulio que fue fusilado en la cárcel Modelo el 19 de agosto tras ser juzgado en juicio sumarísimo. Tras huir de Madrid consiguió refugiarse en Villaviciosa de Odón, en la casa del abogado Salvador Mellado de Zulueta donde coincidió con el que era teniente de artillería Manuel Gutiérrez Mellado. En fecha indeterminada Manuel Fernández Silvestre cruzó las líneas y consiguió incorporarse al ejército de Franco. En octubre se le ascendería a comandante y se le conferiría el mando de la bandera de Falange de Castilla. Murió al mando de la misma en el frente del Tajo el 10 de mayo de 1937, siendo enterrado en Villaviciosa de Odón gracias nuevamente al abogado Mellado de Zulueta que compró a perpetuidad el nicho donde reposan sus restos mortales

Socorrer Igueriben

Días después de Abarrán, el jueves 16 de junio, se produjo un nuevo combate que costó también considerables bajas a las fuerzas españolas. Aquella mañana los rifeños atacaron impetuosamente a la descubierta de policía apostados en la llamada loma de los árboles o Sidi Ibrahim, lugar que no se ocupó cuando se conquistó Igueriben, a la que dominaba, a la vez que podía desde allí intimidar y atacar el campamento de Annual. Más de dos horas duró el combate, hasta que desde Annual partió una columna formada por tropas de Regulares (seis compañías y dos escuadrones), Ceriñola y una batería al mando del teniente coronel Núñez de Prado. La presencia de los refuerzos alteró el resultado de la lucha y los hombres de Abd el Krim volvieron a sus posiciones en el poblado de Amesauro. Las bajas se elevaron a cincuenta y ocho entre las tropas de policía (16 muertos y 42 heridos) y 1 oficial y 3 soldados españoles heridos. 

1-Comandante Pavón. 2-Teniente coronel Núñez de Prado. 3-Comandante Llamas
Pasados el combate del 16 de junio y los ataques en días posteriores a las posiciones de vanguardia, se vivió un periodo de tranquilidad durante el cual no se produjeron enfrentamientos. La circunstancia fue aprovechada por el alto mando que concedió permisos a oficiales y se produjeron relevos en el frente. A los seis meses de su ocupación, Annual se había convertido en base avanzada con  tres campamentos uno de los cuales ocupaba el Grupo de Regulares. La posición primitiva, dotada de reducto para compañía y batería, era la asignada al regimiento de Ceriñola, y en el tercer campamento, situado a la izquierda del camino en dirección al frente, acampaba la columna del regimiento de África. El enclave asignado a los regulares no disponía de parapeto, se hallaba alambrado solo en parte y tenía capacidad para alojar tan solo una sección. Cerca de ellos se construyeron los pesebres para albergar el ganado. Entre los emplazamientos de regulares y África se situaron lunetas que tenían asignado servicio nocturno, y el servicio de aguada distaba unos doscientos metros. De Annual dependían totalmente para abastecerse: Igueriben, Buymeyan y Talillit, ya que el resto de posiciones auxiliares -Sidi Dris, Izumar, Internedia B y Mehayast- eran abastecidas por vía marítima o desde otras posiciones. Igueriben distaba de Annual cinco o seis kilómetros en función de qué camino de los que existían se siguiera. A Buymeyan -a tres o cuatro kilómetros- se accedía a través del camino que desde Ben Tieb conducía a Annual, que en el mes de julio se adaptó para permitir la llegada de vehículos pesados. En cuanto a Talillit, los siete kilómetros que le separaban de Annual eran recorridos periódicamente por los convoyes a través de una senda natural. La jefatura del campamento y de la circunscripción la alternaban en periodos de quince días los coroneles Argüelles -jefe del mixto de artillería- y Manella -jefe de Alcántara 14-. El 5 de julio, la harka se mantuvo expectante ante la visita del coronel Argüelles a Igueriben hasta el punto que se llegaron a producir algunos disparos que, contrarrestados desde la posición, no fueron demasiado importantes ya que entre las posiciones de vanguardia y Annual se producían idas y venidas. También en días sucesivos hubo movimientos: relevo en Igueriben -partió Mingo y llegó Benítez-, mejoras en la posición que el día 10 realizaron los zapadores, y relevos de tropas en Buymeyan y Talillit adonde los convoyes llegaban con normalidad. Pero todo cambiaría días después.
El 15 de julio en Igueriben no pudieron realizar la aguada, el camino había sido cortado por los rifeños aunque curiosamente no hicieron lo mismo con la senda utilizada por el convoy. Sabemos que esto fue así porque uno de los oficiales destinados en Igueriben, el teniente Justo Sierra, escribió a su esposa el día 16 y la carta llegó a su destino, prueba irrefutable de que esta salió de la posición. Se iniciaba el sufrimiento agónico en Igueriben.

Igueriben, fotografía del autor
Domingo, 17 de julio

Desde principios de julio, el comandante general había ordenado se formase en Annual una columna provisional para socorrer, en caso de necesidad, a las posiciones de vanguardia. Fue el primer jefe de esa columna el teniente coronel de Ceriñola Pedro Marina; de ella formaban parte cinco compañías de fusiles y dos escuadrones del Grupo al mando del comandante Francisco Romero. Según la declaración del coronel Argüelles, el 17 de julio desde bien temprano el enemigo había comenzado a hostilizar Annual, Igueriben y Buymeyan, estas dos últimas con la intención de cortar la línea de suministro. Por ello decidió que la columna, ya preparada, saliera a desalojar al enemigo apostado en las lomas donde se montaba el servicio de aguada. De este cometido se encargaría la vanguardia de regulares que mandaba Romero. Las tropas de Abd el Krim se habían acercado tanto que las baterías disparaban con las alzas abatidas. Romero dividió a sus tropas: el 1er Escuadrón asaltaría la zona de la aguada mientras el resto ocupaba las casas del poblado de Annual y otras lomas que aseguraban el camino Annual - Izumar. La primera parte del combate durante la mañana se cumplió con éxito pudiendo replegarse los regulares con orden. Por estos hechos, en 1925 el comandante Romero sería ascendido a teniente coronel. Al mediodía, Argüelles puso en marcha el convoy que debía llegar a Igueriben; allí hacía un día que no bebían. En la columna: 56 cargas de intendencia y artillería a lomo de 72 mulos al mando del alférez Ruiz Osuna y del teniente Ernesto Nougues. El Tercer Escuadrón del capitán Cebollino sería el encargado de proteger las cargas y conducirlas hasta Igueriben. De nuevo serían las tropas de regulares de Romero las que darían cobertura a la columna; sería en este movimiento cuando el combate se iba a tornar encarnizado.
Imposición de la Laureada al capitán
Joaquín Cebollino
A las 15.00 horas partían el escuadrón de Cebollino y los mulos cargados de agua, víveres y municiones. La batería ligera de Annual debía cubrir con su fuego el acceso a Igueriben, e intervendrían también en el combate las cinco baterías que dirigía el comandante Ángel Palacios. Quedaba como reserva una columna mandada por el teniente coronel Marina y el comandante José Claudio, formada por tropas de Ceriñola y África.
El combate resultó durísimo debido a la dura presión que los rifeños ejercieron sobre los regulares del comandante Romero que se tuvieron que emplear a fondo, destacándose muchos de los oficiales y soldados. Joaquín Cebollino dividió a su escuadrón para intentar desconcertar al enemigo, maniobra ejecutada por la sección del alférez Fernando Tomaseti que resultó decisiva ya que en un rápido empuje logró coronar la loma sobre la que se hallaba Igueriben. El propio capitán fue quien abrió la puerta de la posición, secundado por el oficial moro Sidi Yilali Ben Mohamed Sarguini. La entrada de los hombres de Cebollino fue vitoreada por los defensores de Igueriben que beberían las que serían sus últimas gotas de agua; desde entonces ni una sola gota más del preciado líquido calmaría las sedientas gargantas de los hombres de Benítez. Tras descargar los víveres y municiones, el comandante Benítez y Cebollino decidieron que ante la dificultad que suponía el regreso a Annual se quedaran en la posición los conductores y los mulos del convoy. A lomos de los caballos del Grupo evacuó el capitán todas las bajas: cinco muertos, nueve heridos y dos contusos. La maniobra de repliegue entrañaba serias dificultades no solo por la presencia enemiga sino también por el alto número de tropas concentradas entre Igueriben y Annual.  A última hora de la tarde del día 17, la Comandancia emitió una orden general a todos los oficiales que se hallaban en la plaza: se debían presentar a la mañana siguiente para incorporarse al frente. 
Teniente Pedro Ledesma Gracián 1896-1921
En la última fase del repliegue se produjeron momentos de confusión al mezclarse las tropas de regulares con las que formaban la columna de reserva. Las bajas fueron numerosas: herido de un balazo en el pecho el comandante Francisco Romero quien sería por ello evacuado; agonizante el teniente Pedro de Ledesma Gracián que había recibido un balazo en el rostro que le causaría la muerte al día siguiente; muertos 10 soldados indígenas y 6 europeos; y heridos 34 indígenas y 24 europeos que fueron atendidos en los puestos de socorro por los oficiales médicos. Aquel día el teniente médico Salarrullana atendió en primera línea a 1 teniente, 2 sargentos y 34 de tropa de los que murieron dos. El pronóstico de los heridos nos puede dar idea de lo encarnizado del combate: 11 gravísimos, 18 graves y 5 menos graves o leves. Entre los más graves figuraba el cabo de regulares Gerardo Martínez Pérez, al que fue preciso amputarle una pierna por el tercio medio.
Al teniente Ledesma le abrieron juicio contradictorio para determinar si era merecedor de recibir la Laureada, aunque el resultado fue negativo. Dos días después de su muerte, bajo la presidencia de los generales Silvestre y Navarro, se enterró al teniente Pedro de Ledesma, que había pertenecido al Grupo de Regulares desde noviembre de 1920 y anteriormente había servido en el Regimiento de Melilla 59.


Martes, 19 de julio

La mañana del día 18, los oficiales del Grupo que estaban en Melilla fueron enviados al frente. El relato del joven alférez Luis Pardo así lo describe:
“El 17 llamaron a la Comandancia General a todos los oficiales de regulares que estábamos en Melilla, y empaquetándonos el 18 por la mañana en una camioneta nos lanzaron hacia Annual por procedimiento militar, diciéndonos: “métase V. aquí que ya le dirán luego lo que tiene que hacer y a dónde va”.
El 18 llevamos un accidentado viaje, pues el camión se estropeó tres o cuatro veces, y los viajeros tuvimos que empujar y ponerlo en marcha con las fatigas que puedes imaginarte. Al fin llegamos a Izumar, donde nos montaron a caballo y emprendiendo vertiginosa carrera entramos en Annual como alma que lleva al diablo, pasándonos todo el día agazapados detrás de los parapetos o tumbados donde estábamos, a cubierto y comiendo en el suelo.”
Entre los oficiales que llegaban estaba el teniente coronel jefe que se hizo cargo del Grupo junto a los comandantes Alfaro y De Alcázar, este último recién incorporado a la unidad. Al amanecer el día 19, ya se había corrido la noticia: Igueriben sufría y era inaplazable socorrerla. Para ello, lo primero era montar el servicio de descubierta y aguada que correría a cargo de los regulares. A las cinco de la madrugada partieron los tabores de infantería y los escuadrones a las órdenes del teniente coronel jefe consiguiendo llegar hasta las lomas de servicio con relativa facilidad, asegurando además la comunicación con Izumar.
Comandante Manuel de Alcazar
El camino que tenían que recorrer era difícil por los muchos y profundos barrancos que lo cruzaban en diversas direcciones. Los rifeños, aprovechando los accidentes naturales habían hecho trincheras desde las que impedirían el paso del convoy, aislando Igueriben. La columna avanzaba por el camino de la derecha -único transitable en dirección a la posición-, y tras los regulares iban enfiladas las acémilas cargadas de víveres y municiones. En las alturas paralelas que dominaban el camino un gran número de harqueños esperaba a los regulares. A las 7.30 fue herido en un brazo el teniente coronel Núñez de Prado, que sin abandonar su puesto en vanguardia trasmitió la novedad al coronel Argüelles. Poco después, a la vista de Igueriben, las tropas se estancaron sin conseguir romper el cerco rifeño. Núñez de Prado intentó comunicarse con Annual, desde donde tras varios intentos Argüelles le transmitió que permanecieran esperando los refuerzos de Dar Drius. A las 12.30 el teniente coronel, a consecuencia de la herida que sangraba profusamente a pesar de las primeras curas practicadas por el teniente médico Salarrullana, tuvo que ser retirado del frente. Trasladado a lomo a Annual, sería evacuado a Melilla e ingresado en el Docker, por lo que el mando recayó en el comandante de África Juan Romero López que mandaba la columna de reserva formada por 3 compañías de África y una batería de montaña.
Al mediodía, en plena ejecución del convoy, se produjo el relevo en el mando de la jefatura de Annual: partió el coronel Argüelles, haciéndose cargo del campamento Francisco Manella, jefe del regimiento de Alcántara. También la jefatura de estado mayor del campamento pasó a manos del capitán Emilio Sabaté. En su carta, el alférez Pardo dice que al incorporarse, Manella se desplazó hasta la vanguardia de la columna y les lanzó un “speak” arengándoles para que en un último esfuerzo consiguieran llegar a Igueriben. Posteriormente el capitán Emilio Sabaté confirmaría que el coronel Manella parlamentó en dos ocasiones con las tropas de regulares. A pesar de que ya había llegado la columna de Drius -7 compañías de San Fernando al mando del teniente coronel Pérez Ortiz,- pasaban las horas sin que las tropas pudiesen avanzar, por lo que el coronel Manella decidió que, por lo menos para hacer llegar algo de agua a Igueriben, una compañía ligera de pertrechos procurara llegar portando cada soldado cuatro cantimploras. Manella y los oficiales del Grupo, tras un segundo “speak” decidirían que fuera la compañía del capitán Francisco del Rosal la que lo intentara. Manella, en un empeño desesperado por conseguir el objetivo, comentó a Sabaté que él mismo se pondría al frente de los regulares si fuera preciso, y pasaría allí la noche si la situación lo requiriese.
Capitán Francisco del Rosal
Sabaté le convenció de lo poco conveniente que sería su exposición a un más que posible percance. Los regulares se pusieron en marcha cargados de cantimploras y cubiertos por el escuadrón del capitán Cebollino, y hay que decir que lograron llegar muy cerca de Igueriben, pero de nuevo se produjo la retirada de las tropas, arrastrando las dos baterías de montaña -capitanes Chacón y Galbis- que vivieron momentos de angustia. No lo habían conseguido. Por la tarde, produciéndose momentos de gran confusión antes de llegar a Annual, las tropas se replegaron. En el repliegue fue herido en el pecho el comandante Juan Romero: una bala le había atravesado el pulmón y le haría agonizar hasta el día siguiente en el hospital de campaña. Las bajas fueron cuantiosas: cayeron muertos los regulares capitán Carlos Zappino, teniente Francisco Nuevo y 10 soldados indígenas, y el soldado de África Jaime Buch; fueron heridos el teniente coronel Núñez de Prado, comandante de África Juan Romero (que fallecería al día siguiente), capitán Juan Redondo -al que una bala le atravesó el rostro-, teniente Martínez Roselló, caíd Mohamed Ben Amar Gul Nadori, 41 soldados indígenas de regulares y 19 europeos. Mientras, en Igueriben, el hambre, las heridas, el mal olor, la suciedad y la miseria, los piojos, el desamparo y el miedo a morir y la sed, sobre todo la sed… llevaba a los hombres a una situación límite, sin que entre los que no hemos pasado por eso haya nadie capaz de medir la intensidad de tanto sufrimiento.


Jueves, 21 de julio

El día 20 de julio se hizo cargo de Annual el general Felipe Navarro. Por la tarde se celebró junta de jefes en la que el general ordenó que se preparara el convoy para el día siguiente a las 6.00 horas. La orden la recibió el capitán Sabaté, consciente de que Navarro era desconocedor de la verdadera situación que se vivía en aquellos momentos: la mayoría de tropas disponibles se hallaban concentradas en Annual, el enemigo era numeroso y bien municionado, y la moral de las tropas españolas había sido muy castigada por los dos fracasos. Era necesario que la situación se pusiese en conocimiento del comandante general. El telegrama decía: “Somos inferiores en número al enemigo, la moral de las fuerzas no compensa, ni con mucho, esa inferioridad; están en Annual la casi totalidad de las fuerzas móviles disponibles y, como pudiera llevarse a las tropas a una operación problemática, estimo un deber manifestárselo a V.E. para conocimiento y resolución. El comandante general quería que el convoy se hiciera a toda costa, él en persona acudiría -dijo- con los escuadrones de Alcántara, por tanto el convoy no debía salir hasta que él llegara.
Al campamento de Annual llegaron las tropas de regulares que habían partido de Nador: un tabor de infantería, un escuadrón y la compañía de ametralladoras; al frente de todas las tropas del Grupo, el comandante Manuel Llamas. El general Fernández Silvestre pretendía que además de hacer llegar el convoy a Igueriben a todo trance se preparasen dos compañías de Ceriñola y un oficial médico para relevar a los hombres de Benítez. En este nuevo intento, para asegurar el éxito de la operación, no se formaría una columna sino tres: por la derecha avanzaría la columna del coronel Gabriel de Morales -8 mías y cinco compañías de San Fernando-; en el centro, bajo el mando del teniente coronel Pedro Marina, el batallón de Ceriñola -2 mías y el harka amiga-; y de nuevo por la izquierda los regulares.
El 1er Tabor había perdido al comandante y dos capitanes, y la 3ª Compañía -capitán Gómez Abad- aún estaba en tránsito hacia Annual. Accidentalmente asumió el mando del tabor el capitán Francisco del Rosal, y, por falta de capitanes, tomaron el mando de la 1ª y 2ª compañías los tenientes Joaquín de Hita y Jaime Ortega Nieto.
Al frente del Segundo Tabor iba su comandante, Ramón Alfaro; la primera compañía corría al cargo del teniente Jesús Valiente; la segunda disponía todavía de tres oficiales: capitán Sánchez Noé, teniente Pérez Mercader y alférez Luis Pardo; y a la tercera tan solo le quedaban el capitán, Ramón Moreno de Guerra, y el oficial moro Si Buchaid Ben Mohamed.
Capitán Ramón Moreno de Guerra 1891-1921
En cuanto al Tercer Tabor que mandaba Manuel Llamas, en el momento de iniciarse el convoy no había llegado todavía a Annual. Era el que disponía de más oficiales ya que hasta el día 20 habían descansado en Nador. Se agregaron -incluyendo el 2º Escuadrón- 1 jefe, 15 oficiales y 4 oficiales moros. Junto al tabor llegó al campamento la compañía de ametralladoras al frente de la cual se hallaban el capitán Asensio Cabanillas y los tenientes José Cosidó y Agustín Velasco.
Las primeras operaciones de la mañana: asegurar la aguada y realizar la descubierta, le correspondieron al tabor de caballería que disponía de jefe y de los tres capitanes. Tras las tropas montadas partió la infantería todavía bajo el mando del comandante Alfaro. Los primeros compases de la operación se cumplieron, como el día 19, sin novedad. Sería poco después, cuando ya se encontraban a la vista de Igueriben, cuando se desencadenase el fuego enemigo. Alrededor de las 10.00 horas llegaron las tropas de Llamas que, sin llegar a entrar en Annual, fueron enviadas al frente. El coronel Manella -jefe del campamento- le ordenó unirse a sus hombres y esperar órdenes. Para entonces estaba a punto de llegar a Annual el comandante general. A las 12.00 horas, estando las tropas encajonadas en los barrancos, sin poder avanzar, Llamas solicitó a Manella instrucciones. Poco después apareció el ayudante del coronel -capitán Arce Iradier- quien le pidió que resistiera hasta que llegara el coronel. Una hora después, llegado ya el coronel, de nuevo se le pidió al jefe de regulares que se mantuviera en su posición hasta consultar con Silvestre. Para esas alturas los hombres de Llamas ya habían tenido muchas bajas: la 3ª Compañía del 2º Tabor perdió a su joven capitán, Ramón Moreno de Guerra, último oficial, por lo que Llamas dispuso que el teniente Fernando Barco, ayudante del II Tabor, se hiciera cargo de la misma. Murió también el capitán Eduardo Guzmán, jefe del 1er Escuadrón, debiendo asumir el mando su sobrino, teniente Julio González Guzmán. Al escuadrón del capitán Cebollino le mataron al teniente Julio Albornoz Martel. El puesto de socorro no cesaba de evacuar heridos hasta Annual, donde el comandante Gómez Moreno estaba al cargo del hospital de campaña. Al mediodía las tropas de regulares seguían detenidas, sin que el coronel Manella les hubiese transmitido orden alguna. Según declaró Llamas, fue entonces cuando vieron las tiendas de Igueriben arder y a los defensores saltar el parapeto corriendo en busca de una posibilidad de salvación. Ante el fatal desenlace, Llamas solo pudo ordenar que se adelantasen dos compañías para cubrir, en la medida de lo posible, a los supervivientes.
“Estábamos en esta situación cuando vimos desde mi observatorio que los moros empezaban a rodear Igueriben, y que los oficiales y soldados, con un arrojo y un valor increíble, salen de la posición ocupando la línea de puntos rojos que te señalo en el croquis, donde los fusilaban y acuchillaban, pudiendo solo llegar a nuestra línea unos veinte, todos medio muertos, dando grandes gritos, verdaderamente desgarradores, y llorando”

Esquela "El Telegrama del Rif"
Debido a que al día siguiente se produjo la retirada de Annual, ni los partes ni el diario de operaciones recogieron el número de muertos y heridos. Algunas fuentes citan que además de los dos capitanes y el teniente muertos, los regulares tuvieron 132 bajas entre heridos y muertos. El Grupo, cuyas unidades habían perdido la documentación en los sucesos ocurridos, aportó información poco contrastada, no existiendo prácticamente más antecedentes que las listas de revista, relaciones de destino y libro de hospital. Tan solo se hizo llegar al general Picasso un estadillo donde se indicaba el número de oficiales y tropa presentes los días 20, 21 y 22. En el escrito consta que el día 21, tras la llegada de las tropas procedentes de Nador, figuraban 1479 clases y soldados; el día 22, deducidos bajas y desaparecidos quedaban 903, lo que supone 576 bajas, cifra que la unidad aporta con cautela. (Ver Anexo 3 )


Viernes, 22 de julio

Durante la noche se celebraron juntas de oficiales a las que acudió como jefe de regulares el comandante Manuel Llamas. A las 7.00 horas Llamas se dirigió, en compañía del comandante jefe del batallón de África Andrés Piña, al cuartel general. El general le expuso la crítica situación y la decisión de abandonar el campamento so pena de convertirse en un Igueriben a lo grande. La retirada se efectuaría hacia Ben Tieb, donde contarían con el apoyo de los escuadrones de Alcántara y dos mías de policía. El Grupo de Regulares marcharía por el camino viejo a Izumar, en el flanco izquierdo en el sentido de la marcha. Llamas salió al campamento y poco después recibió orden verbal en el sentido de que un tabor y un escuadrón ocuparan las alturas en la pista antes de iniciarse la subida al Izumar. Sin tiempo para ejecutar la orden, Llamas volvió a ser requerido por el general. Eran las nueve de la mañana y la subida al cuartel general estaba ya muy batida.

Oficialidad del Grupo de Regulares
Silvestre dio sus últimas órdenes; había que abandonar inminentemente Annual, no tenía objeto militar alguno; nada se comentaría a los oficiales para evitar que las pésimas noticias llegasen a oídos de la tropa; habría que dejar el campamento montado y prohibir llevar cargas; la batería ligera se quedaría en su posición después de inutilizarla; las cercanas posiciones de Buymeyan y Talillit serían evacuadas, la primera hacia Annual, y la segunda a Sidi Dris o Afrau... Aún estaba Fernández Silvestre dictando órdenes cuando fue requerido por el alto comisario que había contactado a través de la estación telegráfica emplazada junto a su tienda. Salieron Silvestre y Sabaté regresando este último poco después para apremiar a Llamas: debía proceder inmediatamente a ocupar las alturas que se le habían indicado. Los regulares sufrirían las últimas bajas en Annual al cumplir este objetivo: fallecieron el suboficial Alfonso García Iniesta y el sargento Vicente Sanchis Cucurella, y el teniente Manuel Rodríguez Barragán resultó herido y por ello evacuado en coche rápido e ingresado en el Docker. Tras coronar las alturas asignadas se reagrupó la unidad y siguiendo las órdenes tomaron, tras coronar la posición de Izumar ya abandonada por su guarnición, el camino viejo que llevaba a Ben Tieb. Poco después se encontraron con la columna de Alcántara con la que llegaron a Dar Drius a las 17.00 horas. Allí el comandante Llamas recibió del teniente coronel Álvarez del Corral la orden de continuar hasta Uestia donde pernoctaron. 


Nador y Zeluán

En Nador, el Grupo disponía de locales para la infantería, almacén y enfermería de ganado. El poblado, ya en tiempos anteriores importante enclave en vanguardia del avance en el Protectorado, era cabecera de la circunscripción del mismo nombre y disponía de línea ferroviaria y buena carretera para recorrer los 14 km que lo separaban de Melilla. En 1921 acogía las oficinas de la brigada disciplinaria, aunque la unidad tenía diseminadas sus dos compañías de infantería en las distantes posiciones de Azrú y Mehayast. El jefe de la circunscripción, y presidente de la junta de arbitrios, era el teniente coronel Francisco Pardo Agudín que, autorizado por el mando, residía en Melilla. El 22 de julio, las pocas tropas del Grupo de Regulares estaban constituidas por 28 hombres: 1 teniente -José García- que era el encargado de la instrucción de los reclutas, 20 sargentos y soldados a cargo del almacén, 1 veterinario y 3 de tropa en la enfermería de ganado, y 1 suboficial y 2 sargentos. El día 23 se incorporaron las fuerzas del comandante Manuel Llamas. Por la tarde, Pardo Agudín le solicitó fuerzas para contribuir a la defensa, pero Llamas había concedido permiso a sus hombres y dudaba de que se presentaran, tal como debían, al caer la tarde.
Teniente Miguel Rodrigo Martínez
Al día siguiente, la oficialidad y los soldados que fueron fieles volvieron a Melilla. En Nador quedó voluntariamente el teniente Miguel Rodrigo Martínez, acompañado por el oficial moro Mohamed Bel Hassen -3ª Compañía del III Tabor-, el sargento Ramiro Álvarez Astray, 3 cabos y 12 soldados (Ver Anexo 5). El teniente coronel decidió hacerse fuerte en el edificio de la Compañía Colonial de Industria y Comercio -o Fábrica de Harinas y Electricidad-, distribuyendo sus fuerzas en dos compañías provisionales. Las fuerzas del Grupo servían en la segunda compañía mandada por el capitán Fernando Villalba Escudero, de la cual también formaba parte el teniente de la guardia civil Ricardo Fresno, quien ya había servido en regulares antes de su ingreso en la benemérita.
Además de las fuerzas de regulares, atendían la defensa de Nador: tropas de la brigada disciplinaria, la segunda compañía provisional de Ceriñola, guardia civil, algunos hombres de ingenieros y algunos soldados que habían sido detenidos en el intento de llegar a Melilla. La relación que aportó la brigada disciplinaria al general Picasso incluía un total de 177 militares y 11 civiles. A ellos había que añadir los 140 hombres que estaban ingresados en la enfermería, que pudieron ser evacuados el 24 de julio.
Durante la defensa, del 23 de julio al 2 de agosto: murieron 11 hombres -9 militares y 2 civiles, entre ellos el cabo de regulares Cesáreo Iglesias Montoto- y resultaron heridos de diferente pronóstico otros 44, de los cuales el oficial moro Mohamed Ben Hasen que recibió un balazo en el brazo derecho, el cabo Mohamed Ben Alud y los soldados Simeón Pascual Bargalló y Pío Señé Más -ambos heridos de bala- pertenecían al Grupo. Los 16 soldados españoles que formaban la sección del teniente Rodrigo se habían incorporado al Grupo en febrero de 1921 y en él siguieron participando en la campaña de reconquista del territorio, siendo la mayoría de ellos citados como muy distinguidos; fue el caso del que fuera asistente del capitán Juan Salafranca -Rafael Magaña- y al menos de otros cinco ordenanzas más. El sargento Ramiro Álvarez había sobrevivido a la pérdida de Abarrán y había participado con su compañía en todos los intentos de socorrer Igueriben, en el asedio de Nador y en la posterior campaña de reconquista donde fue también mencionado como distinguido en varias ocasiones.
Ante la imposibilidad de prolongar la resistencia, el teniente coronel Pardo Agudín terminó por entablar conversaciones con los rifeños para rendir el poblado. El 2 de agosto, aunque el día anterior el general Berenguer le había pedido mantener la resistencia 6 o 7 días más hasta ser auxiliados, a primera hora de la mañana comunicó al comandante general que ya no podían resistir más. Para cuando desde Melilla se le respondió que el cumplimiento del deber exigía mantener la defensa a toda costa, la guarnición de Nador ya había llegado hasta las avanzadillas del Tercio, en los arrabales de Melilla. Antes de partir, el capitán Celestino Rey había prendido fuego a los cadáveres, algunos ya en descomposición, y aunque en principio intentó llevar los restos a Melilla, al final tuvo que limitarse a cubrirlos con paladas de tierra -los restos aún estaban incandescentes- y dejarlos hasta la reconquista del poblado en septiembre, cuando finalmente podrían ser enterrados y se descubriría una lápida en su honor. En esta ocasión los atacantes cumplieron los pactos alcanzados con el jefe de la brigada disciplinaria, por lo que todos los defensores pudieron llegar a Melilla.
A Zeluán llegaron el día 23, a las 16.00 horas, las fuerzas de caballería del Grupo al mando del comandante Del Alcázar procedentes de Uestia donde habían pernoctado. Según recoge el estadillo de la jefatura de fuerzas de Zeluán, el número de hombres ascendía a 205, distribuidos en los siguientes empleos: 1 jefe, 12 oficiales, 1 suboficial, 8 sargentos y 184 cabos y soldados europeos e indígenas. En aquel momento el Grupo tan solo disponía de un almacén en el poblado, a cargo de tres cabos y tres soldados.Hasta el día 22 de julio, la guarnición de Zeluán estaba constituida tan solo por una compañía del regimiento de Ceriñola que fue relevada el día 19 por otra provisional del mismo regimiento. Además, el poblado disponía de enfermería a cargo de un oficial médico y otro farmacéutico, un pequeño núcleo de soldados de ingenieros, un puesto de la guardia civil y un depósito de intendencia. Distaba de Melilla 25 kilómetros, comunicándose con la plaza por carretera o por vía férrea. Próximo al poblado se hallaba el aeródromo donde estaba asignada la 2ª Escuadrilla al mando del capitán Pío Fernández Mulero. Guarnecían la instalación fuerzas de la 2ª Unidad de aviación y un destacamento del regimiento de Melilla.
El mismo día de su llegada, el comandante Manuel de Alcázar, enfermo, entregó el mando del tabor al capitán Ildefonso García-Margallo y partió para Melilla. Aquel día, según declaró el teniente Enrique Dalias, ayudante del tabor, mientras junto al teniente de policía Fernández Pérez hacía acopio de víveres y municiones en el poblado, la tropa permanecía en el parapeto. Poco después llegaron fuerzas de los regimientos de África y Alcántara, 50 soldados de ingenieros y, procedentes de Tistutin, dos camiones con municiones que servirían para evacuar algunas familias a Melilla. A última hora de la tarde llegó el capitán Ricardo Carrasco Egaña, jefe de la mía de policía, quien se hizo cargo del mando. Poco antes de amanecer se produjo la sublevación del tercer escuadrón encabezada por el oficial moro Yilali al que se unió el oficial Si Hamed Ben Bark y un número indeterminado de askaris, quienes disparando sobre las tropas que estaban en el parapeto, e intentando huir resultaron, algunos de ellos, alcanzados y muertos por las fuerzas de Alcántara que cubrían a los defensores.
Alférez Fernando Tomasetti Caritat 1893-1921
El día 24, después de realizar la aguada, se recibió de Melilla la orden cursada por el alto comisario de formar un escuadrón con 100 askaris, que al mando del capitán García Margallo debería volver a Melilla. Junto al capitán partieron los tenientes Bermejo y Carvajal, alférez Fernando Tomasetti y los sargentos Alfonso Martín Feijoo, Casimiro de Marcos, Dimas Barrios Muñoz y Galo Paulo Pérez. El escuadrón fue atacado en Taouima, produciéndose la muerte del alférez Tomasetti, cuyos restos serían recuperados tiempo después y enterrados en el Panteón de Héroes.
Quedaban en la alcazaba los tenientes Dalias, Luis Barges y González Guzmán junto al veterinario Enrique Ortiz de Landazuri, el suboficial Juan Alarcón, los sargentos Francisco Vera, Hermenegildo Sanz, Alberto Velasco Sierra y Pascual Marí Díaz, poco más de 50 soldados españoles -el estadillo de tropas de Zeluán indica que eran 53- y algún soldado indígena como Abd el Kader el Hasti -soldado 531- del tercer escuadrón, del que el mando no sentía ningún recelo. Junto a ellos fuerzas de Ceriñola, Alcántara, ingenieros, África, artillería y otros cuerpos, alcanzando la cifra de algo menos de 500 hombres -36 oficiales y 427 soldados- a los que habría que añadir rezagados de otras posiciones que se acogieron a la alcazaba. A medida que pasaban los días las aguadas se hacían más peligrosas y costaban más bajas, los animales se  morían de sed y los víveres se agotaban. El primero de agosto, tras un fallido intento del capitán Carrasco de escapar hacia La Restinga, se recibió un telefonema del alto comisario: no siendo posible socorrerles debían pactar con el caíd Ben Chelal. El general Navarro, al tanto de las negociaciones desde Monte Arruit, donde sus hombres llevaban días siendo constantemente atacados y sufriendo la falta de agua y comida, les recordó que, siendo Zeluán una posición dependiente de Arruit, era allí donde debían negociar con el caíd. Acudieron al día siguiente los tenientes Dalias y Civantos junto al intérprete Rueda, escoltados por hombres de Ben Chelal, y allí hablaron sobre las condiciones de la rendición. Navarro quería garantías: que las tropas pudieran llegar a Melilla y los heridos fuesen evacuados acompañados por el médico y el farmacéutico González Gamonal y Miranda.
Pero al abandonar Monte Arruit los oficiales y el intérprete fueron apresados, desarmados y conducidos a la cárcel pública de Nador donde las tropas españolas ya habían abandonado el poblado. El teniente Enrique Dalias Cuena sería el único oficial de regulares que viviría el cautiverio en Axdir hasta febrero de 1923. Falleció en Trujillo en 1973 tras alcanzar el empleo de coronel.
Teniente Enrique Dalias Cuena
En la alcazaba, donde esperaban a los oficiales que habían salido a parlamentar, fueron conscientes de que las negociaciones habían adquirido un cariz dramático. Al día siguiente se produjo la capitulación, pero tal como había ocurrido y ocurriría en otros muchos lugares, no se respetaron los pactos alcanzados; al abandonar las tropas la alcazaba sonaron los primeros disparos. Pocos fueron los que escaparon a la matanza; entre los regulares tan solo existen el testimonio del herrador Rafael Requejo Santos y del anteriormente mencionado soldado Abd el Kader el Hasti. Cuando meses después se recuperó el poblado, en la alcazaba y aledaños los cadáveres se apilaban descompuestos. Hay quien afirma que fueron 300 los que enterraron los soldados que reconquistaron Zeluán; sus restos fueron enterrados en Monte Arruit y posteriormente en el Panteón de Héroes. Los tres oficiales del Grupo de Regulares murieron junto al suboficial Alarcón, los cuatro sargentos y la gran mayoría de soldados. Zeluán, tumba de regulares.
El mismo día que capituló Zeluán, una sección del Grupo al mando del teniente José García a bordo del crucero Cataluña desembarcó en La Restinga. Tras el Desastre el Grupo fue reorganizado con rapidez, debiendo para ello efectuar la recluta muy lejos del territorio de Melilla: en Larache y Tetuán. En agosto, el alto comisario autorizó que las compañías tuvieran un 50 % de soldados españoles con el fin de poder organizar unidades de 100 hombres. A primeros de septiembre el Grupo ya estaba integrado en la columna Cabanellas. A partir de aquel momento su actuación en innumerables combates los hizo acreedores de méritos y medallas, no sin pagar un altísimo precio que terminó por borrar cualquier rastro de duda que hubiera podido quedar a raíz de su actuación en los días de Annual


Agradecimientos

Durante la preparación del artículo tuve la fortuna de conocer a D. José María Gil Hernández, custodio de documentación y patrimonio del Grupo de Regulares de Melilla. Gracias a ello he podido tener acceso a documentos y fotografías de muchos de los protagonistas del artículo. Mi más sincero agradecimiento a tan ilustre unidad y a José María, coautor en 2012 junto a Carlos del Campo de “Regulares de Melilla, cien años de historia”.

Bibliografía 2ª parte

  • Sánchez Regaña, Javier. “Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas”. Los Nombres del Desastre. 5 julio 2013.
  • Jose María Gil Hernández-Carlos del Campo. "Regulares de Melilla, 100 años de historia". Editorial Galland Books. Valladolid 2012
  • Intervención del cuerpo de Estado Mayor del ejército y de las Fuerzas Regulares Indígenas en los sucesos de Annual, según cartas del capitán de estado mayor Emilio Sabaté Sotorra y del alférez de infantería Luis Pardo Álvarez. Biblioteca de Patrimonio Nacional. PAS 766-B
  • Luis Miguel Francisco. Morir en África. Editorial Crítica, Madrid 2014
  • Augusto Vivero. El Derrumbamiento. Editorial Caro Raggio 1922
  • La Ilustración del Rif. 05/09/1925. Un servicio modelo. La veterinaria militar en los Regulares de Melilla, páginas 49 y 50
  • Hoja de servicios del veterinario Enrique Ortiz de Landazuri Rodríguez. Archivo general militar de Segovia
  • Documentación sobre las pérdidas en Abarrán facilitada por D. Santiago Domínguez LLosá
  • Historia de las Campañas de Marruecos. Servicio Histórico Militar. Madrid 1947
  • Engel Masoliver, C. El cuerpo de oficiales en la guerra de España. Valladolid: Quirón Ediciones 2008
  • Informe político escrito por el coronel Gabriel de Morales Mendigutia el 16 de febrero de 1921
  • Antonio Sarmiento León-Troyano. Episodios del revés de 1921. Memorial de ingenieros, marzo de 1922
  • Teniente coronel Ricardo Fernández Tamarit. Carta al general Fernández Silvestre. Melilla, 16 de mayo de 1921
  • Eduardo Maldonado Vázquez- Manuel González Scott. Algo sobre Abarrán. 1949
  • Sainz Gutiérrez, S. Con el general Navarro en operaciones, diario del cautiverio. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra. 1924.
  • Anuarios militares de 1920, 1921, 1925, 1930 y 1931. Madrid: Talleres del Depósito Histórico y Geográfico del Ejército.
  • Guadalupe Pérez García. La colonia penitenciaría de Villa Cisneros
  • Galería Militar Contemporánea. Medalla Militar Individual y Cruz Laureada de San Fernando. Servicio Histórico Militar, Madrid 1980
  • L.A. Azcarazo García. El teniente médico José Salarrullana Alabart, un superviviente de Annual. Revista de Sanidad de las fuerzas armadas de España. Volumen 56 Nº.1. Año 2000
 Sala Histórica del Grupo de Regulares de Melilla

  • Álbum fotográfico del Grupo de Regulares Indígenas N. º 2, Historial de la unidad e informaciones sobre el comandante D. Manuel Llamas Martín
  PARES. Portal de Archivos Españoles

  • TRIBUNAL SUPREMO RESERVADO (TSR). Expte. 50.3 Relación nominal del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas Melilla Nº 2 y su situación del 16 al 31 de julio de 1921. Fol. 464r-466r.
  • TSR. Expte. 51.17. Declaración Cmdte. Manuel Llamas Martín. Fol. 4552r-4560v
  • TSR. Expte. 50.9. Declaración  Cmdte. Ramón de Alfaro Páramo. Fol. 1908v-1911v
  • TSR. Expte. 51.6. Relación nominal de supervivientes del GFRI 2. Fol. 1771v-1772v
  • TSR. Expte. 51.6. Relación prisioneros por cuerpos y dependencias. Fol. 1771r-1772r
  •  TSR. Expte. 51.15 Declaración del del Capitán Gonzalo Gómez Abad y de los Tenientes Antonio Sanz Gracia y Miguel Rodrigo Martínez (fols.3827r-3842r)
  • TSR. Expte. 50.2. Declaración del capitán Joaquín Cebollino (fols. 424-430v y 457-461)
  • TSR. Expte. 50.9 Copia del informe del comandante Jesús Villar en abril de 1921 sobre tres operaciones en Tensaman para establecer varias posiciones, entre ellas monte Abarrán (fols. 1797-r-1801v)
  • TSR. Expte. 50.1. Telegramas y conferencias referentes a la ocupación y pérdida de Abarrán y ataque a Sidi-Dris, destacando los del Comandante General de Melilla, General Manuel Fernández Silvestre, y los del Alto Comisario de España en África, General Dámaso Berenguer, con el Ministro de la  Guerra durante el mes de junio de 1921 (fols.7r-30r)
  • TSR. Expte. 50.7Copias de los telegramas relativos a la ocupación de Monte Abarrán (fols.1500r-1502r).
  • Testimonio de la Información instruida en la Comandancia General de Melilla por los hechos ocurridos el 1 de junio de 1921 en el Monte Abarrán (fols. 1699r-1714r)
  • TSR. Expte. 50.10. Informe final del General Picasso relativo a los siguientes aspectos: Abarrán (fols. 2178r-2188v). Situación subsecuente a Abarrán (fols.2188v-2202v)
  • TSR. Expte. 51.22.  Antecedentes de los sucesos de julio: ocupación y pérdida de Abarrán, ataque a Sidi-Dris, combate del 16 de junio y hostilidades hasta fin de junio (fols.10r-16r).
  • TSR. Expte. 50.2. Informes y otros documentos sobre el plan Alhucemas (fols. 233r-241r)
  • TSR. Expte. 50.6 Declaración del teniente coronel Fidel Dávila Arrondo (fols. 1284r-1297r)
  • TSR. Expte. 51.39. Información sobre el campamento de Annual (fols.2r-8v). Teniente coronel Manuel Ros Sánchez
  • TSR. Expte. 51.1. Declaración del teniente coronel Fernández Tamarit (fols. 11r-25v y 30r-33r) y Expte. 50.6 (fols.1197r-1207r)
  • TSR. Expte. 51.1. Declaración del teniente coronel Miguel Núñez de Prado y Susbielas (fols. 105r-116v)
  • TSR. Expte. 50.2. Orden general del 2 de mayo de 1920 (fols. 319r-326r)
  • TSR. Expte. 51.14. Documentos y estados de las fuerzas que pernoctaron en Annual los días 20,21 y 22 de julio de 1921 (fols 3555r-3570r)
Hemeroteca El telegrama del Rif

He consultado para esta segunda parte la hemeroteca de 1921. Han sido de especial ayuda los artículos publicados los días:

  • 12,13,14,15,16,18,21,22 y 25 de enero
  • 8,18 y 24 de febrero
  • 13,15 y 31 de marzo
  • 5,7 y 28 de abril
  • 4,6,13,14,17 y 22 de mayo
  • 2,3,4,5,6,7,8,10,12,15,17,18,19,20,21,22,25,27 y 28 de junio
  • Mes de julio de 1921 al completo
  • Mes de agosto de 1921 al completo
 Archivos fotográficos

  • SHGFRI. Sala histórica del Grupo de Regulares de Melilla
  • AFCR. Fotografías enviadas por D. José Javier Cosidó Reig
  • AFNP. Fotografías enviadas por D.ª Aurora Núñez de Prado Bueno
  • AFGL. Archivo Jorge Garrido Laguna
  • AAPC. Fotografía enviada por D.ª. Amalia Pavón Cajal
  • AFDLL. Archivo fotográfico Santiago Domínguez Llosá
  • Fotografía del capitán Juan Salafranca cedida por Luis Miguel Francisco